25
EL SECRETARIO
El péndulo del reloj de pared en el ala este del antiguo Edificio Salvatore marcaba las ocho de la mañana con una indiferencia que El Secretario compartía.
El mundo exterior todavía no había terminado de despertarse del todo, pero él ya estaba en pie desde hacía dos horas, cuando le llegaron noticias sobre lo ocurrido en Santa Rosalía.
El informe sísmico no dejaba lugar a dudas.
Los cimientos de aquellas ruinas que en otros tiempos habían conformado la abadía de Valbruma, se habían visto afectados.
No así el convento, donde no había que lamentar víctimas mortales aunque sí múltiples daños materiales que todavía estaban por evaluar.
Nada que a él le importara realmente, nada que tuviera que ver con su misión.
Ordenó a los elementos infiltrados que estuvieran alerta y siguió con lo que estaba haciendo.
La preocupación, mínima, eso sí, se produjo cuando fue informado de que una novicia, a la que habían dado por desaparecida tras el seísmo, había regresado con el Códex Execratio en sus manos.
La leve preocupación se tornó enseguida en incomodidad. No le resultaba agradable errar en sus cálculos y su previsión esta vez no había sido la correcta. Ese maldito libro se empeñaba en romper el silencio institucional que había quedado sellado setenta años atrás.
—Control sobre la paloma —escribió de forma críptica en la terminal, y luego envió el mensaje.
No se movió de inmediato. Debía asegurarse de que el proceso seguía sus cauces.
Era lógico que los Custodes movieran ficha una vez que su «paloma» —ese era el nombre en clave para la monja que la organización había puesto de guardia por si el códice aparecía— informara de la aparición de un libro que sus miembros llevaban buscando desde que lord Edward Lysander lo sustrajera siete décadas atrás y cuyo último paradero conocido había sido precisamente la abadía de Valbruma.
Sí, el Códex Execratio había estado allí todo ese tiempo, pero la única persona que sabía de su localización exacta —las catacumbas bajo el ala vieja— era el mismo que había dictaminado clausurar la cripta que daba acceso a las mismas en nombre de su efímero y último abad: Morfeus de Orfack.
Armado de esa paciencia que había desarrollado con el paso de los años, El Secretario consultó las cámaras internas del convento, accesos a los que la Institución tenía derecho preferente desde décadas atrás.
Vio el desalojo del refectorio durante el terremoto.
Vio a sor Eloísa contando novicias con su rigidez innata.
También vio a la joven Talía Bergström desaparecer entre las ruinas de Valbruma. Lo que no esperaba era que las altas instancias eclesiásticas introdujeran un elemento nuevo en la ecuación: Vega Baker, una exnovicia convertida ahora en investigadora privada.
Durante las horas siguientes, fue testigo, como si de un reality show se tratara, de los pasos de la tal Baker para encontrar a la novicia desaparecida.
Había algo en ella que le llamó la atención, aunque no supiera qué.
Tal vez fuera su manera de hacerle frente a la madre superiora o tal vez su carácter decidido, pero, de una forma u otra, debía admitir que había sido una jugada inteligente por parte de los jerarcas eclesiásticos contratar a esa detective para llevar el caso.
Luego, todo se precipitó. Vega Baker encontró a Talía Bergström y los Custodes activaron de inmediato a dos de sus sicarios: Leon Palenka y Bernd Sleuter. Exmilitares con un pasado oscuro y con pocos escrúpulos.
El Secretario asistió, casi con complacencia, a los intentos de estos por hacerse con la novicia, hasta que finalmente entraron en el piso protegido y se la llevaron a una nave de la zona de Maremágnum.
También comprobó, fascinado, que la detective oponía resistencia con una tenacidad digna de encomio.
Definitivamente, había algo en ella que la hacía diferente a la mayoría de las personas que él había conocido.
Y, a lo largo de su vida, habían sido muchas.
En cualquier caso, sabía que había llegado el momento de actuar.
Aquella noche, mientras Palenka iba a por algo de cena a un restaurante de comida asiática cercano, El Secretario se presentó en la nave de Maremágnum.
Aseguró ir en representación de los Custodes pero Sleuter tuvo claro desde el primer momento que era mucho más que eso.
Alguien, en cualquier caso, al que era mejor no tener en contra.
—Voy a hacerle una visita a la chica —fueron sus palabras y el sicario lo único que hizo fue apartarse a un lado.
El Secretario entró en la sala donde tenían a Talía atada. Vio la brutalidad innecesaria de los dos matones reflejada en la cara de la chica, pero no se inmutó. Ese no era su problema. Con cada paso, su bastón emitía un sonido rítmico sobre el hormigón.
Tac. Tac. Tac.
La chica tenía los ojos vendados, pero se estremeció al oír aquel eco metálico acercándose.
Se sentó frente a ella. Su tono fue, para sorpresa de la novicia, casi amable.
—Tranquila, pequeña —susurró, apoyando sus manos en el pomo del bastón—. No soy como ellos. Yo solo busco un nombre.
Talía respiró con dificultad.
—¿Quién es usted?
—Alguien que no es tu amigo, pero a quien no debes temer.
—¿Y… y qué quiere?
—Háblame de Vega Baker.
La chica dudó. Estaba a ciegas, y por mucho que las palabras de aquel desconocido fueran amables, ignoraba sus intenciones, como también si aquel era un juego diabólico en el que ella era la víctima. En cualquier caso, le pudo más el miedo.
—Es… decidida. No se asusta con facilidad —balbuceó entre sollozos.
El Secretario cerró los ojos un instante. Reconoció en la descripción de Talía a la persona a la que llevaba vigilando unos días. Quiso ver en Vega un reflejo de algo todavía por definir.
—Tengo entendido que fue novicia, como tú —insistió, con una curiosidad impropia de él.
—Sí… Hace mucho tiempo. Pero no sé nada más —aclaró Talía tratando de contener las lágrimas.
Aunque la chica no pudiera verlo, El Secretario asintió complacido antes sus palabras. Se puso en pie y el sonido del bastón volvió a marcar el pulso, dejando un eco apagado en la sala diáfana.
Tac. Tac. Tac.
—Has sido muy útil, Talía. Descansa —le dijo desde la puerta.
Al salir de la nave, El Secretario miró a Palenka y Sleuter como quien contempla maquinaria averiada. Los Custodes se habían convertido en un problema. En su balance mental, habían pasado a ser un pasivo tóxico que debía ser liquidado sin demora.
Se había expuesto por una idea, le había mostrado su rostro a aquellos dos hombres sin cortapisas. En otros tiempos, habría acabado con ellos allí mismo, pero en los últimos tiempos, los métodos habían evolucionado. Ahora no necesitaba manchar sus manos para obtener el mismo resultado.
Solo había que poner la semilla y la planta crecería por sí sola.
Para sorpresa de su chófer, le indicó que comprara comida de El Lotus Sagrado , el restaurante al que había ido previamente Palenka.
Aquel obedeció y al rato regresó con un par de envases.
Con sus manos enguantadas y una expresión de asco, El Secretario tiró el contenido entre unos arbustos y guardó los envases.
El chófer no preguntó, ni tampoco se hizo preguntas.
Había sido instruido para no tener voluntad propia.
Luego condujo hacia el centro de la ciudad, tal y como le había pedido su jefe.
Antes de volver a casa, El Secretario tenía otra visita que hacer: la vivienda de Palenka.
Se aseguró de que nadie lo viera entrar y forzar la cerradura.
Fue un movimiento casi poético, una corrección quirúrgica. Tomó el envoltorio y lo colocó en la bolsa de basura superior, de manera que fuera lo primero en verse al abrir el contenedor, justo donde un agente de policía perspicaz pudiera atar cabos.
Esa era la semilla que necesitaba.
—Encuéntralo, Vega Baker —susurró mientras descendía las escaleras—. Encuentra el Códice. Demuéstrame que eres digna.
Mientras caminaba de vuelta al coche, anotó mentalmente el cierre de la sucursal de los Custodes. No los destruiría él; los destruiría la tenacidad de Vega, de eso estaba convencido.
Y cuando tal cosa ocurriera, le tendría preparado a la detective el mejor de los regalos.