14
PAOLO
La pereza
En la habitación del ático hacía un frío que, primero atravesaba las paredes y el techo y luego se colaba a través de las mantas. Paolo buscaba un calor que en verdad no existía. Apenas conseguía conciliar el sueño un rato antes de que comenzaran a tiritarle los dientes otra vez.
La luz del amanecer no traía mayor consuelo; solo suponía el comienzo de un nuevo día de aprendizaje e infierno.
Cuando no aguantaba más, el muchacho se ponía en pie y se acercaba a la ventana.
La vegetación que rodeaba la finca quedaba oculta por la bruma de la mañana.
En apariencia, no parecía haber nada, pero en realidad había más allá un mundo entero al que había tenido que renunciar.
Un mundo del que Nadia formaba parte.
Por más que se esforzaba, cada día le costaba más recordar su rostro. Sus ojos, sus formas, su piel, se iban desdibujando en su mente hasta convertirse en algo difuso, como la bruma que se extendía por todos lados.
Se estaba preparando para la nueva jornada de trabajo cuando la puerta se abrió de repente y apareció el padre Azariel. Traía consigo una caja grande de madera y una expresión que Paolo no fue capaz de descifrar, circunstancia que casi le inquietó más que la repentina llegada del sacerdote.
—Hoy trabajaremos aquí —anunció el cura mientras dedicaba una mirada al conjunto de la estancia.
Paolo se quedó con las ganas de preguntar. Sabía que era mejor no hacerlo, que lo más prudente era esperar las instrucciones que, a buen seguro, el sacerdote estaba a punto de compartir con él.
El padre Azariel depositó la caja sobre la mesa.
Luego, fue sacando, uno a uno, los objetos que contenía: varios recipientes de cartón, una vela y un saco de lona que volcó sobre la superficie de madera.
De su interior brotó un caos de objetos heterogéneos que chocaron los unos con los otros con un estrépito metálico y seco: herramientas oxidadas, trozos de madera tallada, tornillos de métricas dispares, piedras de río, utensilios de cocina descascarillados, pequeños frascos de vidrio vacío, cuerdas anudadas y llaves antiguas en un estado lamentable.
Paolo observó aquel heterogéneo montón de objetos. Su mente, entrenada para clasificar el mundo según sus características, empezó a trazar líneas invisibles de orden.
El cura encendió la vela y la colocó a un lado, donde la llama proyectaba una sombra alargada sobre el muro.
—Me fijé en ti porque eras capaz de dar orden al caos —dijo el mentor con una voz que carecía de inflexión—. Demuéstrame que todavía eres capaz. Tienes de tiempo hasta que la vela se consuma. O hasta que el caos te consuma a ti.
A continuación, el padre Azariel se retiró a la esquina más oscura del ático, convirtiéndose en un observador invisible, en el auditor de un proceso que, de eso el cura tenía pleno convencimiento, estaba a punto de fracturar la lógica del muchacho.
Paolo se sentó sin dedicar ni una mirada a la vela. Su atención se centraba ya en aquel batiburrillo de cosas. La mano derecha se movió de forma mecánica, innata. Parecía actuar por intuición, pero era la lógica la que lo impulsaba.
La clasificación comenzó por lo obvio: el material de que estaban hechos.
A un lado, el metal frío de los tornillos y las llaves; al otro, la porosidad de la piedra y el grano áspero de la madera.
El sonido rítmico del metal chocando contra el fondo de las cajas de cartón se convirtió en el único metrónomo de la estancia.
Paolo no se permitía dudar. Cada objeto pasaba por sus dedos y era asignado a un destino.
Después, refinó el criterio: la función para la que habían sido fabricados.
Las llaves y los tornillos se separaron.
Las cuerdas fueron enrolladas y clasificadas por su grosor.
Los frascos de vidrio quedaron alineados según su capacidad volumétrica.
Su mente trabajaba como una hoja de cálculo, limpia y eficiente.
Sentía una satisfacción apenas perceptible al ver cómo el montón central disminuía, cómo el desorden era devorado por la cuadrícula de su método.
Pero entonces, sus dedos tropezaron con aquel objeto.
Era una pieza pequeña, de una textura que desafiaba la clasificación inmediata. No era metal, ni piedra, ni madera. Parecía un fragmento de algo más grande, un trozo de porcelana blanca que conservaba la curva de un ojo humano pintado con una precisión real, aterradora.
El muchacho trató de controlar su desconcierto. No era una herramienta, no tenía utilidad mecánica, no encajaba en los frascos ni guardaba relación con las cuerdas.
Lo sostuvo entre el pulgar y el índice mientras lo observaba con detenimiento. Era una anomalía. Un resto de humanidad que su sistema deductivo no había previsto.
Intentó forzarlo. Lo colocó en la caja del material inorgánico, junto a las piedras de río.
No encajaba; la porcelana era una manufactura, un «pasivo» emocional que rompía la naturalidad de los guijarros.
Por su borde afilado y curvo, pensó en clasificarlo como un puntero para trabajos de precisión sobre papel.
Pero era una conclusión estéril; la extrema fragilidad de la cerámica lo convertía en un objeto nulo para cualquier propósito técnico.
Su única naturaleza era ser un fragmento de una mirada.
Por primera vez desde que había iniciado la tarea, le dedicó un momento a la vela. Había descendido unos centímetros y la cera empezaba a desbordarse, dejando un dibujo inconcluso sobre la madera.
Paolo sintió el primer síntoma de fractura: el calor. El aire en el ático, antes helado, parecía haber ganado densidad. El chico vació dos de las cajas y empezó de nuevo. Cambió las categorías. Forma. Peso. Origen. Insistió una y otra vez.
Nada funcionaba.
El fragmento del ojo de porcelana parecía observarlo desde la mesa, burlándose de su rigidez. Si el mundo podía ser organizado, ¿por qué aquel trozo de rostro no encontraba su lugar en el libro diario de su mente?
El método, que hasta entonces había sido su armadura, empezó a asfixiarlo.
Paolo reorganizó los tornillos con violencia, las manos le temblaban y el sudor nacía en la nuca y bajaba por la espalda, dejándole un escalofrío.
Sus dedos, antes precisos, se volvieron torpes.
Una llave se le escurrió de las manos y cayó al suelo, produciendo un sonido que para Paolo sonó a fracaso anticipado.
La vela agonizaba. El calor en el ático era ahora una presión física en sus sienes. Su lógica no alcanzaba la respuesta porque el objeto no era un dato; era una interrupción. Una piedra en el zapato de la que no conseguía librarse.
Cuando la mecha se hundió en el charco de cera y la luz se extinguió, Paolo dejó caer los hombros. Se quedó inmóvil, con la cabeza baja, rodeado de cajas que, por primera vez, las sentía llenas de errores en lugar de aciertos.
Se rindió al silencio.
El padre Azariel salió de las sombras como el espectro que era a veces. El muchacho no sintió su presencia hasta que notó su aliento sobre la nuca aún sudada. Su voz llegó desde el vacío, fría y cortante.
—La pereza no es dejar de trabajar, Paolo —dijo el mentor, y sus palabras se quedaron suspendidas en el vacío de la estancia—. La pereza es abandonarse cuando el mundo no se ajusta a tu orden.
Paolo no se movió. Sentía el peso del fragmento de porcelana en su bolsillo, donde lo había escondido en un último gesto desesperado de ocultar lo que no podía clasificar.
—Has intentado doblar la realidad para que quepa en tus cajas —continuó Azariel—. Te has vuelto perezoso al confiar solo en lo que ya sabías. Si quieres triunfar en la misión que nos ha sido encomendada, tendrás que aprender a vivir con lo que no encaja.
El sacerdote se acercó a la mesa y recogió las cajas con un movimiento fluido. El muchacho seguía con la mirada en el suelo.
—Tu mente se ha vuelto perezosa. Ahora solo quiere ver lo que ya conoce. Si el mundo te devuelve la mirada con una forma nueva, tu deber no es cerrar los ojos, sino adaptarte a las nuevas circunstancias.
Al fin, Paolo se atrevió a levantar la mirada y se encontró con la del sacerdote. Quiso buscar en ella un resquicio de humanidad, de comprensión aunque fuera, pero en aquellos ojos no había nada más que vacío.
—La frustración es tu castigo hoy —continuó el padre Azariel, ajeno a los pensamientos del muchacho—.
La reconstrucción de tu lógica será tu tarea mañana.
Aprende a gestionar el silencio tanto como los números.
Porque al final, el mundo que nos espera se sostiene sobre aquello que el resto prefiere ignorar.
Luego, el cura salió de la habitación del ático, dejando a Paolo solo con su derrota.
También con el pequeño ojo de porcelana, todavía en el bolsillo.
Aquella mañana, el chico comprendió que la mayor deuda que podía contraer no era con el dinero o la comida, sino con un sistema de pensamiento que ahora, irremediablemente, se había roto para dejar paso a algo mucho más oscuro.