18
EL SECRETARIO
La estancia estaba sumida en esa penumbra densa que solo el mobiliario de roble y las cortinas de terciopelo pesado pueden generar.
Lord Edward Lysander había preferido mantener apagadas las luces principales y solo una lamparilla baja que descansaba sobre el escritorio era suficiente para lo que estaba haciendo: asumir el fin de algo, aunque todavía no tuviera claro el qué.
Sus manos, nudosas pero aún firmes, guardaban en un maletín de cuero los últimos documentos diplomáticos y un puñado de joyas familiares.
También algunas prendas de ropa, aunque en este caso sin ningún criterio aparente.
Había urgencia en sus movimientos, había urgencia por salir de la casa cuanto antes.
El viento que se había levantado a media tarde aullaba con una cadencia monótona.
Se colaba por las escasas rendijas que el tiempo había abierto en los pesados ventanales de la casa palacio que Lord Edward Lysander había llamado hogar en algún punto de su vida, pero que ahora le parecía un mausoleo.
El aire en el despacho estaba saturado, como si el exdiplomático hubiera terminado por contagiar a cada objeto de la estancia de su propia inquietud.
La lámpara vibraba con un zumbido eléctrico que parecía marcar la cuenta atrás; las sombras en las esquinas se estiraban con una rigidez incómoda; incluso el suelo crujía bajo sus pasos, impaciente, como si quisiera empujarlo hacia la salida.
Lord Edward cerró el pequeño maletín de viaje. En el momento en que vio a Elian partir, se dejó embargar por una efímera sensación de tranquilidad, pero el desasosiego había vuelto y se manifestaba en el temblor de manos que no podía controlar.
La despedida había estado despojada de afecto visible, dictada por la urgencia de la supervivencia.
Con aquella decisión, Lord Edward había pretendido matar dos pájaros de un tiro: por un lado, asegurar la seguridad de su hijo.
Por otra, alejar aquel libro de él, ponerlo a salvo, esconderlo de quienes, hasta no hacía mucho, había considerado sus camaradas.
—Llévalo a la Abadía de Valbruma —le había susurrado a su hijo mientras le entregaba el bulto envuelto en seda—. Pregunta por Morpheus de Orfack, él te ayudará.
—Venga conmigo, padre. Podemos salvarnos los dos —le había rogado Elian con los ojos húmedos.
—Me temo que eso ya no es posible. Nuestros caminos deben separarse ahora.
—¿Por qué?
—Porque hay asuntos que están por encima de ti y de mí. Lo que ese libro esconde, por ejemplo.
—¿Cuándo volveremos a encontrarnos? —preguntó el poeta asumiendo las palabras de su padre.
—Muy pronto, hijo, te lo prometo.
Lord Edward le había mentido a su hijo con una naturalidad que había ido desarrollando con los años y que le había conferido la vida y su trabajo.
Pero faltar a la verdad delante de su hijo, hacerle promesas que, de eso estaba seguro, no iba a poder cumplir, provocó que algo se le rompiera por dentro.
Las circunstancias posteriores demostrarían que el diplomático no iba tan desencaminado.
El reencuentro entre los dos Lysander no tardaría en producirse.
Porque Lord Edward había creído tener aliados donde en realidad no los había.
Ese fue su último error.
Un error fatal.
Cogió el abrigo y el maletín y se dispuso a apagar la lámpara del escritorio.
Fue entonces cuando sintió su presencia.
No fue un ruido de cristales rotos ni el crujido de una madera vieja.
Fue un desplazamiento en la densidad del aire, como si la propia oscuridad del rincón se hubiera condensado en una forma humana.
—Una noche desagradable para emprender viaje —dijo una voz—. ¿No le parece, milord?
Era una voz despojada de aristas, plana, una voz que se imponía con absoluta naturalidad en aquella habitación.
Conteniendo a duras penas el escalofrío que aquella presencia le había provocado, Edward Lysander trató de mantener la calma. No se giró de inmediato. Su mano bajó lentamente hacia uno de los bolsillos del abrigo, donde descansaba su revólver.
—Llega usted tarde para el té —respondió el lord inglés, forzando una calma que sus pulmones empezaban a negarle—. Y ha entrado sin llamar. Supongo que los Custodes han perdido definitivamente los modales junto con su sentido de la discreción.
El hombre de gris dio un paso hacia el círculo de luz de la lámpara. Su rostro era de una neutralidad aterradora: no había odio, ni satisfacción, ni esa excitación que suelen mostrar los sicarios cuando tienen a la víctima a su merced.
—Usted confunde a los Custodes con la Institución, Lord Edward.
Es un error de perspectiva muy común en los hombres que pasan demasiado tiempo mirando el mapa y poco tiempo mirando el terreno —dijo el Secretario, observando con expresión fría el maletín—.
Aquellos a los que usted llama sus «socios» son solo una facción ruidosa.
Un pasivo que empieza a ser un problema.
—Tengo pruebas —dijo el diplomático con voz serena mientras se giraba al fin en dirección al intruso—. Nombres, cuentas, redes de influencia. He pasado años recopilando el rastro de su suciedad. Si me matan, el escándalo se hará público. Los Custodes están acabados.
El Secretario esbozó una sonrisa que no fue más que un movimiento mecánico de los labios.
—En eso estamos de acuerdo, milord. Los Custodes están siendo liquidados.
Sus miembros se han vuelto torpes, descuidados, ociosos.
Han olvidado que la organización nació de la necesidad y del sacrificio, no del confort .
Lo que levantaron los fundadores con disciplina y miedo a perderlo todo, ellos lo han convertido en un sillón heredado: blando, cómodo, sin memoria del esfuerzo que costó.
Ahora son solo un residuo y ya sabe qué hay que hacer con los residuos.
Lord Edward parpadeó, desconcertado. La mano que sostenía el revólver vaciló un milímetro.
—¿Si no viene a proteger a los Custodes, a qué ha venido?
—Vengo a por esas pruebas de las que hablaba. Vengo a por el Códex Execratio . Vengo a auditar el daño que lo que esconde ese libro puede causar si cae en manos de alguien que, como usted, cree que la información está para ser mostrada.
—Esa información, como dice, es la verdad —replicó Lysander—. Una verdad que ustedes han enterrado durante siglos.
—La verdad es solo materia prima, milord.
El valor real reside en cómo gestionarla —sentenció el Secretario, dando un paso más, acortando la distancia entre los dos—.
Usted se ha encariñado con algo que no le pertenece.
Eso lo convierte en un estorbo. Y los estorbos son pasivos que la Institución no puede permitirse mantener en su balance.
Lord Edward sintió que el frío de la sala se le metía en los huesos. El hombre frente a él no hablaba como un fanático religioso ni como un criminal común. Hablaba como un administrador, como un simple contable. Y eso lo hacía todavía más perturbador.
—No lo tendrá —dijo el exdiplomático mientras deslizaba con sutileza la mano en el bolsillo del abrigo hasta dar con la culata del arma—. El manuscrito ya no está en esta casa. Está de camino a un lugar donde su organización no tiene jurisdicción.
—No hay lugar en el mundo donde la Institución no tenga jurisdicción —respondió el Secretario con una calma glacial—. Dígame dónde está y permitiré que su hijo viva para ver el amanecer. Elian es joven; su nombre todavía puede ser borrado de mi lista.
Lysander sostuvo la mirada del hombre de gris. Pensó en Elian, en su huida desesperada hacia Valbruma, y la enorme responsabilidad que le había trasladado al hacerlo custodio del Códex Execratio . Una punzada de orgullo aristocrático le endureció el gesto.
—No voy a decirle nada. Puede matarme, pero no comprará mi traición.
El Secretario no se inmutó. No hubo rastro de ira ni de frustración en sus ojos neutros. Se limitó a observar a Lord Edward como quien contempla una cifra errónea en una columna que está a punto de ser tachada.
—No importa —dijo con indiferencia—. Terminaré encontrándolo de todos modos. La Institución tiene paciencia y los hombres como su hijo siempre dejan un rastro que es muy fácil de seguir. Su silencio solo es un retraso administrativo, milord, no un impedimento.
Fue entonces cuando lord Edward, superado por la frialdad de aquel sujeto, perdió los estribos. Sacó el revólver del bolsillo y disparó.
El estruendo del disparo resonó en el despacho, rompiendo el cristal de uno de los ventanales situado justo detrás de donde el Secretario estaba parado un segundo antes. Pero la bala no lo encontró a él.
El hombre de gris ya no estaba allí. Se había deslizado como el fantasma que era, una capacidad de desplazamiento que Lysander no había podido procesar.
Fue un movimiento fluido, una corrección de posición que aprovechó la propia inercia del diplomático.
Antes de que lord Edward pudiera amartillar el arma por segunda vez, sintió una presión quirúrgica en su cuello y un golpe seco que le vació los pulmones.
El exdiplomático cayó sobre la alfombra de su despacho. La respiración se volvió un estertor húmedo mientras miraba hacia el techo artesonado. Hubo un último conato de lucha antes de que sus ojos se quedaran vacíos y su cuerpo inmóvil.
El Secretario se tomó un momento para observar a su víctima. No había sentimiento alguno en su mirada, solo la fría satisfacción de quien ha cumplido con su deber. Se arrodilló junto al cadáver y le dedicó una oración mínima.
—Su vida ha dejado de ser rentable, milord. Gracias por su servicio.
Poco después, El Secretario abandonaba la casa palacio Lysander por la puerta de servicio, dejando atrás el cadáver de Lord Edward en el suelo de su despacho.
No se detuvo a registrar la vivienda; la obstinación del diplomático le había confirmado que lo que buscaba ya no estaba entre aquellos muros, sino en manos de su hijo.
Al subir al coche negro que lo aguardaba en un callejón trasero, se acomodó en el asiento y cerró los ojos por un instante.
No necesitaba mapas ni confesiones forzadas para saber que la caza acababa de empezar.
Mientras el motor arrancaba con un ronroneo casi imperceptible, el hombre de gris esbozó una sonrisa satisfecha. Sentía que el hilo que lo unía al manuscrito se tensaba al fin y tenía la absoluta certeza de que el Códice estaba cada vez más cerca.