Origen (La monja detective 3) 24
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PAOLO

La envidia

El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de una de las galerías superiores con una claridad hiriente, una luz que no calentaba pero que ponía al descubierto cada mota de polvo suspendida en el aire.

El padre Azariel había mandado que lo esperara allí mientras terminaba de despachar unos asuntos en el salón.

Sobre las nueve y media, el cura apareció con paso decidido y expresión afable por uno de los extremos del corredor. Llegó hasta el muchacho y le puso las manos en los hombros con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hoy saldremos de la finca, Paolo —le dijo manteniendo el contacto en todo momento—. Hay gestiones administrativas que requieren mi presencia en un pueblo cercano y me gustaría que me acompañaras.

El muchacho asintió sin expresión alguna pero eso no fue óbice para que la sonrisa en los labios del sacerdote desapareciera.

—Considera esto como una pequeña excursión —insistió aunque la decisión ya estaba tomada y Paolo lo sabía de sobra—. Creo que te la has ganado.

Sentado en el asiento del copiloto, el muchacho observaba el paisaje pasar como si fuera una película de la que no formaba parte.

El mundo exterior le resultaba ahora ruidoso, caótico y extrañamente bidimensional.

Desde que el fuego consumiera su cuaderno y su botón de nácar, su conexión con la realidad se había vuelto frágil, un hilo de seda sosteniendo el peso de un ahorcado.

El Padre Azariel conducía con una calma metódica, sus manos enguantadas en piel fina apenas se movían sobre el volante.

Desde el episodio de la puerta abierta y la sumisión silenciosa de Paolo, se había mostrado inusualmente amable.

Pero el muchacho, tras tantos días de vaciamiento, ya sabía que, en el universo del cura, la amabilidad no era un bálsamo, sino un lubricante para que la siguiente incisión fuera más profunda

El coche se detuvo frente a un muro de piedra alto, coronado por cristales rotos y cubierto de una hiedra tan antigua que parecía formar parte de los cimientos.

Paolo sintió un vuelco en el estómago. El lugar no era Santa Rosalía, pero su arquitectura era muy parecida, sospechosamente parecida.

Era un convento de líneas austeras, un fantasma de ladrillo y silencio apostado en los márgenes de una población cercana.

—Espérame junto al claustro, Paolo —ordenó el padre Azariel una vez accedieron dentro—. Mis asuntos con la abadesa no te conciernen. Camina, observa, pero no hables. El silencio es la única forma de verdad que nos queda.

Paolo obedeció. Cruzó el umbral y, de inmediato, la atmósfera del convento lo envolvió como una mortaja húmeda.

Los pasillos olían a cera, a incienso barato y a ese aire estancado que solo se respira en los lugares donde el tiempo se ha rendido.

Con cada paso, la superposición de imágenes comenzó a torturarlo.

No estaba allí, pero creía estarlo. Los arcos de piedra eran los mismos que había limpiado hasta que le sangraron las manos; las sombras que se proyectaban en las baldosas tenían la misma inclinación que las de Santa Rosalía.

De repente, al girar una esquina que conducía al oratorio, el corazón se le detuvo.

Creyó verla. Una figura menuda, envuelta en un hábito azul oscuro, desapareciendo tras una puerta de madera.

Nadia. Su mente, desesperada por encontrar un anclaje, proyectó su rostro, su decepción, el brillo de sus ojos antes de que los separaran.

Paolo corrió, con el aire quemándole en los pulmones, pero al llegar a la puerta solo encontró un pasillo vacío y el eco de sus propios pasos.

No era nostalgia. Era una herida abierta que se negaba a cicatrizar.

El padre Azariel apareció en el extremo opuesto del claustro.

No lo llamó, simplemente se quedó allí, observando las reacciones del muchacho con la paciencia adquirida tras tantos años de instrucción.

Lo había hecho en los castigos anteriores y ahora volvía a hacerlo.

Y como en todas las veces, de antemano sabía cuál sería el comportamiento de su discípulo.

—Ven aquí, Paolo —dijo finalmente. Su voz, suave y plana, cortó el delirio del muchacho—. Hay algo que quiero que veas.

Lo llevó hacia una zona de trabajo que daba al huerto interior.

Allí, sentado en un banco de madera, bajo la luz débil que se colaba a través de un emparrado, un joven novicio realizaba su tarea.

No tendría más de catorce años. El cabello cortado al ras y las manos blancas, todavía libres de las cicatrices y la dureza que el trabajo en la finca habían grabado en las de Paolo.

El novicio estaba concentrado. Frente a él, sobre una mesa limpia, tenía una serie de herramientas de mantenimiento que ordenaba con una precisión obsesiva, alineando los mangos con el borde de la madera.

A su lado, abierto por una página en blanco, descansaba un cuaderno de tapas grises, idéntico al que Paolo había perdido en las llamas.

El chico tomó una pluma y, con una caligrafía esmerada, comenzó a anotar algo.

Paolo se quedó helado. No era que el chico se pareciera a él; es que el chico era él.

Era el Paolo que aún creía que los objetos tenían alma.

El Paolo que guardaba secretos en las costuras de su ropa.

El Paolo que aún podía mirar al cielo y esperar que alguien escuchara sus oraciones.

Verlo allí, realizando las mismas tareas con la misma devoción inútil, le provocó un dolor físico, una punzada en el centro del pecho que le impedía respirar.

Sintió la presencia del padre Azariel a su espalda, tan cerca que podía oler su aliento agrio del vino.

El mentor volvió a colocar sus manos sobre los hombros del muchacho, en un gesto que en la galería de la finca, apenas unas horas antes, había sido de consuelo, pero que en ese momento se le antojó la presión de un grillete.

—Míralo bien, Paolo —le susurró el cura al oído—. Observa su pulso. Observa la limpieza de su mirada. Él todavía cree que ese cuaderno le pertenece. Todavía cree que el orden de esas herramientas le dará el control sobre su vida.

Paolo no podía apartar la vista. Deseó gritarle al novicio que huyera, que quemara el cuaderno, que se arrancara la piel antes de que alguien lo vaciara por dentro.

Pero no tenía voz. Solo tenía una envidia corrosiva, un veneno negro que subía por su garganta al darse cuenta de que lo que estaba viendo era un tesoro que ya no poseía.

—Lo envidias, Paolo. ¿No es cierto? —sentenció el sacerdote sin levantar la voz—. Pero no lo envidias a él. Envidias a quien tú fuiste.

El muchacho se sintió un poco más roto, si eso era posible.

No hubo lamentos ni llantos. Las lágrimas eran un lujo que también había perdido.

Fue más bien un colapso interno. Sus rodillas cedieron ligeramente y tuvo que apoyarse en la pared de piedra para no caer.

La verdad de las palabras del padre Azariel era absoluta.

No odiaba al novicio por su juventud o su paz; se odiaba a sí mismo por haberla perdido.

Envidiaba el tiempo en que todavía era el dueño de sus propias deudas y de sus propios decesos.

—Ese muchacho es un fantasma, Paolo —continuó el mentor, implacable—. Una versión obsoleta de un reflejo de ti. Él tiene un pasado. Tú ya no. Él tiene esperanza. Tú tienes una verdad que está por encima de ti y de mí.

El viaje de vuelta a la finca se produjo en un silencio total.

Paolo miraba sus manos ensangrentadas —se había mordido el labio hasta que el sabor metálico de la sangre le había inundado la boca— mientras comprendía que el castigo del padre Azariel había sido especialmente cruel.

Le había devuelto la imagen de su inocencia solo para demostrarle que era un cadáver.

Al llegar a la finca, el cura no lo mandó a trabajar al leñero ni al almacén. Caminó delante de él hacia la planta superior, hacia las estancias que Paolo rara vez visitaba.

—Entra —ordenó Azariel al llegar a la habitación principal.

Paolo obedeció. En las paredes, los espejos de marco dorado devolvían su imagen: un muchacho de mirada vacía, hombros cargados y manos curtidas por el barro. Un siervo.

Azariel tomó una serie de sábanas blancas que descansaban sobre una cómoda.

Con su parsimonia habitual, comenzó a cubrir los espejos.

Uno a uno. No solo los de la habitación principal, sino los de toda la casa.

El movimiento era solemne, como si estuviera amortajando a un difunto.

El reflejo de Paolo desaparecía una y otra vez bajo la tela blanca mientras el cura lo hacía mirar.

Cuando terminó, la finca entera quedó sumida en una blancura fantasmal, despojada de reflejos. Luego, mentor y discípulo ascendieron por las escaleras para llegar a la habitación del ático.

—La envidia es el pecado de los que miran hacia atrás —dijo Azariel, plantándose en el centro de la estancia—. Es mirar lo que ya no eres. Y tú ya no eres ese muchacho que viste en el convento, Paolo. No lo serás nunca más.

Se acercó a él y le obligó a levantar la barbilla. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia.

—A partir de hoy, no habrá espejos para ti. No los necesitas. El siervo no necesita reconocerse, porque no tiene nada que le pertenezca. Ni siquiera su propio rostro. Si buscas al que fuiste, solo encontrarás un vacío. Y en ese vacío es donde yo te necesito.

Azariel salió de la estancia, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en todo el edificio.

Paolo se quedó solo en la habitación. También en aquel lugar había un espejo pequeño que había sido cubierto.

Intentó acercarse a él, tocar la tela, buscar el contorno de su cara a través de la sábana. Pero se detuvo.

La lección había sido completada. La envidia había servido para incinerar el último rastro de nostalgia. Ya no era un chico que recordaba a Nadia. Ya no era un chico que lloraba por un cuaderno.

Era, por fin, lo que el padre Azariel había querido siempre que fuera.