Origen (La monja detective 3) 15
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EL SECRETARIO

La lluvia torrencial caída durante toda la jornada había convertido el valle en un inmenso sumidero de barro y desesperación.

Setenta mil almas se apretujaban bajo un cielo de plomo, empapadas hasta los huesos, esperando que el sol dictara una sentencia que la tierra les negaba.

Había un sonido constante, un murmullo de rosarios que se mezclaba con el chapoteo de los pies en el lodo, creando una salmodia que para cualquier otro rozaría el misticismo.

Para él no.

Para aquel peregrino de ropajes grises, ese sonido solo representaba el ruido de una creencia que todavía estaba por valorar.

Él no miraba al cielo buscando a la Virgen; miraba a la masa humana ponderando la trascendencia que el supuesto milagro podía tener sobre la Institución. Cómo podía perjudicarla o beneficiarla… O incluso quedar en nada.

Se movía entre la multitud con una invisibilidad técnica, un talento que la Institución había ido perfeccionando durante siglos. Su rostro no era memorable, su ropa no tenía distintivos y su presencia no era significativa para ninguno de los presentes.

Era, en esencia, un administrador de la fe enviado para tasar la veracidad de un fenómeno que amenazaba con desestabilizar la gestión de la información en el continente. Y él se valía de la información, era su forma de vida.

Por eso estaba allí.

Se fijó en un grupo de campesinos que caían de rodillas con respetuosa reverencia. El Secretario añadiría que enfermiza, pero no estaba allí para emitir juicios. En tiempos convulsos, los humanos se abrazan a la fe y, si esta viene bien servida y lleva como guarnición un milagro, mucho mejor.

Se acercó al lugar donde los tres pastores permanecían bajo la encina.

Lucía, Francisco y Jacinta. Tres niños que, en su analfabetismo, custodiaban un secreto que el Vaticano aún no sabía cómo procesar.

De la misma forma que sabía que la información era el patrimonio más valioso de la Institución, El Secretario también tenía claro que el silencio era su caja fuerte más segura.

Se detuvo a unos pocos metros. Los niños parecían frágiles, rodeados de una marea de devoción que amenazaba con aplastarlos. Entonces ocurrió algo que lo pilló por sorpresa. Sus ojos se cruzaron con los de la pequeña Jacinta, apenas una mocosa delgada de ojos grandes y expresión seria.

En ese instante, una parte de su interior se agrietó.

Jacinta lo miraba con una pureza que le devolvió un reflejo prohibido.

Por un segundo, la lluvia que caía con rabia desapareció.

Ya no estaba en Cova da Iria; estaba en una habitación fría, años atrás, sosteniendo la mano de una niña cuya piel se había vuelto gris a causa de la polio.

Recordó el peso de su hermana pequeña, el olor de las sábanas limpias que precedía a la muerte, y la sensación de una pérdida que había enterrado tan abajo que ni siquiera creía, en ese momento, que perteneciera a una vida pasada que tampoco se le antojaba ya suya.

Fue una punzada de nostalgia, un residuo de humanidad que no debería haber sobrevivido.

El Secretario sintió el calor de una lágrima antes de que el frío la detuviera.

Se quedó paralizado, con el corazón latiendo a una velocidad que no recordaba.

Había hecho de la serenidad una virtud y ahora era incapaz de contener sus latidos.

Jacinta, como si pudiera ver el desorden en su alma, le dedicó una sonrisa mínima.

Se obligó a cerrar los ojos. Trató de reordenarse, de recobrar la compostura perdida. Aquel recuerdo intruso no tenía cabida en su alma, ya no. Estaba allí por un propósito y ese propósito no tenía nada que ver con sentimentalismos baratos.

Cuando volvió a abrir los ojos, la sombra de su hermana había sido archivada de nuevo en el sótano de su memoria.

Volvía a ser el Secretario.

Volvía a ser simplemente un engranaje.

Una vez se sintió recuperado, se acercó un paso más, aprovechando un movimiento de la multitud.

Captó un fragmento del mensaje oral que Lucía susurraba a Jacinta: algo sobre el final de la guerra, sobre Rusia, sobre un castigo que la Administración Celestial tenía previsto.

Fue suficiente. No necesitaba un documento físico para saber que la Institución debía intervenir en las sombras para gestionar el impacto de ese «secreto» antes de que los cauces oficiales lo contaminaran con su dogma.

Cumplida la misión, se retiró. No se quedó a ver el baile del sol. Mientras miles gritaban que el astro se precipitaba sobre ellos, él ya caminaba hacia la salida del valle con una decisión tomada: su breve momento de debilidad requería de un escarmiento apropiado.

Horas después, en la soledad de una pensión barata en las afueras de Ourém, el Secretario se preparaba para pagar su deuda.

Afuera un perro aullaba en la distancia mientras la lluvia seguía golpeando con fuerza el cristal de la ventana.

El Secretario extrajo el cinturón de cuero de las trabillas del pantalón y se puso de rodillas.

Se desnudó hasta la cintura frente a un espejo picado que apenas le devolvía su silueta.

Su espalda era un mapa de cicatrices antiguas, de los tiempos en los que estaba convencido de que solo el castigo lo haría fuerte.

Heridas cerradas que servían de recordatorio por cada vez que el hombre había fallado al Secretario.

—La Institución no entiende de almas débiles —dijo en voz baja, y su voz no tembló—. La debilidad tiene sus consecuencias.

Dicho esto, tomó el cinturón apretando con fuerza y comenzó a descargarlo sobre su espalda.

El primer golpe fue por la distracción. El dolor restalló contra su piel, expulsando la imagen de la niña de Fátima. El cuerpo se tensó, pero él se obligó a permanecer consciente, a controlar el dolor con la misma frialdad con la que gestionaba un libro de cuentas.

El segundo golpe fue por la vulnerabilidad.

Recordó la cara de su hermana y el cinturón descendió de nuevo, rasgando la piel y la memoria al mismo tiempo.

La sangre empezó a correr, caliente y real, manchando el suelo de la pensión.

Para él, aquello no era masoquismo ni misticismo; era limpieza administrativa.

El tercer golpe fue por la presunción de existencia. Al permitir que la mirada de Jacinta encontrara un reflejo de humanidad en sus ojos, el hombre de gris había cometido la mayor de las traiciones: actuar como un individuo con pasado en lugar de como un eslabón del Silencio.

El dolor físico debía extinguir cualquier rastro de voluntad propia hasta que solo quedara el Secretario, el receptáculo vacío que la Institución exigía.

Se azotó hasta que el sudor y la sangre le impidieron sostener su improvisado flagelo. Solo entonces, exhausto, se desplomó sobre el suelo frío. Permaneció allí, escuchando los latidos de su propio corazón, transformando el dolor en un apunte contable que había quedado saldado.

Con piernas temblorosas, se metió en la ducha y dejó que el agua fría corriera durante largo rato. No sintió ningún alivio, todo lo contrario, pero esa era la idea: sufrir, recordar, nunca desfallecer, nunca dudar.

Mientras el sol de Fátima se ocultaba definitivamente, el hombre de gris comprendió que el verdadero milagro no era que el sol bailara, sino que él hubiera sido capaz de arrancarse un trozo de alma para que la Institución siguiera siendo perfecta.

La cadena de sucesión seguía intacta.

El Silencio seguía protegido.