27
PAOLO
La soberbia
El día amaneció de una manera inusual. De normal, la finca despertaba con el sonido metálico de una campana situada en el umbral de la puerta.
El padre Azariel la hacía sonar bien temprano para que todo el servicio iniciara sus tareas.
Pero aquella mañana lo único que se escuchaba era un silencio tan absoluto como desconcertante.
Al principio, Paolo creyó que se había quedado dormido, pero una mirada rápida al exterior, donde las primeras luces del nuevo día todavía trataban de imponerse a la oscuridad, le hizo comprender que no era así. Además, de haberse retrasado, el cura ya se habría encargado de dejárselo claro.
Con todo, el muchacho se vistió lo más rápido que pudo y bajó por las escaleras camino del salón.
Su inquietud inicial se iba transformando en desasosiego conforme descendía y no le llegaba ningún sonido.
Ni en las cocinas, ni en la calle, ni tampoco en ninguna de las estancias de la casa.
Se había acostumbrado a todos esos sonidos cotidianos y ahora, que no estaban, los echaba de menos.
Es más, los necesitaba para confirmar que el mundo, su mundo al menos, seguía girando.
Una vez constatado que no había nadie y descartadas todas las explicaciones razonables ante esa situación tan irregular, Paolo regresó a su dormitorio y se quedó inmóvil, junto a la cama, con las manos pegadas a las costuras del pantalón, esperando una orden que no llegaba.
La ausencia de instrucciones lo dejó suspendido en un vacío insoportable.
Cuando el sol ya se elevaba por encima de las montañas lejanas, bajó a la planta inferior.
Las estancias, con los espejos todavía cubiertos por sábanas blancas, parecían el escenario de un duelo que no terminaba nunca.
Fue entonces cuando se atrevió a hacer algo que no le estaba permitido: llamar a la puerta del despacho de su mentor.
Era la única estancia de la casa que mantenía la puerta cerrada.
—Adelante —oyó decir al padre Azariel con voz inclasificable.
Envuelto en dudas, empujó la puerta y se encontró al cura sentado tras el escritorio de roble. No estaba escribiendo, ni revisando cuentas, ni firmando documentos. Simplemente esperaba.
Cuando Paolo entró, el mentor no levantó la vista de inmediato. Se tomó su tiempo, permitiendo que la incertidumbre erosionara lo que pudiera quedar de la voluntad del muchacho.
—Hoy no hay tareas, Paolo —dijo finalmente. Su voz era inusualmente baja, despojada de su habitual autoridad cortante—. Ha llegado el momento del balance final, por eso le he dado el día libre al servicio. Siéntate.
Paolo obedeció. Ocupó la silla más cercana con la espalda recta, los pies juntos y la mirada perdida en un punto fijo de la mesa. Exactamente como lo habían instruido.
—Temo decir que en esta santa casa, tú no has sido el único pecador, Paolo —continuó el padre Azariel y, por primera vez, el muchacho detectó un matiz extraño en su tono. No era arrepentimiento, sino una constatación fría, casi administrativa—. Yo también he pecado, en mi caso de soberbia.
Paolo no parpadeó. La palabra «pecado» en boca del sacerdote siempre sonaba a error de cálculo, no a falta espiritual.
—Me autodesigné como el único instrumento de una misión superior —explicó el mentor, entrelazando sus dedos largos y pálidos—.
Me creí con el derecho divino de rehacerte, de actuar como juez, arquitecto y verdugo de tu identidad.
Me coloqué por encima de la propia doctrina que predico.
Me creí imprescindible en este proceso. Y esa, Paolo, es la forma más peligrosa de la soberbia: creer que el mentor es más importante que el discípulo.
El cura se levantó de la silla con esa serenidad tan suya. Rodeó el escritorio y se plantó frente a Paolo. El muchacho sentía la presencia del padre Azariel como una masa de aire frío, pero no se movió. Su sistema nervioso ya no emitía señales de huida; solo de obediencia.
—Quien peca de soberbia debe asumir su castigo, debe poner la otra mejilla —sentenció el cura.
Paolo conocía la frase de los antiguos textos que su mentor le había hecho aprender desde que lo acogiera en su casa, pero en el universo del padre Azariel, las palabras sagradas eran solo lubricante para el sometimiento.
Aquí, «poner la otra mejilla» no significaba perdón ni humildad cristiana.
Significaba otra cosa y el muchacho no tenía claro todavía a qué obedecía en esta ocasión.
El sacerdote inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, ofreciendo su rostro con una vulnerabilidad fingida que resultaba más aterradora que su ira.
—Castígame, Paolo —ordenó—. Es mi turno de poner la otra mejilla. Hazlo como creas que debe hacerse.
El muchacho se quedó helado. La instrucción «hazlo como creas» solo podía responder a una trampa, otra más en el proceso de vaciado al que estaba sometiéndolo desde que lo trajo de Santa Rosalía.
Paolo ya no «creía» nada. No tenía criterio, ni juicio, ni rastro de ese «yo» que una vez soñó con Nadia Minsk en los pasillos de aquel convento que ahora le parecía solo una ilusión.
Se imaginó a sí mismo cerrando el puño y golpeando a su mentor. Se vio descargando toda su fuerza en ese golpe. Sintió incluso el calor en los nudillos. Pero lo que no sintió al imaginar la escena fue rabia, ni justicia, ni liberación. Ni siquiera venganza.
Ninguno de esos sentimientos formaban ya parte de él, así que el acto de castigar al cura sería pura obediencia.
Solo eso.
Se puso en pie. Su brazo derecho se movió con la precisión de un protocolo ejecutado.
No hubo emoción en el gesto, ni vacilación en el músculo.
Cerró el puño y golpeó la mejilla del mentor con una fuerza que buscaba la eficacia, no el daño.
Fue un golpe seco, como el impacto de una piedra contra otra.
El padre Azariel no retrocedió. No se protegió. Ni siquiera cerró los ojos ante el impacto. Recibió el golpe y se mantuvo firme, con la mandíbula tensa y una mancha roja comenzando a florecer en su piel.
—Otra vez —le pidió, y Paolo obedeció.
El cura, esta vez sí, se vio obligado a retroceder unos centímetros. La sangre comenzaba a manar de un corte que tenía en la mejilla. Pero, en lugar de dejarlo estar, volvió a ofrecerla.
—Otra más.
El muchacho siguió golpeando sin descanso mientras su mentor se lo pidió y solo bajó el brazo cuando este levantó las manos en un gesto definitivo.
El cura sacó un pañuelo de encaje y se retiró en parte la sangre que ocupaba su cara y la comisura de los labios.
Luego, miró el trozo de tela, ahora manchado de un tono carmesí, y le dedicó a su discípulo una breve expresión de complacencia.
—Así se castiga la soberbia —susurró el padre Azariel, con un hilo de sangre todavía cayendo de una herida abierta junto a la ceja—.
Porque el castigo ya no es el golpe, Paolo.
El castigo es que tú ya no distingues entre castigar y obedecer.
Ya no eres el sujeto de la violencia. Eres el objeto que la ejecuta.
El mentor se enderezó. Sus ojos, gélidos, taladraron el vacío que ahora habitaba en el muchacho.
—La soberbia es creer que aún queda algo de ti —sentenció Azariel—. Es la ilusión de la propiedad sobre uno mismo. Pero hoy hemos hecho desaparecer el último rastro de esa ilusión. Ya no queda nada. Y ahora lo sé.
El sacerdote se alejó hacia el ventanal, dando la espalda a Paolo. El muchacho permaneció inmóvil, con el puño todavía cerrado y el calor del impacto aún vibrando en sus nudillos. No sentía culpa por haber golpeado al mentor. No sentía alivio tampoco. No sentía miedo por lo que vendría después.
Solo había silencio. Uno mayor que el que se había encontrado por la mañana al levantarse.
Un silencio vasto y gélido que lo ocupaba todo.
—Tu instrucción se ha completado —concluyó el padre Azariel sin volverse—.
A partir de hoy, ya no eres el huérfano que recogí en la Casa de la Misericordia.
Ya no eres el joven de alma frágil que se perdió en Santa Rosalía.
Esos dos Paolos ya no existen y, por lo que a ti respecta, nunca han existido en realidad.
El mentor se giró despacio. Sus ojos, antes inquisidores, ahora lo miraban con la satisfacción de un arquitecto que contempla una obra terminada.
—Un siervo no necesita nombre, ni pasado, ni un rostro que los demás recuerden —explicó Azariel—. Solo necesita ser el instrumento para la misión que le ha sido encomendada. A partir de ahora serás mi sombra, Paolo. Aprenderás todo lo que yo sé y te convertirás en lo que yo soy.
Se acercó a la mesa y tomó una llave pequeña, dejándola caer sobre la mesa de roble frente al muchacho.
—Limpia este despacho. Quita las sábanas de los espejos. Prepárate. Mañana salimos de la finca. Tenemos mucho trabajo acumulado y no lo podemos hacer aquí.
Paolo bajó la mirada hacia la llave. No se vio reflejado en el metal, ni tampoco lo buscó.
Simplemente la tomó con un movimiento mecánico, preciso, carente de cualquier emoción.
El padre Azariel salió del despacho sin mirar atrás, dejándolo solo en la penumbra.
El muchacho se acercó al primer espejo cubierto.
Con un gesto pausado, retiró la sábana blanca.
Por primera vez en más de una semana, una imagen le devolvió la mirada.
Pero no reconoció al joven del cristal. Aquella piel pálida, esa delgadez ascética y esa mirada vacía pertenecían a alguien que ya no estaba allí.