Origen (La monja detective 3) 17
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PAOLO

La avaricia

La noche en la finca no traía el descanso, sino una versión más densa y oscura de la vigilia.

El frío no era una simple bajada de temperatura; era una presencia física que se filtraba por las rendijas de las contraventanas de madera, recorría los pasillos de piedra como una corriente invisible y terminaba por instalarse en los huesos de Paolo.

A sus quince años, el muchacho había aprendido que el calor era un lujo que el Padre Azariel dosificaba con la misma precisión con la que revisaba las cuentas de la propiedad.

La jornada al fin había terminado y Paolo caminaba por el pasillo hacia el salón principal, haciéndose a la idea de ser testigo de cómo el cura disfrutaba de una sabrosa cena pero, sobre todo, para deglutir su ración diaria de avena.

Sus pasos, amortiguados por la moqueta desvaída del pasillo, apenas producían sonido.

Se sentía ligero, pero no de una forma agradable, sino con la ligereza de lo que se está evaporando.

Llevaba diez días alimentándose exclusivamente de aquella papilla de avena aguada, gris y sin sal, que el mentor le entregaba al caer la noche.

Al principio, el hambre había sido un rugido constante en su estómago, una distracción que le impedía concentrarse en las tareas de archivo y clasificación.

Ahora, esa sensación se había transformado en una neblina mental, una fatiga crónica que hacía que sus extremidades pesaran como el plomo y que su capacidad de razonamiento se viera reducida a lo inmediato.

Al entrar en el salón, la visión del fuego lo golpeó como un impacto físico.

De normal, la chimenea estaba apagada y el cura solo ordenaba encenderla en las noches más gélidas del invierno.

Pero ese día no. Ese día las llamas, anaranjadas y vivas, danzaban en el hogar de piedra, proyectando sombras alargadas que se retorcían en las paredes como espectros que intentaran escapar del calor.

Hacía meses que Paolo no sentía el efecto balsámico de un fuego de esa magnitud, así que lo acogió como la dulce caricia de una madre a la que no había conocido.

Con todo, algo en su interior le hizo tensarse al momento.

Desde su vuelta a la finca, cada vez que se producía una anomalía, y aquella chimenea encendida lo era, él terminaba pagando las consecuencias.

Con ese convencimiento agitándole el alma, se detuvo en el umbral, parpadeando, con los ojos irritados por el contraste de la luz.

El Padre Azariel estaba allí, sentado en su sillón de orejas forrado en cuero oscuro.

No leía, no escribía; simplemente esperaba.

Su figura, recortada contra el resplandor del fuego, parecía tallada en la misma roca que los cimientos de la casa.

Frente a él, sobre una mesa baja de madera de roble, había dos tapas de metal que esperaban bajo la luz vacilante.

Sin mediar palabra, el cura se puso en pie y fue hasta la chimenea. Se calentó brevemente las manos y luego sacó la llave. Abrió la caja y extrajo de ella el botón de nácar que Nadia le regalara al muchacho. Luego la depositó con mimo en la mesa, junto a las dos tapas.

—Acércate, Paolo —dijo el padre Azariel. Su voz, carente de cualquier rastro de calidez, no le sirvió al chico para intuir siquiera las intenciones del clérigo.

Con todo obedeció a su mentor. A medida que se aproximaba a la mesa, el aroma lo alcanzó.

Y en cuanto el cura levantó la primera de las tapas, aquello se convirtió en una agresión sensorial absoluta.

Debajo había un plato de porcelana y, sobre él, descansaba un corte generoso de carne asada, roja en su centro, con la costra exterior dorada y brillante por la grasa fundida.

Había hierbas aromáticas desprendiendo un vaho que le hizo salivar de forma violenta, un espasmo instintivo que no pudo controlar.

Después de diez días de avena rancia, el olor de la carne era casi insoportable.

El padre Azariel levantó la otra tapa para dejar al descubierto un objeto que Paolo conocía bien: su cuaderno de piel.

Era su posesión más valiosa desde un punto de vista intelectual.

En sus páginas, el muchacho había volcado su método de clasificación, sus listas de activos y pasivos, sus diagramas sobre el orden del caos y cada lección que había extraído de su vida en compañía del cura.

Ese cuaderno no era solo papel; era la estructura de su mente, el mapa de la persona en la que se estaba convirtiendo

En el centro había quedado el botón de nácar.

Aquel pequeño círculo blanco, rescatado de un pasado que el cura se empeñaba en borrar, era el último hilo de realidad que lo conectaba con la novicia.

En las noches de frío extremo en el ático, Paolo apretaba su puño imaginando que todavía estaba en su poder y no en aquella caja metálica de la chimenea.

Y cada vez que había pasado a su lado o había tenido que tragar esa pasta inmunda que le daban de cenar, le había dedicado un vistazo furtivo que se había limitado a eso.

—Hoy probaremos tu sentido de la propiedad —anunció Azariel, señalando la mesa con un dedo largo y huesudo—. Tienes tres elementos frente a ti. Representan tu cuerpo, tu memoria y tu identidad. Elige uno solo, Paolo. Los otros dos dejarán de ser tuyos para siempre.

El muchacho sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No había prisa en el salón; el tiempo se había estancado entre las llamas y las paredes de piedra. Azariel no tenía una vela que consumir hoy, ni un cronómetro. El límite, en esta ocasión, no era el tiempo, sino la resistencia de su voluntad.

Paolo miró el cuaderno. Si lo perdía, perdía parte de su identidad.

El método era lo que le permitía sobrevivir a la frialdad de su mentor; si su lógica desaparecía, ¿qué quedaría de él salvo un recipiente vacío?

Luego miró el botón. Era Nadia. Era la única prueba de que alguna vez había amado a alguien, de que no siempre había sido una pieza en una maquinaria cruel.

Pero el hambre… El hambre era un animal famélico que vivía dentro de él y que acababa de ver la salida de su jaula.

El vaho de la carne asada nublaba su juicio.

Sus vísceras se contrajeron en un calambre doloroso.

Sus ojos, hundidos por el ayuno, no podían apartarse del brillo de la grasa sobre el plato.

Intentó recordar el rostro de Nadia, pero la imagen le resultó extraña, sustituida por la textura de la carne.

—La avaricia, Paolo, es la incapacidad de renunciar a lo que crees que te define —continuó el cura, como si leyera el debate interno que despedazaba al chico—. No lo podemos tener todo. Tú tampoco, así que elige.

Tras un último conato de resistencia, el animal que vivía en su interior decidió por él.

Fue un movimiento súbito, desprovisto de elegancia o de cualquier respeto a las mínimas normas exigidas.

Paolo se lanzó sobre la mesa. No hubo reflexión, no hubo lamentos para el cuaderno ni para el recuerdo de Nadia.

El instinto animal, el deseo primario de supervivencia, se impuso sobre cualquier estructura lógica.

Se abalanzó sobre el plato. Ignoró los cubiertos.

Hundió los dedos en la carne caliente, quemándose las yemas, pero no le importó.

Se llevó los trozos a la boca con una desesperación febril, engullendo más que masticando, tragando con ruidos guturales.

El sabor era tan intenso que por un momento sintió náuseas, pero siguió comiendo.

Se manchó la cara y las manos de sangre y grasa, convertido en una criatura que solo entendía de saciedad.

En aquel momento, el mundo se reducía al diámetro del plato.

Nadia era un nombre sin sentido.

El método, una abstracción inútil.

Azariel permaneció inmóvil. No había asco en su mirada, solo la fijeza gélida de un evaluador que comprueba complacido cómo su alumno ha superado la prueba.

A pesar de las formas, en ningún momento se interpuso ni recriminó al muchacho.

Simplemente esperó a que terminara, a que se quedara mirando el plato vacío con la respiración entrecortada y el corazón latiendo con fuerza contra las costillas.

El silencio que siguió al banquete fue más doloroso que el frío del exterior.

Paolo, con las manos temblorosas y sucias, miró hacia arriba.

El arrepentimiento llegó como una bofetada de realidad.

El botón y el cuaderno seguían allí, pero ya no le pertenecían.

Había firmado el contrato de su propia pérdida.

El padre Azariel se puso en pie. Con un movimiento lento y ceremonial, recogió el botón de nácar y el cuaderno de piel. Paolo intentó decir algo, pero su garganta, todavía impregnada por el sabor de la carne y de la grasa, no emitió sonido alguno.

El sacerdote se acercó a la chimenea. Sin apartar la vista de Paolo, arrojó ambos objetos al fuego.

El cuaderno fue lo primero en arder. El cuero se retorció, ennegreciéndose bajo el abrazo de las llamas, y las páginas —donde Paolo había depositado su identidad y su orden— se convirtieron en volutas de ceniza blanca que se fueron elevando para desaparecer camino del cielo nocturno.

El botón de nácar, la última reliquia de su amor por Nadia, cayó entre las brasas y cedió al calor: su brillo se apagó, la superficie crujió y se deformó, y las vetas iridiscentes se quebraron antes de quedar sepultadas bajo el rojo vivo, como una estrella que pierde su luz.

Paolo sintió una punzada de dolor físico, un desgarro en el centro de su pecho que ninguna comida podría calmar. Se llevó la mano al estómago, que ahora se sentía lleno y pesado, que le recordaba su traición.

—La avaricia no es querer más, Paolo —sentenció el padre Azariel con expresión solemne—. La avaricia es creer que algo te pertenece.

Luego se detuvo frente al chico y lo obligó a levantar la mirada poniendo uno de los dedos huesudos en su barbilla.

—Has elegido la carne porque, después de todo, no eres más que un ser humano, con sus dudas y debilidades.

Has preferido saciar el hambre de hoy a cambio de tu identidad de ayer.

Ahora mira el fuego. Tus recuerdos y tu lógica arden con la misma facilidad con la que la carne se consume.

Nada te pertenece, muchacho. Ni ella, ni tu método, ni yo. Ni siquiera tu propia hambre.

El cura se dio la vuelta, con su hábito negro ondeando al aire.

—Un siervo que se cree dueño de lo que custodia es un siervo que ha fallado. El poder no emana de lo que posees, sino de lo que eres capaz de dejar arder sin que tu pulso tiemble. Hasta que no estés vacío de ti mismo, no estarás listo para la tarea que te espera.

Paolo se quedó solo frente a la chimenea, observando las últimas chispas del cuaderno que se extinguían.

El golpe no había sido lógico, ni siquiera físico; había sido un vaciado existencial.

Al elegir el instinto, se había dado cuenta de que lo que él consideraba fundamental —su pasado y su mente— era lo más fácil de destruir.

Esa noche, el chico comprendió que la mayor deuda que podía contraer no era con el dinero ni con el hambre, sino con el vacío que ahora, irremediablemente, ocupaba el lugar de su alma.