26 #2
—Necesitamos tu reliquia, Conrad —le dijo Vega, desembarazándose de ese sentimiento mientras señalaba en dirección a la oficina del librero—. Y tu paciencia.
Entraron en el pequeño habitáculo y los tres se acomodaron como mejor pudieron.
El ordenador —un IBM que tendría, al menos, veinticinco años— tardó una eternidad en arrancar, emitiendo un zumbido asmático que ponía nerviosa a Sabrina.
Cuando finalmente estuvo operativo, Vega introdujo el CD.
El lector chirrió, luchando por reconocer la superficie óptica degradada por el tiempo.
—Dale un momento —pidió Conrad—. Ese aparato tiene más dignidad que vuestros portátiles de plástico.
Tras varios segundos de tensión, la pantalla del viejo ordenador parpadeó y mostró un listado breve: IMG_001.JPG, IMG_002.JPG, IMG_003.JPG, IMG_004.JPG y IMG_005.JPG.
Se trataba de un puñado de fotografías. El librero hizo clic en la primera. La imagen estaba granulada, con la falta de nitidez digital característica de las cámaras compactas de 2005. En ella se veía un Mercedes negro frente a una nave que las dos mujeres conocían bien: Ferrocarril, 14.
A petición de Vega, Nego hizo clic en la siguiente foto.
Mostraba el mismo coche negro entrando en un garaje de madera oscura en una zona estrecha.
La placa de la calle estaba quemada por el reflejo del sol y no se distinguía ningún número ni nombre.
Sin embargo, en un margen superior de la fotografía, aparecía un detalle borroso y circular, una mancha de tonos azules y blancos sobre un cartel luminoso que a Vega le resultó vagamente familiar, aunque no supo determinar por qué en ese momento.
—¿Sabes dónde es esto? —preguntó Sabrina.
—No —admitió Vega—. Es un garaje antiguo. Podría ser cualquier rincón del casco viejo.
Conrad, ajustándose las gafas, observó la imagen por un momento y luego pasó a las siguientes.
Eran tomas de una cafetería. La tercera del listado ofrecía un plano medio de dos hombres sentados, uno mayor y otro joven.
En la cuarta, un primer plano del de más edad.
Vestía un traje gris anodino y tenía una cara de lo más normal, el tipo de rostro que uno olvidaría nada más cruzar la puerta: un administrativo, un contable tal vez, alguien cuya presencia no sería memorable para nadie.
—Podría ser nuestro hombre —aventuró Vega, señalando la pantalla—. Los testimonios de Morte hablaban de una sombra, alguien invisible, y ese tío lo parece. Además, no creo que Desmond perdiera el tiempo fotografiando de frente a un cualquiera mientras sabe que lo están buscando.
Sabrina no dijo nada y, ante el silencio, el librero pasó a la última de las imágenes. El protagonista en esta ocasión era el otro hombre, el más joven. Tendría veintitantos años y, lo que más destacaba de él era su delgadez esquelética y su piel casi transparente.
Vega sintió un vuelco en el corazón al reconocer los rasgos físicos: la forma de la mandíbula y esa palidez enfermiza.
—¡Es el asistente de Diong! —exclamó la detective—. El tipo que nos recibió ayer en la planta 38 de Medusa. Es él, no hay duda. Ha envejecido, pero esa estructura ósea es inconfundible.
Sabrina se acercó a la pantalla, comparando mentalmente al hombre que las había atendido con el joven de la foto.
De ser así, el método policial chocaba frontalmente con la ironía de la realidad.
La pista que podía llevarlos hasta su enemigo común puede que no estuviera escondida detrás de una equis sino ante sus propias narices.
—Eso es solo una posibilidad —se resistió aún la policía—. La imagen no está muy clara.
—A mí me parece que es más que una posibilidad —replicó Vega con su seguridad habitual—. Piénsalo un momento. El tío calavérico de la foto debía tener unos veintitantos años entonces y eso fue en 2005. Han pasado veinte años y el asistente de Diong debe tener más de cuarenta.
—De acuerdo, supongamos que el asistente de Diong y el chófer de El Secretario son la misma persona —razonó Sabrina tras meditar los argumentos de la detective un momento—. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Que nos presentemos en Medusa y se lo preguntemos sin más? ¿Es eso lo que propones?
—Propongo que lo detengamos.
—¿Que lo detengamos? —La policía no pudo evitar que los ojos se le abrieran de par en par.
—Bueno, no una detención de verdad. Tú sacas la placa, pones esa cara tuya de póquer y nos lo llevamos a alguna sala. Yo hago de poli buena, tú de poli mala, y seguro que ese tío se pone a cantar como un tenor.
—Así que no una detención de verdad —repitió Sabrina las palabras de Vega con tono irónico—. ¡Claro! La de verdad la dejamos para nosotras, cuando mis compañeros de la División o los de tu novio de Operaciones Especiales se nos lleven esposadas a las dos.
—De acuerdo, pues tú dirás qué hacemos.
—De momento, dormir un rato y esperar a que se haga de día y las oficinas de Medusa abran.
—¿Y luego?
—Luego me dejarás hablar a mí.
Vega iba a añadir algo, probablemente una protesta, pero la expresión en la cara de Sabrina le hizo desistir. Conrad le ofreció un sofá a la policía y la detective desapareció escaleras arriba. El librero apagó las luces del local y el silencio regresó a la calle Baker.
Al menos, por unas horas.