19
VEGA un encendedor de gasolina Zippo, plateado y con el muelle vencido; un par de llaves oxidadas que ya no debían pertenecer a ninguna cerradura y un llavero de piel deshilachado con el logotipo borroso de un café de veinticuatro horas.
—Todo esto no es más que una vía muerta, Baker —dijo Sabrina, recostándose en la silla con un suspiro de agotamiento—.
Llevamos tres horas mirando basura. El Nokia ya hizo su trabajo llevándonos a la nave de Ferrocarril 14.
Buscar más aquí es como intentar leer en un libro al que le han arrancado las páginas.
—Por si todavía no te has enterado —replicó Vega sin dejar de mirar el ruinoso reloj—, me encantan las vías muertas.
—¿Aunque no conduzcan a ningún lado?
—Todas las vías conducen a algún sitio, aunque haya que bajarse del tren y continuar a pie.
—Siento decirte que esa metáfora es más bien pobre.
—Pues tendrás que conformarte con ella —murmuró la detective mientras jugueteaba con el reloj.
Sabrina se frotó los ojos. Su situación era precaria.
Investigar al margen de la División Criminal la privaba de los laboratorios de balística, de los analistas de datos y del respaldo legal que solía dar por sentado.
Cada paso fuera del protocolo la acercaba un poco más al final de su carrera cuando esta no había hecho más que empezar.
—Los efectos de Desmond no van a decirnos nada más, Vega —sentenció Sabrina, rompiendo el silencio—. Podemos pasarnos la noche mirando toda esa basura o podemos ir a preguntar a nuestros amigos de Medusa.
Vega Baker se frotó la nuca, donde el recuerdo del golpe en el hotel Semiramis aún latía como un aviso.
—Medusa no es una empresa de barrio, Sabrina. Es un muro de cristal. No van a abrirnos sus archivos porque se lo pidamos amablemente.
—Por eso no vamos a pedirlo amablemente.
A la mañana siguiente, la sede de Medusa Activos se alzaba frente a ellas como una declaración de intenciones arquitectónica.
Un edificio de acero y vidrio ahumado frente al Parque Central, en el distrito financiero.
La empresa sucesora de Edén había vuelto a dar vida a unas instalaciones que, durante muchos años, habían albergado las oficinas del Emporio Salvatore.
Cruzaron el vestíbulo bajo la mirada atenta de las cámaras de seguridad.
Sabrina caminaba con la espalda rígida, proyectando una autoridad que, en ese momento, carecía de respaldo oficial.
Vega, unos pasos por detrás, mantenía el rostro neutro, asumiendo su papel de observadora silenciosa.
En sus propias palabras, «se descubren más detalles cuanto más lejos se está».
Accedieron al ascensor y el aparato las dejó en la planta 38.
El ala este de Medusa Activos conservaba un aire de funcionalidad antigua que contrastaba con el resto del edificio.
Antes de llegar al despacho del gerente Diong, tuvieron que pasar por una pequeña zona de recepción donde el silencio parecía más denso de lo habitual.
Tras una mesa de madera sencilla, un hombre de unos cuarenta y tantos años escribía en un cuaderno.
Era de complexión muy delgada, casi enjuta, y vestía un traje oscuro que parecía quedarle un poco grande en el cuello.
No levantó la cabeza de inmediato; se tomó unos segundos para terminar lo que estaba haciendo y luego, con un movimiento breve, desplazó el bolígrafo hacia un lado para que quedara paralelo a su agenda.
Sabrina sintió una punzada de solidaridad con aquel tío extraño. Lo comprendía perfectamente. Ella misma sentía una obsesión enfermiza por el orden milimétrico.
—Subinspectora Metz. Señorita Baker —dijo, dejando escapar una tos discreta mientras les hacía un gesto hacia la puerta doble de nogal—. Pasen. El señor Diong les concederá diez minutos.
El gerente, un hombre de talla imponente ataviado con un traje de corte impecable y una sonrisa de manual de ventas, las recibió en una sala de reuniones que parecía una pecera de diseño. Las miró despacio, con condescendencia, primero a una y luego a la otra.
—Señoras, no recuerdo haber concertado ninguna cita con la División Criminal —dijo mientras consultaba una tablet con movimientos fluidos.
Sabrina no se sentó. Sacó su placa con un gesto seco y la dejó sobre la mesa de cristal, justo en el centro. El sonido metálico al golpear la superficie fue la primera grieta en la sonrisa del gerente.
—Esta no es una visita de cortesía, señor Diong —dijo la policía, bajando la voz lo justo para que sonara a amenaza—.
Venimos porque su empresa, bajo su antigua denominación de Edén, ha aparecido en una investigación que implica vínculos con organizaciones que ustedes preferirían no ver mencionadas en la prensa.
Diong parpadeó. Su sonrisa se congeló en una mueca profesional.
—Eso es imposible. Medusa es una empresa limpia. Realizamos auditorías externas anuales y…
—Nadie duda de su presente —intervino Vega, apoyando las manos en la mesa y acercándose lo suficiente como para que el gerente pudiera oler su aliento a dentífrico sabor fresa—.
Nos preocupa su pasado. Ese «pasado» que su actual directiva denunció ante las autoridades para lavar su imagen antes de la absorción.
Sabrina retomó el control de la puesta en escena que previamente habían pactado.
—Tenemos una línea de investigación abierta que apunta a una serie de activos inmobiliarios vinculados a la Iglesia.
Esos activos fueron utilizados para el blanqueo de capitales.
—Hizo una pausa dramática, observando cómo el gerente empezaba a tamborilear con los dedos—.
Si el nombre de Medusa aparece en el informe que entregaremos mañana al comisario, ya sabe lo que eso supondrá para su reputación en la próxima subasta del Banco Atlántico.
Según tengo entendido, es inminente, y a la prensa le encantará saber que debajo de la alfombra esconden algo más que polvo.
Diong tragó saliva. El sudor empezó a brillar en su frente bajo la luz de los halógenos.
—Ese asunto… —El gerente bajó la voz, mirando hacia la puerta acristalada de la sala—.
Fue un episodio lamentable. Un alto cargo de Edén, el señor Valenti, ya fallecido, se vio envuelto en una trama de malversación de donaciones eclesiásticas.
La empresa actuó con total transparencia y colaboró con la policía.
El propio Valenti y un obispo fueron a la cárcel y todo se resolvió sin mayores consecuencias.
—Diong hizo otra pausa para elegir sus últimas palabras—.
Sin embargo, preferiríamos que no se reabriera esa herida.
—Díganos el nombre de ese obispo que fue a la cárcel por ello —ordenó Sabrina, sacando su libreta de cuadros.
—Fue hace muchos años… —dijo Diong, buscando desesperadamente una salida que no existía.
—El nombre —insistió la subinspectora, apretando la placa contra el cristal.
—El padre Dominico. Dominico Bouzer. Era el encargado de gestionar las ayudas para la restauración de parroquias en barrios deprimidos. Un fraude de millones de liberios.
Dicho esto, Diong trató de recuperar la artificiosidad inicial, pero no le fue posible.
El sudor seguía en su frente y los nervios en sus manos.
Vega incluso habría sentido lástima por él si las circunstancias hubieran sido otras y si aquel hombre no fuera otro engranaje más de algo mucho más grande y más oscuro, a pesar de sus esfuerzos por parecer otra cosa.
Sabrina y la detective salieron del edificio con el nombre de aquel obispo quemando en la libreta. Subieron al ascensor y, por un momento, las dos permanecieron en silencio.
—¿A la prensa le encantará saber que debajo de la alfombra esconden algo más que polvo? —parafraseó Vega las palabras de la policía—. ¿En serio, Metz? Tú tampoco es que seas un hacha con las metáforas.
—Cállate, Baker —protestó Sabrina mientras anotaba algo más.
Una vez en el coche, la subinspectora no esperó a llegar a la División. Sacó su portátil oficial, conectó la red encriptada y, aprovechando sus credenciales, entró en la base de datos de Instituciones Penitenciarias.
—Dominico Bouzer —murmuró mientras tecleaba—. Condenado a quince años por fraude, falsedad documental y blanqueo de capitales. Salió de prisión hace tres meses por buena conducta y estado de salud precario. Trece años a la sombra.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Vega, mirando la pantalla del ordenador.
—Residencia Sacerdotal de San Judas Tadeo. En Balisne.
El barrio de Balisne era lo opuesto al distrito financiero.
Una zona humilde, de clase trabajadora que quedaba a las afueras de la capital.
Allí el aire olía a la humedad estancada en las paredes de ladrillo visto.
La residencia donde se ubicaba San Judas Tadeo era un edificio de tres plantas con rejas oxidadas y un jardín delantero donde la vegetación luchaba por sobrevivir al abandono.
Encontraron al padre Domenico en un patio interior, sentado en un banco de piedra frente a un estanque seco.
Era un hombre que parecía haber sido devorado por su propia ropa.
El cuello de la camisa le quedaba grande y sus manos, nudosas y manchadas por la edad, temblaban levemente sobre una manta de lana.
Al principio, el clérigo se mostró hostil.
—Ya pagué mi deuda —escupió con una voz que sonaba ronca y derrotada—. Trece años en una celda que olía peor que este patio. No tengo nada que decir a la policía.
—No venimos por el dinero de Edén, Monseñor —dijo Vega, sentándose a su lado con una calma que pareció desarmar al anciano—. Venimos por lo que no figura en el atestado de su juicio.
—¿Atestado dice? —El sacerdote soltó una carcajada amarga que derivó en una tos seca—.
Aquello fue una farsa. Yo solo era el que firmaba.
Un instrumento útil para que otros pudieran mover sus piezas sin mancharse los hábitos.
Me prometieron que no pasaría nada, que era caridad para la Iglesia.
Y cuando las cosas se torcieron, simplemente me dejaron caer.
—Sin embargo, todo parecía perfecto, ¿no? —insistió Sabrina, observándolo con atención forense—. Ellos limpiaban su basura y usted ayudaba a los más necesitados y, de paso, también a su propio bolsillo.
—¿Qué quiere que le diga? —El anciano miró a la subinspectora con una expresión que, más que cansancio, hablaba de abatimiento—. No me siento orgulloso de lo que hice pero entonces no lo veía así. Y probablemente habría seguido igual de ciego si no hubiera venido aquel tipo haciendo preguntas.
—¿Qué tipo?
—Andreas Morte. Un funcionario que trabajaba en los archivos vaticanos.
Estaba inmerso en una investigación que no tenía nada que ver con lo que Edén llevaba entre manos.
Él buscaba algo que llamaba «sustracciones temporales» o una cosa por el estilo.
La cuestión es que, de rebote y sin pretenderlo, destapó la trama y todo se acabó.
—¿Sustracciones temporales? —Vega se inclinó un poco más hacia delante, sintiendo un hormigueo en el estómago. De todo lo que había dicho el clérigo, esas dos palabras eran las que le habían llamado la atención.
—Eso decía sí, aunque no supe a qué se refería realmente. Morte era un historiador, una de esas personas que se pasa la vida encerrado en un sótano entre documentos antiguos y polvo.
—Ya. ¿Y no le dio ningún nombre? —terció Sabrina sin dejar de anotar en su libreta.
—Solo uno, pero no creo que les sirva de mucho.
—Pruebe a ver.
—El Archivista Fantasma. —Bouzer remarcó cada sílaba de manera teatral—. Un espectro que aparecía y desaparecía sin dejar rastro. Si quieren mi opinión, creo que ese chico no estaba bien después de tanto tiempo encerrado ahí abajo.
—Estuviera bien o no, usted acabó en prisión gracias a él —replicó Sabrina, no sin cierto retintín.
—Morte me usó. Descubrió mis cuentas fraudulentas en la constructora Edén mientras buscaba el rastro de esos vacíos en los archivos. Me entregó a la policía porque era su obligación. Entonces habría acabado con él con mis propias manos, que Dios me perdone, pero ahora solo puedo estarle agradecido.
El anciano cerró los ojos, agotado por el esfuerzo. El silencio regresó al patio, roto solo por el goteo de un grifo lejano.
Vega y Sabrina caminaron hacia el coche con una nueva dirección en mente. El caso de la factura de luz se había transformado en algo mucho más enrevesado. Su búsqueda de El Secretario había terminado conduciéndolas hasta un hombre que buscaba fantasmas.
—Andreas Morte —murmuró Sabrina mientras encendía el motor—. Un historiador episcopal que probablemente esté como una cabra.
—Eso no lo sabemos —protestó Vega, todavía con el cosquilleo en el estómago.
—Tampoco si esa vía nos va a ayudar en nuestra investigación.
—No, claro que no —concluyó Vega, mirando la bruma que empezaba a cubrir la calle—. Pero deberíamos hablar con él. No tenemos nada que perder.