20
PAOLO
La ira
El silencio en la habitación del ático estaba lleno de ruidos, pero la mayoría de ellos habitaban en la cabeza de Paolo.
Sentía todavía el aroma de la carne asada, su indescriptible sabor, los sonidos guturales mientras la devoraba con sus propias manos…
Pero también podía percibir el olor a cuero quemado del cuaderno mientras se retorcía entre las llamas.
Y, sobre todo, aún era capaz de proyectar en su mente el botón de nácar convertido en un objeto quebrado y deforme.
El muchacho permanecía inmóvil en su camastro, con la mirada fija en el techo, donde las sombras de la madrugada dibujaban formas caprichosas.
Había saciado su hambre física, pero el precio pagado le quemaba más que las llamas.
El botón de nácar, su único vínculo con el mundo de fuera, y el cuaderno donde anotaba sus decesos y sus deudas, ya no existían.
Se había quedado sin pasado. Se había quedado sin voz.
Cuando el cansancio finalmente venció a la vigilia, el sueño no le trajo descanso, sino un serie de sueños, a cuál más perturbador, que lo castigaron sin descanso durante toda la noche.
En la neblina de su subconsciente apareció una figura.
Al principio era solo una mancha borrosa, pero Paolo supo de inmediato quién era.
Nadia. O al menos, la idea de Nadia que él conservaba en las costuras de su memoria.
Ella no gritaba ni lloraba. Estaba de pie frente a él, envuelta en un hábito que parecía hecho de humo, con una expresión de decepción tan profunda que resultaba insoportable.
Sostenía entre sus manos un cuaderno idéntico al que el padre Azariel había arrojado al fuego.
Con una parsimonia aterradora, abrió la página del «debe» y escribió algo con una caligrafía que Paolo reconoció como propia.
Luego, le entregó el objeto antes de empezar a desvanecerse.
Paolo intentó alcanzarla, gritar su nombre, pero la voz se había quedado atrapada en su garganta.
Antes de que ella desapareciera por completo, él bajó la vista al papel.
En el centro de la página, escrita con trazos firmes y negros, había una frase lapidaria:
Valgo menos que un trozo de carne. Ahora ya no tienes nada que reclamar.
Paolo despertó bañado en un sudor frío que se le pegaba a la piel como una mortaja.
El corazón le golpeaba las costillas con una violencia que no conocía.
No era miedo, sino algo distinto, desconocido hasta ahora para él, pero tan real como incómodo.
Una sensación que nacía en el estómago y subía por su esófago hasta dejarle en la boca un sabor amargo.
Aunque todavía no fuera consciente, era el germen de una ira que no tenía idea de cómo gestionar.
Se sentó en el borde de la cama y sintió que el cuerpo entero le temblaba. Había algo más, sin embargo, que ya le crecía dentro y para lo que sí tenía nombre.
Culpa.
La culpa por haber elegido el alimento por encima de sus recuerdos lo asfixiaba.
También vergüenza.
La vergüenza por el cuaderno devorado y por el botón.
No obstante, en el momento en que el rostro de su mentor se dibujó en su mente, esa rabia que había amanecido con él, comenzó a tender raíces en todo su ser. Porque el padre Azariel lo había obligado a elegir.
Pero, sobre todo, sentía un odio abismal hacia sí mismo por haber fallado. Por haber demostrado que, en el fondo, su voluntad no era más fuerte que su apetito animal.
No gritó. No rompió nada. Se vistió con la misma disciplina militar de todas las mañanas, pero cada movimiento era una lucha contra la rigidez de sus propios músculos. La ira era interna, contenida, una vibración constante que amenazaba con romperle los huesos desde dentro.
Cuando salió al patio, el Padre Azariel ya lo esperaba junto al leñero.
El mentor no hizo mención alguna a los acontecimientos de la noche anterior.
Su rostro era una superficie de cristal, sin aristas, sin emociones.
No buscaba el perdón de su siervo, ni tampoco su sumisión activa; buscaba vaciarlo de su propio yo para convertirlo en otra cosa, a su medida.
—Hay que reponer el almacén para el invierno, Paolo —dijo el cura con esa voz plana que parecía absorber todo el calor del entorno—. Empieza con los troncos de la loma este. Es un trabajo que requiere equilibrio y paciencia.
Paolo asintió sin levantar la vista. Se dirigió hacia la pinada que rodeaba la finca y que formaba parte de la propiedad y comenzó a cargar la leña.
El peso de los troncos sobre su hombro era una distracción necesaria.
Cada paso que daba sobre la tierra húmeda era un intento de aplastar esa rabia cada vez mayor que le latía en las sienes.
Cargó una pila, luego otra. El sudor le escocía en los ojos, pero él no se detenía.
Necesitaba que el dolor físico superara al dolor moral.
Sin embargo, el chico estaba al límite.
Hacia el mediodía, mientras transportaba una carga excesiva hacia el almacén, sintió que el mundo se desenfocaba. El peso de la madera no era nada comparado con el peso de la traición a su propia memoria. De repente, se detuvo en seco en mitad del patio.
Dejó caer la leña. El sonido de los troncos golpeando el suelo resonó como un eco en la espesura de la pinada. Paolo se desplomó de rodillas, con las manos hundidas en el barro. No fue un acto de rebeldía física contra su mentor. Fue un colapso del sistema.
Rompió a llorar de pura rabia. Eran sollozos secos, violentos, que le sacudían el pecho.
Golpeó el suelo con los puños, una y otra vez, hasta que sus nudillos empezaron a sangrar.
No gritaba ni pedía clemencia. La violencia era contra sí mismo, contra su debilidad, contra el siervo en el que se estaba convirtiendo y que ya no era capaz de reconocerse en el espejo.
El Padre Azariel se acercó con paso lento.
Se detuvo a tres metros de él y permaneció inmóvil, observando el estallido emocional con la curiosidad de un entomólogo que estudia la agonía de un insecto.
No intervino. No lo detuvo. Solo medía la profundidad de la caída.
Sabía que la ira era la última barrera antes de la entrega total.
Cuando Paolo estuvo lo suficientemente roto, cuando su respiración se volvió un estertor agotado y el barro cubrió sus manos heridas, el mentor hizo algo inesperado.
Caminó hacia la gran puerta de hierro que cerraba la finca.
Aquella puerta que Paolo solo había visto abrirse para el paso de vehículos oficiales o suministros.
La misma que había atravesado tres veces en toda su vida: cuando llegó por primera vez, cuando salió camino de Santa Rosalía y, unos días antes, cuando el padre Azariel lo trajo de vuelta.
El sacerdote la abrió de par en par. El chirrido de los goznes metálicos cortó el aire como un lamento. Luego se hizo a un lado.
En ningún momento miró a Paolo. No lo invitó a salir. No lo empujó. Simplemente se quedó de pie junto al umbral y pronunció una frase breve, seca, devastadora:
—Puedes marcharte, Paolo.
El muchacho levantó la cabeza. El barro y las lágrimas le nublaban la vista, pero pudo ver el camino de tierra que se perdía en el horizonte, más allá de los muros de la finca.
Por primera vez en años, el mundo de fuera estaba a su alcance.
Podía correr. Podía huir de la disciplina del despojo, de la frialdad de su mentor, del vacío de su celda.
Miró alternativamente al cura y el espacio abierto que quedaba a un lado y otro de la verja de hierro sin terminar de decidirse.
Aquí la libertad no era un regalo. Era un arma quirúrgica diseñada para extirpar lo que quedaba de voluntad propia.
Se puso en pie con dificultad. Se acercó a la puerta, paso a paso, como si caminara sobre cristales rotos. Se detuvo frente al umbral. La ira le decía que corriera hasta que sus pulmones estallaran. El miedo le decía que fuera no había nada para él.
Miró sus manos ensangrentadas y pensó en el botón que ya no existía.
Pensó en el cuaderno convertido en humo.
Pensó en Nadia, cuya imagen en el sueño había sido la de la decepción absoluta.
Si cruzaba esa puerta, ¿adónde iría? ¿A quién buscaría?
El mentor le había enseñado con éxito la lección más amarga de todas: que nada le pertenecía ya.
Ni sus recuerdos, ni su nombre, ni siquiera su propia hambre.
Paolo comprendió en ese instante, con una claridad terrorífica, que ya no sabía quién era sin el Padre Azariel. Sin la finca, solo era un vacío con forma humana.
Dio un paso atrás. Retrocedió desde el umbral hacia el interior del patio. Con un movimiento lento, casi solemne, puso la mano sobre el hierro frío de la puerta y la cerró. El sonido del cerrojo encajando fue el final de la historia de Paolo como individuo.
Ese gesto de sumisión silenciosa era más poderoso que cualquier castigo físico.
El Padre Azariel se acercó finalmente. Como siempre, no había triunfo en sus ojos, ni alegría. Solo la satisfacción de quien comprueba que sus cálculos han sido correctos.
—La ira te empujaba a huir, Paolo —sentenció el mentor—. Pero la verdad te ha obligado a quedarte.
Después, con una frialdad que helaba la sangre, continuó hablando.
—Si todavía hubiera algo para ti fuera de aquí, ya te habrías ido.
El muchacho no respondió. Se agachó, recogió el primer tronco que había dejado caer y se lo echó al hombro. No hubo alivio en su gesto, ni reconciliación. Solo trabajo. Solo silencio.
El incidente terminó con el sonido rítmico de los pasos de Paolo sobre el camino de piedra, retomando su tarea bajo la mirada impasible del padre Azariel.
La ira había sido absorbida por el sistema.
La libertad había sido ofrecida y rechazada.
El mentor había ganado la posesión absoluta del alma de su siervo.