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VEGA&SAbrINA
El salón de Sabrina Metz era el reflejo inverso de su dueña: nada parecía estar en su sitio.
Cuando la policía propuso su casa como «cuartel general», lo primero que se preguntó la detective era cómo alguien quería vivir en un lugar apartado como aquel, en mitad de la nada.
Lo segundo que le llamó la atención fue el estado de la vivienda.
Lo tercero, el caos imperante en cada una de las estancias —excepto la cocina, eso debía admitirlo—, que en nada tenía que ver con la imagen que se había formado de la subinspectora.
A pesar de que Vega preferiría estar en ese mismo instante en su pequeño loft de la ciudad, debía admitir que, dadas las circunstancias, aquel lugar aislado era la mejor opción para que nadie pudiera sospechar de la investigación que llevaban entre manos.
Sin embargo, aquella noche, la atmósfera venía cargada de una irrealidad que ni siquiera el café fuerte conseguía disipar.
Vega Baker estaba sentada en el borde del sofá, con la mirada perdida en la chimenea encendida, dando tiempo a Sabrina para que procesara la conversación telefónica que había mantenido ese mismo día con Andreas Morte.
La policía, con su libreta de cuadros abierta sobre la mesa, cruzó los brazos y dejó escapar un resoplido de escepticismo.
—Nadie vive para siempre, Baker —sentenció, rompiendo el silencio—. Lo que ese Morte te ha contado suena más a leyenda urbana que a un informe policial. Un hombre que lleva robando documentos desde el siglo XVIII no es un sospechoso, es una imposibilidad biológica.
Vega se giró despacio. Tenía el rostro cansado, pero sus ojos brillaban con esa chispa de intuición que Sabrina había aprendido a no ignorar en el poco tiempo que la conocía, por mucho que le pesara a su naturaleza cuadriculada y metódica.
—Estoy de acuerdo contigo —admitió Vega—. Pero lo que es un hecho es que alguien jugó con nosotras… y a ratos tengo la sensación de que todavía lo hace.
—¿Por qué lo dices con tanta seguridad?
—Porque hablamos de un tío que, según Morte, lleva desde el siglo XVIII entrando y saliendo de donde le place sin dejar rastro.
¿No te parece poco propio de alguien así olvidar un documento que podía conducirnos hasta él?
—Vega se refería al «desliz» de la factura de la empresa Edén que las había llevado hasta Diong—.
Un hombre que se mueve con tanta discreción no comete errores de ese tipo.
A menos que quiera ser encontrado. O, mejor dicho, a menos que quiera que miremos hacia donde él apunta.
Sabrina tamborileó con los dedos sobre su libreta.
—De momento, ese rastro no nos ha conducido más que hasta un fantasma que, según tú, lleva entre los vivos más de doscientos cincuenta años —replicó la policía—. Y, según mi experiencia, los fantasmas no matan a escritores ni secuestran novicias.
Vega no respondió. Se sumió en un silencio pensativo, jugando de manera inconsciente con el llavero que había pertenecido a Desmond.
—Lleva cuidado con eso —le pidió Sabrina—. Algún día tendré que devolver los efectos personales a la División.
—¿En serio crees que alguien va a echar de menos esta chatarra, como tú misma la llamabas la otra noche? —La detective apretó el llavero con más fuerza de la que pretendía y, de repente, se escuchó un clac leve y seco.
El llavero, una pieza de plástico que parecía sólida, se abrió por la mitad. Sabrina se inclinó hacia delante, alerta. Del interior del objeto cayó una llave pequeña, de metal oscurecido, con una numeración grabada en el cabezal que apenas se distinguía bajo la luz del salón.
—Eso no figuraba en el inventario de la científica —murmuró Sabrina, poniéndose los guantes de látex con un movimiento mecánico.
—Porque estaba escondida bajo una falsa capa de resina —explicó Vega, tomando el pequeño objeto metálico con cuidado—. Parece la llave de una caja de custodia, ¿no?
—Sin duda lo es. Al menos de las que se fabricaban antes —coincidió la subinspectora—. Ahora nos falta saber qué cerradura abre.
—¿Y qué secretos esconde?
—Vayamos por parte, Baker. Primero tratemos de encontrar dónde está la caja de custodia. Puede haber cientos en la ciudad.
—De acuerdo. Pues usemos la lógica, de eso nos sobra a las dos —dijo Vega con un guiño cómplice que Sabrina no terminó de entender—.
Desmond vuelve a la ciudad tras la chapuza del furgón.
Sabe que la ha cagado bien y que sus jefes habrán puesto precio a su vida.
Ya sabemos cómo se pagan los errores con esa gente.
Según Juárez, regresa a la ciudad siguiendo a alguien que dice llamarse El Secretario.
La detective hizo una pausa para meditar y luego siguió con su exposición.
—Sabemos que, borracho, desesperado y paranoico, va a ver al prestamista en busca de información.
De alguna forma, todavía tiene tiempo de anotar en su teléfono una dirección que, tal vez, esté vinculada a El Secretario.
Si es así, ¿por qué pierde el tiempo en pensar en ese tipo cuando a esas horas debe estar en caza y captura?
—Tal vez porque piensa que puede acudir a él o porque es su seguro de vida.
—Es posible pero no le sirvió de mucho, en vista de lo que pasó después.
—No, no le sirvió, pero sí tuvo tiempo de esconder una llave que abre una caja de seguridad que no sabemos dónde está.
—Pero probablemente la escondería lejos del alcance de sus jefes —apuntó Vega—. No iría a su casa, ni a ningún local controlado por Dietrich.
—Exacto. Debía ser un lugar neutral, un lugar donde su presencia no despertara sospechas.
Las dos mujeres se quedaron en silencio, cada una sumergida en sus propios pensamientos.
—¿Dónde encontraron muerto a Desmond? —preguntó Vega de pronto.
Sabrina, pillando al vuelo las intenciones de Vega, no respondió. Fue directa a su ordenador y tecleó la clave de acceso a los archivos históricos de la División Criminal. Sus dedos volaron sobre el teclado hasta que el informe de 2005 apareció en pantalla.
—Aquí está —dijo Sabrina, entornando los ojos—. Distrito Norte. Cerca de la zona residencial de Los Pinos. Un callejón detrás de una vieja galería comercial.
—Los Pinos… —repitió Vega—. Es un barrio de clase alta, muy lejos de los ambientes donde se movería un tipo como Desmond. Es el lugar perfecto para ser invisible.
Sabrina siguió rastreando el mapa de la zona en el año 2005.
—A menos de trescientos metros de donde apareció el cuerpo había un local de alquiler de cajas fuertes que, casualmente, se llamaba «El Resguardo».
—Que es lo que ponía en la otra nota del teléfono de Desmond. —Vega se puso en pie casi de un salto.
—Quebró hace tres años, así que no sé qué encontraremos allí —dijo Sabrina tomando la chaqueta.
—Solo hay una manera de saberlo —replicó la detective dirigiéndose hacia la puerta.
Llegaron al depósito, un edificio de hormigón que olía a salitre y a abandono reciente.
Nada más aparcar el coche, se toparon de bruces con un guardia de seguridad que más que sorprenderse se asustó al ver aparecer a aquellas dos mujeres a esas horas de la madrugada.
Era evidente que no recibía muchas visitas, sobre todo por la noche.
Sabrina le enseñó su placa y el guardia consiguió relajarse un poco. Incluso se mostró colaborador y solidario, en especial cuando Vega le aseguró que iban en misión secreta.
—Yo también quise ser policía, ¿saben? —les confesó con un punto de tristeza—. Pero no fui capaz de superar las pruebas en ninguno de mis ocho intentos. Así que, aquí estoy —añadió señalando su traje de la empresa Rex Security.
—¿Que queda ahí dentro? —preguntó Vega casi compadeciéndose de él.
—Poca cosa. Algunos trasteros llenos de cosas inservibles y un par de cajas de seguridad que nadie vino a reclamar.
—Pues una de esas cajas es la que venimos buscando.
—Por mí, se pueden quedar con las dos —dijo el guardia encogiéndose de hombros—. Por aquí no vienen ni las águilas. Ni siquiera entiendo por qué me tienen vigilando esta mole abandonada.
Las dos mujeres se miraron y luego lo siguieron por el interior de la nave.
Se encontraron primero con un pasillo largo, flanqueado a ambos lados por contenedores amarillos que, según les explicó, eran los trasteros donde la gente guardaba de todo, en muchas ocasiones para no volver nunca a buscarlo.
A través de una puerta corredera, accedieron a la zona de seguridad, una sala que tenía los muros reforzados.
Las paredes estaban revestidas de huecos, a modo de nichos, cuyas puertas permanecían abiertas de par en par.
Todas, menos dos, tal y como les había adelantado el guardia de seguridad.
Sabrina metió la llave en la cerradura de la primera y la caja se abrió con un gemido metálico que pareció resonar en todo el edificio
En el interior no había joyas, ni fajos de billetes, ni los expedientes que la policía esperaba encontrar.
Solo un objeto envuelto en un paño de fieltro.
Vega lo extrajo y lo dejó sobre una mesa metálica que había en mitad de la sala.
Cuando retiraron el paño y este dejó al descubierto lo que ocultaba, tanto Vega como Sabrina abrieron los ojos de par en par.
—¡Un CD! ¿En serio? Ese Desmond era un auténtico carca.
—Pues vamos a necesitar un ordenador igual de carca
—Yo conozco a alguien —dijo Vega, y una sonrisa cruzó su rostro—. Alguien que se niega a dejar que el pasado muera del todo.
Condujeron de vuelta al centro, hacia la calle Baker. La librería de Conrad Nego era un santuario de lo obsoleto. Vega y Sabrina entraron con la llave de la detective pero, antes de que hubieran dado más de un paso, las luces del local se encendieron de golpe.
—¿Estas son horas de llegar? —Conrad, anudándose la bata, miraba especialmente a Vega.
Por un momento, esta se sintió como la adolescente a la que su padre la pilla volviendo de juerga.
De hecho, la escena le resultaba familiar.
En más de una ocasión le había pasado. Una punzada de nostalgia le hizo echar de menos aquellos tiempos.