Origen (La monja detective 3) 16
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VEGA ni a moho, ni a humedad, ni a rastro humano. Era el vacío absoluto.

Encendieron las linternas, dirigiendo el haz de luz hacia el suelo. La pátina de polvo alfombraba cada rincón de aquella nave. No había huellas visibles por ningún lado, lo que confirmaba que nadie había entrado en aquel lugar desde hacía mucho tiempo.

—Aquí no hay nada —observó Sabrina, tratando de disimular su decepción.

En efecto. No había muebles, ni expedientes, ni rastro de que allí hubiera operado una oficina administrativa. El Secretario no dejaba huellas, bien lo sabían las dos. Sin embargo, Vega se detuvo en el centro de la estancia principal. Su linterna iluminó una puerta que había al fondo de la nave.

—Mira eso.

Manteniendo las debidas precauciones, se acercaron apuntando con las linternas. En efecto, al otro lado de la puerta parecía haber algo más. El paso de los años había provocado que estuviera atrancada y tuvieran que aunar fuerzas para hacer que cediera.

Se encontraron con una pequeña estancia, de planta cuadrada, sin ventanas ni salida aparente.

Tampoco en aquel lugar encontraron nada más que un corcho en la pared del que colgaban varios papeles amarillentos y retorcidos.

Mientras Vega volvía a la nave, Sabrina dedicó unos minutos a analizar cada uno de aquellos papeles.

Se encontró de todo, desde el menú de una pizzería cercana que ya no existía, hasta un par de entradas para un espectáculo musical.

Sin embargo, lo que le llamó la atención, fue un puñado de facturas, sujetas con una chincheta al corcho. Las pasó una a una. Había pagos de todo tipo, pero el membrete de una hizo que se detuviera un momento.

Gestiones y construcciones Edén.

El nombre de aquella empresa le sonaba. Había salido en un par de ocasiones mientras investigaba un caso de corrupción atribuido a Santos y Márquez.

Buscó en su móvil apuntes que iba guardando por si le hacían falta hasta que encontró el correcto.

De inmediato, salió de la pequeña sala y fue al encuentro de Vega.

—Creo que tengo algo —le dijo mientras le mostraba el papel.

—Una factura de suministro de electricidad. ¿Y qué?

—La empresa suministradora, Gestiones y construcciones Edén, no era en realidad lo que decía ser.

—¿Estás hablando de una empresa pantalla?

—Estoy hablando precisamente de eso —le confirmó Sabrina—.

Era la constructora que gestionaba la rehabilitación de inmuebles del patrimonio eclesiástico.

Hace unos años, si no recuerdo mal, se produjo un escándalo fiscal.

Han borrado el nombre administrativo, pero el recibo de la luz sigue vinculado al activo físico.

—Sin embargo, intuyo por tus palabras que esa empresa ya no existe.

—No con esa denominación. Ya sabes cómo funciona esto: cuando a la medusa le cortas un tentáculo, le crece otro.

—Es decir, que esa empresa se ha reinventado.

—Más o menos. Algunos de sus ejecutivos más importantes acabaron en prisión, pero los que consiguieron escapar fundaron una nueva.

—Cuyo nombre es…

—Medusa, precisamente.

Vega asintió complacida y guardó la factura en su bolsillo.

No había archivos muertos, ni carpetas con nombres, pero tenían un hilo del que tirar: una sociedad limitada que seguramente servía de escudo para movimientos de dudosa naturaleza.

Ignoraba si ese camino las conduciría hasta El Secretario, pero algo era.

—Vámonos —dijo la detective—. Aquí ya no hay nada que hacer… Y mañana nos espera una interesante visita a cierta empresa eléctrica.

Dos horas después, la atmósfera de tensión industrial había sido sustituida por el calor de un salón privado.

Vega se encontraba en el apartamento de Argus.

El aroma de un vino tinto de cuerpo intenso llenaba el espacio, y la luz de las velas suavizaba las facciones del Subdirector General de Operaciones Especiales, que terminaba de servir dos platos de pasta humeante.

Argus se sentó frente a ella. Por primera vez en días, no vestía su traje pulcramente planchado ni la corbata impecable. Parecía relajado, pero sus ojos mantenían esa agudeza que lo hacía letal en un interrogatorio.

—Estás muy callada desde que has llegado, Vega —dijo, tomando su copa—. Me pregunto si hay algo más importante que nuestra cita de esta noche a lo que tengas que darle vueltas.

—Lo cierto es que no —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. En estos momentos, solo hay una persona que requiere mi atención.

El policía sonrió y bebió un sorbo de vino. Se dispusieron a cenar y la conversación fue distendida, casi fluida. El trabajo quedó una vez más a un lado. Al menos, hasta que Argus, sin venir a cuento, dejó caer un comentario en apariencia inocente.

—Es curioso. Esta tarde me llegó un informe rutinario de la seguridad privada del distrito ferroviario.

Un salto de alarma silenciosa en un almacén propiedad de una antigua constructora en quiebra.

Dicen que no se llevaron nada. Que el intruso fue tan limpio que parecía que supiera dónde no pisar. Como si fuera un fantasma.

Vega sintió un leve cosquilleo en la nuca. Argus estaba marcando el territorio.

—A veces los fantasmas solo buscan a otros fantasmas, Argus —replicó ella con una sonrisa mínima—. No debería preocuparte si no hay denuncia, ¿verdad? Al fin y al cabo, la propiedad privada es sagrada, pero el silencio lo es más.

Argus se inclinó hacia delante, cruzando los brazos sobre la mesa. No había reproche en su mirada, solo un pacto implícito entre dos personas que se conocían demasiado bien.

—Sé que estás investigando por tu cuenta, Vega. Y sé que Sabrina Metz está contigo, lo cual me costó creer al principio, pero supongo que compartís intereses comunes.

El policía miró a su novia pero esta no hizo intención de réplica.

—Mi trabajo oficial es deteneros si cruzáis la línea —continuó Argus sin dejar de mirarla—, pero mi instinto me dice que estáis tocando algo que se aproxima a la verdad… Eso y que tratar de pararte es como intentar contener un huracán.

El policía hizo una pausa en la que los dos intercambiaron una sonrisa cómplice.

—Solo te pido una cosa —Argus cambió la expresión a una más seria.

—Dime.

—No te conviertas en el próximo cadáver de un hotel o en el siguiente nombre de un archivo que alguien tenga que limpiar. Si necesitas una red de seguridad, aquí la tienes. Pero no me mientas.

Vega estiró la mano sobre la mesa y rozó los dedos de Argus. Era un gesto de afecto, pero también una tregua.

—No te miento. Solo estoy aprendiendo a vivir con lo que no encaja.

Aquella noche, mientras sentía el calor del cuerpo desnudo de Argus junto a ella en la cama, Vega comprendió que él siempre estaba ahí, que siempre lo estaría, velando por su seguridad. Debería molestarle, de sobra sabía él que era una mujer autosuficiente, pero no lo hizo.

Argus le había hablado del riesgo de traspasar ciertas líneas y no podía estar más de acuerdo. Encontraría a El Secretario, Ferenc merecía que lo hiciera, pero, por primera vez en su vida, antepondría sus sentimientos a su sentido de la justicia.

Porque el hombre que dormía tranquilamente a su lado, lo merecía.

Lo que sentía por él lo merecía.