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VEGA&SAbrINA
Desde el momento en el que había puesto un pie en la División Criminal, Sabrina había intentado por todos los medios evitar al comisario, empresa verdaderamente difícil dado que su mesa estaba ubicada justo enfrente del despacho del jefe.
Pero hasta media mañana lo había conseguido.
Estaba adelantando un poco el caso del robo y una denuncia por agresión cuando Ramírez abrió la puerta de su despacho y fue en su dirección.
La subinspectora se había preparado un par de frases neutras para cuando le preguntara por sus avances pero, para su sorpresa, no le hicieron falta.
—Voy por un café, Metz. ¿Quieres uno?
—Vaya, jefe. Hoy estás de muy buen humor.
—Entre tú y yo —le dijo Ramírez inclinándose hacia a ella para susurrarle—, tengo una cita esta noche y después de… Ya sabes, después de lo de mi divorcio, la verdad es que me apetece.
—Me alegro por ti. —Sabrina trató de mostrarle su sonrisa más amplia pero le costaba un esfuerzo supremo.
—¿Entonces quieres uno? —insistió el comisario.
—¿Si quiero un qué?
—¡Un café, Metz! Te veo un poco empanada hoy.
—Perdona, jefe. Estoy metida de lleno en lo del robo y en otro par de casos que requieren toda mi atención. Te lo agradezco, pero prefiero seguir trabajando.
—¡Así me gusta! —exclamó Ramírez sin mudar su expresión alegre y luego se alejó de su mesa.
Se acercó a otro oficial para ofrecerle café y, del mismo modo que había hecho con Sabrina, se inclinó para susurrarle algo, probablemente sobre su cita y sobre un divorcio del que la subinspectora no tenía ni idea.
De hecho, incluso ignoraba que Ramírez estuviera casado.
Sabrina negó con la cabeza y volvió a maximizar la pantalla que tenía abierta sobre la burocracia vaticana.
Sabía que toda precaución era poca. Investigar al margen del comisario Ramírez la obligaba a moverse entre sombras burocráticas, utilizando favores personales y contactos de los que preferiría no tener que echar mano.
Respiró hondo y volvió a centrarse en la maraña de extensiones telefónicas del Vaticano que se cruzaban en un esquema de su libreta de cuadros.
Por momentos, le asaltaba la duda de si todo aquello no sería más que una pérdida de tiempo, pero había visto tan segura a Vega que le había hecho la promesa de intentarlo al menos.
Ahora, mientras el comisario iba y venía ofreciendo café, esperaba no tener que arrepentirse de esa promesa.
Tachó un número en la libreta y, a continuación, realizó la cuarta llamada de la mañana. Su tono era seco, profesional, utilizando ese lenguaje administrativo que tan bien dominaba para abrirse paso entre secretarios episcopales y archiveros desconfiados.
—Sí. ¿Oficina del Cardenal Prefecto? Verá, necesito la extensión directa del departamento de Restauración Documental… No, no es una consulta general. Es un asunto relacionado con una auditoría de activos de 2011 —mintió Sabrina con frialdad, anotando un número de cuatro cifras en su libreta.
Tras media hora de saltos entre centralitas y un par de llamadas a antiguos contactos de la Interpol, su rostro se iluminó ligeramente. Tecleó un número final, una línea que figuraba como «enlace técnico» en un ala olvidada del Archivo Secreto.
—Lo tengo —le susurró a Vega tras ponerse en contacto con ella—. Acabo de enviarte a tu teléfono el número de Morte. No menciones a la policía.
Sentada en su escritorio de la calle Baker, Vega marcó las cifras que Sabrina le había facilitado con el pulso acelerado, de una forma que no experimentaba desde sus primeros tiempos como investigadora privada.
—¿Andreas Morte? —preguntó cuando alguien descolgó.
Al otro lado se produjo un silencio expectante. Cuando la voz respondió, denotaba alarma, sorpresa incluso.
—Me parece que se ha equivocado.
—Siento insistir, señor Morte —dijo Vega, convencida de que era el hombre que iba buscando—, pero es muy importante que hablemos. No me habría molestado tanto para llegar hasta usted si no lo fuera.
—Ese nombre ya no figura en el directorio activo, señorita. Debería colgar.
—Fue el obispo Domenico Bouzer quien me lo dio —soltó Vega, esperando una reacción diferente.
Hubo un suspiro pesado al otro lado de la línea.
—El problema de Bouzer es que no sabía mantener la boca cerrada —dijo Morte entrando al trapo—. Esa fue su perdición.
—Él me habló de usted. De que buscaba algo que llamó «sustracciones temporales». Necesito que me diga de qué se trataba.
—Ni siquiera sé quién es usted…
—Le diría que me llamo Vega Baker, que soy detective privada, pero en realidad solo soy una persona que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de un malnacido al que algunos llaman El Secretario.
O, más bien, solo soy una persona que perdió a un amigo por su culpa.
Lo único que busco es la verdad, hacer un poco de justicia.
Morte guardó silencio durante lo que parecieron siglos. Cuando volvió a hablar, el tono de sospecha había dado paso a una curiosidad científica casi febril.
—¿Ha dicho El Secretario?
—Así es.
—También lo busqué, en otra época, pero aquí me dejaron claro que lo dejara correr o tendría problemas.
—Yo ya los tengo, así que…
El funcionario vaticano volvió a guardar silencio antes de decidirse. Luego, la inflexión de su voz cambió, se volvió más segura, más confiada. Ambos sabían que probablemente alguien podía estar escuchando su conversación, pero en ese momento no pareció importarle a Morte.
—Todo empezó con mi tesis —arrancó, y Vega supo que la puerta se estaba abriendo—.
La influencia de la Revolución Francesa en la Iglesia Católica .
Un tema que la mayoría de mis colegas consideraban amortizado.
—Hizo una pausa para aclararse la voz—. Durante mi investigación en los archivos de la diócesis de París, encontré una denuncia por el robo de un documento sensible en 1792.
—¿Un robo durante la Revolución? —lo interrumpió la detective—. En mitad del caos de las turbas entrando en los palacios, que desaparecieran documentos debía ser la norma, no la excepción, ¿no?
—Eso fue lo que pensé al principio —replicó Morte—.
Miles de registros fueron quemados. Pero esta denuncia era distinta.
Estaba redactada por un clérigo que no lamentaba la pérdida de reliquias de oro, sino de un acta de propiedad y una serie de correspondencia interna que databa de 1760.
Lo extraño no era el robo, sino el método: la caja fuerte no había sido forzada.
Alguien la había abierto con llave mientras el edificio ardía.
El caos no fue el motivo del robo, fue su camuflaje.
Vega se inclinó hacia el teléfono, fascinada por la meticulosidad del relato.
—Pero luego descubrí un patrón —continuó Morte—.
Encontré otro caso idéntico en 1848. Y otro en 1914.
Y varios durante la Segunda Guerra Mundial.
Siempre bajo el mismo denominador común: un escenario de guerra o revolución, y una «extracción quirúrgica» de documentos que no tenían valor económico, pero sí institucional.
Alguien estaba saneando el pasado mientras el presente se desmoronaba, asegurándose de que el «patrimonio» de la verdad permaneciera bajo control.
—Habló de testimonios —recordó Vega—. Diong mencionó que usted seguía una sombra o algo así.
—No sabría decirle con exactitud. Según algunos testigos, se había visto a alguien que no parecía humano desapareciendo justo del lugar donde se había producido la extracción. Pero, bueno, ya sabe lo supersticiosa que era la gente antes.
—Así que nada de sombras ni de fantasmas.
—Eso es. Solo un hombre. Uno con la habilidad para entrar y salir sin ser visto.
—Pero usted ha hablado de 1760 o de 1848. ¿Me quiere decir que hay una persona que lleva desde hace más de doscientos sesenta años apropiándose de archivos?
—No tengo respuesta para eso, señorita Baker.
Lo que sí puedo decirle es que, en los archivos del Vaticano de principios del siglo XVIII, existía una leyenda sobre alguien a quien llamaban el Archivista Fantasma.
Decían que era una figura que recorría los pasillos de la Biblioteca Apostólica no para añadir conocimiento, sino para controlarlo.
Alguien que decidía qué páginas debían ser arrancadas de la historia para que el balance final de la Iglesia fuera siempre impecable.
—Dicen que las leyendas siempre tienen una base de verdad.
—Y probablemente también lo fuera en este caso. La cuestión es que el Alto Padre, al descubrir lo que estaba haciendo, mandó a la guardia suiza a por él pero, cuando llegaron, no había ni rastro.
Vega sintió un hormigueo en la base del cráneo, en el lugar en el que el sicario le había golpeado en el pasillo del hotel Semiramis.
—¿Y usted cree que ese Archivista Fantasma y El Secretario son la misma persona?
—Hay similitudes, sí. En su forma de actuar y en sus motivaciones. Pero no puedo asegurar nada.
—Sin embargo —continuó la detective tras una pausa—, lo que no logro entender es cómo su investigación sobre ese tío terminó llevándolo hasta un obispo corrupto y una empresa constructora de dudosa credibilidad.
—Sí, no parece tener mucho sentido. —Morte dejó escapar una risita nerviosa.
—Lo cierto es que llegué a Bouzer por el rastro físico de las extracciones.
Al analizar los casos más recientes, descubrí que varias bibliotecas diocesanas que habían sufrido «pérdidas» documentales habían sido rehabilitadas poco antes por una empresa llamada Gestiones y Construcciones Edén.
»Sospeché que las obras de restauración eran la tapadera perfecta para que El Secretario realizara sus extracciones quirúrgicas sin forzar ninguna cerradura.
Pensé que Bouzer, como responsable de aprobar esos fondos de restauración, debía estar custodiando o, al menos, facilitando el acceso a esos documentos sustraídos.
Fui a verlo convencido de que encontraría pistas sobre El Secretario, pero lo que mis pesquisas destaparon fue algo mucho más terrenal: una red de blanqueo de capitales y fraude masivo.
Al intentar forzar la verdad sobre los archivos, terminé entregando a la policía las pruebas de una estafa millonaria.
Bouzer fue el chivo expiatorio de una trama de la que él solo era el administrador, pero el verdadero arquitecto de las extracciones que probablemente usaba a Edén para limpiar algo que no tenía nada que ver con el dinero, volvió a desaparecer en las sombras antes de que yo pudiera probar su existencia.
—Está bien —dijo Vega exhalando un suspiro—. Le agradezco su tiempo, señor Morte.
—Tenga cuidado —le advirtió él antes de colgar—. El Archivista, El Secretario o quien quiera que sea, es alguien peligroso. Muy peligroso.
—Lo sé.
Vega tragó saliva. A lo largo de los años, había estado expuesta al peligro en más de una ocasión. Pero este parecía distinto, más cercano, más impredecible. Debía estar alerta, más que nunca, si quería atrapar al hombre que le había complicado la vida.
Miró un momento a las sombras que se proyectaban al otro lado del cristal esmerilado de su despacho y luego marcó el teléfono de Sabrina.
—Metz, esta noche en tu casa.
Luego colgó y decidió bajar a la librería en busca de algo de normalidad.