Origen (La monja detective 3) 22
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EL SECRETARIO

El coche negro se detuvo en un recodo, oculto por una hilera de cipreses que custodiaban el camino hacia la Abadía de Valbruma.

La niebla de la mañana, espesa y cargada de una humedad que calaba hasta los huesos, envolvía el viejo edificio como una mortaja.

El Secretario se tomó un momento para observar la arquitectura del lugar: piedra sobre piedra, siglos de silencio acumulado.

Se despojó de su abrigo y, con su parsimonia habitual, medida hasta el extremo, se colocó el hábito propio de los monjes benedictinos que descansaba en el asiento trasero.

La tela, tosca y pesada, le resultaba incómoda, pero sabía que solo era una minucia comparada con la misión que lo había llevado hasta aquel lugar apartado del mundo.

Al bajar del vehículo, el sonido de las campanas de la abadía llegó hasta él, anunciando el inicio de la ceremonia. Era la distracción que necesitaba para infiltrarse sin ser visto.

Caminó hacia la entrada principal, mezclándose con los hermanos que acudían presurosos hacia la iglesia. Su rostro, de una neutralidad aterradora, no atrajo ninguna mirada. En Valbruma, la identidad era secundaria; lo que importaba era el hábito, el símbolo de la fe.

En el interior del templo, el revuelo era palpable.

El incienso flotaba en nubes densas que irritaban los ojos, y el eco de los cánticos gregorianos llenaba la nave, tratando de ocultar la tensión que vibraba bajo las túnicas.

Morfeus de Orfack estaba a punto de ser nombrado abad, una promoción interna que él mismo se había encargado de forzar tras la «desaparición» de los obstáculos previos.

El Secretario observó la escena desde la sombra de una columna, analizando el comportamiento de los presentes.

Cuando la ceremonia alcanzó su clímax y los clérigos se postraron ante el nuevo abad, El Secretario se retiró con la misma discreción con la que había llegado. Cruzó el claustro, casi deslizándose como una figura incorpórea y se dirigió hacia el ala de las estancias principales.

Un rato después, Morfeus de Orfack entró en su nuevo despacho con el corazón galopante.

El anillo de abad pesaba en su mano. Había sustituido al que había portado hasta entonces, el que mostraba un círculo roto con una daga, el símbolo de los Custodes.

Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda, dejando escapar un suspiro de alivio. Todo iba según lo previsto.

Al menos, eso era lo que creía.

—Un ascenso meteórico, reverendo —dijo una voz desde el rincón más oscuro de la estancia—. Aunque me pregunto si el balance final justifica la inversión.

Morfeus dio un respingo, ahogando un grito. Sus ojos, acostumbrados a la luz de las velas de la iglesia, tardaron unos segundos en identificar la figura sentada en su propia butaca. El Secretario permanecía inmóvil, con los ojos fijos en él.

—¿Quién es usted? —logró preguntar Morfeus, tratando de recuperar el aliento tras el sobresalto—. Este es el despacho del abad. Mi despacho. No puede estar aquí.

—Soy el enviado especial de los Custodes. —se presentó el intruso sin mutar el rostro—. Quizás eso me dé derecho a entrar en el despacho del abad. En su despacho.

—Nadie me ha informado de su visita —dijo Morfeus presa del desconcierto.

—La Institución no necesita invitación ni solicita audiencias, reverendo. Las audita —respondió El Secretario con ese tono neutro que congelaba el aire.

El nuevo abad palideció. Había oído hablar del «enviado» de la Institución, esa sombra que administraba el silencio de la Iglesia mucho antes de que los Custodes existieran siquiera. Trató de disimular su nerviosismo, alisándose el hábito y acercándose al escritorio con paso vacilante.

—No esperaba que enviaran a nadie tan pronto —dijo Morfeus, intentando ganar tiempo—. Todavía estoy tratando de gestionar el asunto del códice. La muerte de lord Edward y la desaparición del libro fueron un duro golpe para todos nosotros.

—Lord Edward fue víctima de su propia obstinación y ya es agua pasada —sentenció El Secretario—. Lo que nos ocupa ahora es otro activo del que, según tengo entendido, usted se ha hecho cargo desde entonces: su hijo Elian.

Morfeus se sentó frente a él, sintiendo que el despacho, su gran premio, se convertía en una sala de interrogatorios.

Al mirar a los ojos de aquel hombre, supo al instante que no podía mentirle.

No solo eso, su fama lo precedía y no estaba dispuesto a arriesgarse porque había demasiadas cosas en juego y, si jugaba bien sus cartas, tenía mucho que ganar.

Lo que sí podía hacer era maquillar la situación.

—El muchacho llegó hace unas semanas —empezó a relatar Morfeus, buscando las palabras adecuadas—.

Lord Edward lo envió a Valbruma pensando que yo sería su protector.

Poco a poco, me fui ganando su confianza.

Con el tiempo, Elian empezó a abrirse. Me confesó que protegía algo de un valor incalculable, un secreto que su padre le había confiado bajo juramento.

El Secretario lo escuchaba sin parpadear y Morpheus se dejó embargar por la sensación de que aquel hombre extraño registraba hasta la última de sus palabras, hasta el último de sus gestos.

—Traté de sonsacarle —continuó el abad, aclarándose la garganta, en un intento torpe por controlar el temblor de su voz—, pero Elian era más perspicaz de lo que parecía.

Se dio cuenta de mis intenciones así que dejé de fingir.

Le dije que el Códex Execratio solo estaría a salvo si me lo entregaba a mí, que yo era su único aliado.

Tuvimos una discusión violenta. Preferí dejarlo ir, pero le puse vigilancia, convencido de que su desesperación le obligaría a cometer un error de cálculo.

—Y el error se produjo —apuntó El Secretario.

—Anoche —confirmó Morfeus—. Intentó huir.

El hermano Anselmo, un hombre leal a la causa, lo siguió hasta la cripta.

Elian entró con el libro, desesperado. Se perdió en un laberinto de catacumbas que hay allá abajo y cayó en un agujero.

Anselmo se encargó de darle sepultura allí mismo.

Sabemos que el libro está bajo tierra, en algún lugar de esas catacumbas.

En cuanto sellemos la cripta oficialmente, recuperaremos el patrimonio sin testigos.

El Secretario se inclinó hacia delante. El círculo de luz de la lámpara iluminó sus manos, que, a diferencia de las del nuevo abad, no mostraban el menor temblor.

—¿Alguien más tiene conocimiento de lo ocurrido anoche? —preguntó.

—Solo yo y el hermano Anselmo —aseguró Morfeus con una sonrisa que pretendía ser de complicidad—. Hemos mantenido el rastro limpio.

El Secretario esbozó una mueca en los labios que podría haber sido una sonrisa. Extrajo una pequeña petaca de plata y le pidió dos copas que el abad se apresuró a traer de un armario.

—En ese caso, celebremos el hallazgo, reverendo. La Institución valora la eficiencia tanto como la iniciativa, y usted ha demostrado tener de las dos.

Sirvió el vino en las dos copas. Era un caldo oscuro, con un aroma intenso que llenó el espacio entre ambos. El Secretario levantó su copa y la llevó a los labios, fingiendo un sorbo mientras observaba cómo Morfeus apuraba la suya con la avidez de quien cree haber asegurado su futuro.

Apenas unos segundos después, el rostro del abad se contrajo.

La copa resbaló de sus dedos, estallando contra el mármol del suelo.

Morfeus se llevó las manos a la garganta, tratando de atrapar un aire que sus pulmones ya no podían procesar.

Sus ojos se inyectaron en sangre y su cuerpo empezó a retorcerse sobre la silla, víctima de una insuficiencia respiratoria provocada por una toxina diseñada para no dejar rastro.

—Usted confunde la lealtad con la oportunidad, reverendo —dijo El Secretario, levantándose con calma y rodeando el escritorio—.

Su gestión ha sido eficiente, sí. Ha controlado un problema mayor, se ha asegurado de que el Códex Execratio y lo que ese libro supone vuelva a estar, en cierto modo, en las manos adecuadas…

El abad trató de decir algo que quedó en un sonido apagado mientras hacía un esfuerzo vano por respirar.

—Pero ambos sabemos que no lo hacía por los Custodes—continuó El Secretario poniéndole una mano en el hombro tembloroso—. Vamos, reverendo, no me negará que le movía su propia ambición. No me negará que tenía sus propios planes para el códice.

Morfeus cayó al suelo, golpeando la alfombra con un sonido sordo. Su respiración era un estertor húmedo, idéntico al que Lord Edward había emitido poco antes en su casa palacio. Con un esfuerzo agónico, el clérigo señaló hacia la puerta.

—Tengo… amigos… —consiguió balbucear entre espasmos—. Los Custodes… gente poderosa… no podrá…

El Secretario se arrodilló junto a él, dedicándole una mirada de una frialdad absoluta.

—Me parece que no lo entiende —susurró al oído del moribundo—. Los Custodes son solo una facción en ruinas, un activo que ya no es rentable para la Institución.

Echa su sentencia, permaneció junto al cuerpo hasta que los espasmos cesaron y los ojos quedaron vacíos.

Con una precisión administrativa, se sentó de nuevo en el escritorio.

Buscó el documento en el que el Morpheus de Orfack, abad de Valbruma, daba instrucciones para clausurar la cripta por riesgo de ruina y la firmó, imitando su letra.

Después, recogió la petaca y limpió la copa intacta, asegurándose de no dejar ningún residuo físico en la estancia.

Salió del despacho por la puerta de servicio, fundiéndose de nuevo con las sombras del claustro. El revuelo en la iglesia continuaba, ajeno al hecho de que su nuevo abad había dejado de serlo apenas media hora después de haber sido nombrado.

Encontró al hermano Anselmo acuclillado en el huerto, haciendo sus necesidades. Le pareció tan indigno como patético acabar con él en esas circunstancias, pero no iba a esperar a que terminara. Llegó por detrás y le seccionó la yugular. Luego, fue hacia la salida.

Mientras caminaba hacia el coche negro bajo la lluvia que empezaba a arreciar, se despojó del hábito de monje, revelando de nuevo el traje gris que lo definía como alguien invisible a ojos de los demás.

Elian Lysander estaba bajo tierra. Sus testigos habían sido liquidados.

El hilo que lo unía al Códice se había tensado definitivamente y, aunque el libro permaneciera en las catacumbas, la Institución tenía la paciencia necesaria para esperar a que el Silencio hiciera su trabajo de erosión.

El Secretario subió al vehículo y, mientras el motor arrancaba con un ronroneo casi imperceptible, esbozó una sonrisa satisfecha.

Para entonces, ya había hecho sus cálculos.

El códice estaba enterrado y ahora solo él sabía de su paradero.

Los dos cabos sueltos habían sido eliminados y el hijo de lord Edward también había dejado de ser un problema.

Pronto, la cripta sería clausurada. Ahora solo faltaba que Valbruma cayera en desgracia, pero de eso ya se encargaría más tarde.

Solo tenía que susurrar viejas leyendas sobre el libro maldito en los oídos correctos y la abadía tendría los días contados.

El balance volvía a estar equilibrado.