Origen (La monja detective 3) 21
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Elian Lysander sabía que iba a morir antes incluso de abrir los ojos.

Lo había visto en sus sueños. Cada detalle, cada segundo.

Y, a pesar de todo, cuando despertó, empapado en sudor y presa de un pánico incontrolable, buscó el libro que guardaba bajo el colchón, lo escondió entre su ropa y emprendió la huida.

Aunque supiera que su suerte estaba echada.

Por instinto, tal vez. Por la necesidad irracional de sobrevivir. Como el suicida que, en un último impulso, trata de librarse de la cuerda que le rodea el cuello, aunque haya sido él mismo quien ha tomado la decisión de quitarse la vida.

Sí, lo hizo por instinto, pero también por el códice…

Recorrió la galería en penumbras con él fuertemente aferrado contra su pecho. Las baldosas de piedra le devolvían el eco de sus pasos, un sonido constante y sordo que solo servía para acrecentar su inquietud.

En su desenfrenada huida, veía sombras que lo acechaban donde solo había oscuridad.

«Ya vienen», pensó sin aminorar la marcha.

Dejó a un lado el corredor y cruzó el patio del claustro a grandes zancadas. Al pasar junto al pozo seco tuvo la tentación de detenerse. Pensó que quizás aquel podría ser un buen lugar para esconder el libro, pero solo quizás, y no tenía tiempo para la duda.

No había tiempo para nada.

No podía fiarse de nadie dentro de la abadía. Esa era la única certeza que lo acompañaba. Tras dejar su casa y a su padre, había ido en busca de la única persona que debía protegerlo y dicha persona había demostrado no ser quién decía.

Entró en la iglesia y recorrió el pasillo central flanqueado por diferentes escenas del Apocalipsis.

Luego se dirigió hacia el altar mayor y, tras hacer una reverencia casi por inercia, tomó el relicario más preciado en Valbruma: el hábito supuestamente atribuido a Bernón de Baume, primer abad de la orden de Cluny, conservado en el interior de una caja de madera de nogal revestida con una capa de cera.

—Perdóname, Señor —dijo Elian en un susurro mientras alzaba la vista al techo de la nave—, pero incluso la verdad está por encima de la fe.

Acto seguido, abrió la caja y sustituyó el hábito por el códice que traía consigo.

En ese instante, oyó algo fuera que lo hizo moverse de nuevo.

Bajó del altar. Abrió la puerta de la cripta y miró hacia la oscuridad.

Encendió una linterna que llevaba y trató de iluminarse mientras descendía por las escaleras de piedra.

Una vez bajo, alargó el brazo para dar algo de luz en la oscuridad.

El espacio donde estaba no era demasiado grande.

Suficiente para una fosa común y para la estatua yacente del noble que fue mecenas del monasterio en su fundación.

Elian se apoyó en una pared para recuperar el aliento y las piedras cedieron debido a su peso.

Cayeron a plomo dejando tras de sí una nube de polvo y un hueco al otro lado que parecía insondable, un pasillo que no parecía tener fin.

Pensó que, con toda probabilidad, no resultaba aconsejable adentrarse en aquel laberinto que se antojaba inacabable pero, aun así, se aventuró en la oscuridad.

Avanzó unos metros para descubrir que, a ambos lados, se amontonaban sin orden ni concierto cientos de restos humanos.

Elian dedujo que debía tratarse de unas catacumbas, quizás de tiempos remotos.

Cuando llevaba recorridos unos cien metros y había pasado ya por una docena de pasillos, vio aquel nicho. No era diferente a los demás, pero sí más profundo, idóneo para ocultar el libro.

Sin sacarlo de la caja, lo colocó en el hueco y luego lo cubrió con varios restos humanos con tal de que no se viera. Esperaba que la madera de nogal tratada fuera suficiente para que no se deteriorara.

En ese preciso momento le llegó el inconfundible sonido de unos pasos que se aproximaban y eso le hizo comprender que toda esperanza de salir de allí con vida acababa de evaporarse. Que lo que sospechaba que pasaría apenas unas horas antes había terminado por hacerse realidad.

Se internó de nuevo en las catacumbas. Un resplandor cercano confirmó sus peores sospechas. Solo era cuestión de tiempo que lo encontraran.

Nada importaba, siempre que sus perseguidores no encontraran también el libro.

En el momento en que se había negado a entregárselo, sabía que había dictado su sentencia.

Por eso trazó un plan de huida que no había salido como esperaba.

Pero al menos el libro ya no estaba a su alcance.

Tampoco sus palabras, las que había escrito en forma de verso y que eran las clave de todo.

Solo esperaba que, si alguien terminaba encontrando el códice, fuera alguien digno.

Y, no solo eso: que tuviera la sagacidad suficiente para desentrañar su mensaje.

Sumido en esos pensamientos, no vio llegar a los dos hombres que lo seguían.

A uno lo conocía bien: Morfeus de Orfack, su mentor durante su estancia en Valbruma.

Alguien en quien confiaba, en quien su padre le había pedido que confiara.

Alguien que había demostrado ser el mismísimo demonio.

El otro, tan solo un sicario surgido de las sombras.

—¿Por qué huías de nosotros, Elian? —le preguntó Morfeus con una sonrisa sardónica—. El hermano Anselmo y yo solo queríamos hablar contigo. Hacerte entender nuestras razones.

—¿Razones dices? —Pese al miedo, Elian dejó escapar una risa amarga—. La única razón que os mueve es tan oscura como vuestras almas.

Los dos hombres se miraron en la penumbra y Morfeus asintió. El sicario se lanzó sobre Elian y le retorció un brazo. Él contuvo un lamento que amenazaba con escapar, pero no quiso darles el gusto.

—¿El códice? ¿Dónde está? —le ordenó Anselmo haciendo más fuerza.

—Lo he destruido —exclamó Elian presa del dolor—. Era lo mejor para todos.

—¿He de recordarte el octavo mandamiento? —volvió a preguntar Morfeus—. ¿No querrás arder en el infierno por dar falso testimonio?

—Donde vaya yo es cosa mía, pero sois vosotros quienes arderéis en el peor de los infiernos.

El sicario registró su cuerpo y sus ropajes y, al no encontrar nada, le propinó un puñetazo en las costillas que, ahora sí, le arrancó un grito de dolor.

—Solo tienes que decirnos dónde está ese dichoso libro y todo esto acabará —insistió Morfeus, pero solo obtuvo el silencio de quien había sido su discípulo durante las semanas anteriores.

El clérigo hizo un gesto con la cabeza y el secuaz comprendió al instante. Sin soltarte el brazo, obligó a Elian a caminar. Este los condujo por diferentes galerías hasta que, en un descuido, salió corriendo en mitad de la penumbra.

Siguió avanzando en aquel laberinto, tanteando las paredes, hasta que sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Todavía tardó un buen rato en comprender que había caído dentro de un agujero. Su frente sangraba y se sentía mareado. Trató, sin éxito, de ponerse en pie, pero no era capaz, así que se entregó a tu destino, a ese que se le había revelado en sueños.

Al poco, los dos hombres llegaron hasta el borde mismo del agujero y lo miraron con desprecio.

—Dale cristiana sepultura —dijo Morfeus con expresión sombría—. Ya no se puede hacer nada por su alma.

—¿Qué pasa con el códice? —preguntó Anselmo.

—Ha entrado con él en la cripta, de eso estamos seguros.

Posiblemente lo ha escondido en alguno de estos condenados pasillos.

No importa, cuando mañana sea nombrado abad de Valbruma, ordenaré que la cripta sea clausurada debido a que existe riesgo de derrumbe por su estado.

Más adelante, ya tendremos tiempo de venir a buscar el libro.

Dictada su sentencia, el clérigo de nariz aguileña ofreció su anillo para que el otro lo besara con devoción.

—Como ordenéis, «abate» Morfeus —dijo este arrodillándose.

Ambos sonrieron. Después, Morfeus de Orfack, prior de la abadía de Valbruma, se alejó arrastrando los pies mientras su secuaz comenzaba a lanzar paladas de tierra en el agujero.

Toda resistencia por parte de Elian solo sirvió para que sus exiguas fuerzas se consumieran pronto.

Para cuando su cuerpo quedó cubierto por completo, ya había perdido la consciencia.

No hubo lápida para él. No hubo epitafio en el que dijera: «Aquí yace Elian Lysander. Poeta. Vidente. Mártir».

Su recuerdo y su nombre quedaron olvidados entre toneladas de polvo y piedra…

Hasta setenta años después.