13
VEGA sabes que siempre podrás contar conmigo, pero fuiste tú la que querías ser autosuficiente y me parece bien.
Vega asintió en silencio. Sí, ella había sido la que había tomado la decisión de depender lo menos posible de Conrad.
Y sí, aunque nunca se hubiera atrevido a decirlo en voz alta, era como un padre para ella.
Un padre que estaba ahí y del que apenas había necesitado su ayuda económica desde que abriera su agencia de detectives.
Hasta el momento, no había contado con casos glamurosos y sus investigaciones se habían centrado en intentos de estafa al seguro e infidelidades, pero le daba para mantener una posición decente.
Pero luego recibió la llamada de sor Eloísa y, desde entonces, todo se había torcido.
Primero, los Custodes. Después, ese origen del que no se había preocupado hasta hacía apenas unos meses.
Finalmente, El Secretario, ese fantasma cuya única misión, al parecer, era amargarle la existencia.
Sentía que era su obligación encontrarlo como también encontrar a ese padre que podía estar en cualquier parte.
Querría que fuera de otra manera, querría hacer caso a los consejos de Conrad, pero no podía.
La búsqueda del primero se la debía a Ferenc.
La del segundo, se la debía a sí misma.
Vega se tragó su orgullo herido y le dejó a Conrad una sutil caricia en la mejilla. Luego se alejó del mostrador y se acercó a la escalera donde estaba la chica. Se detuvo un momento, observando cómo movía el plumero con una concentración que ocultaba su fragilidad.
—¿Cómo estás, Talía? —le preguntó en voz baja.
La joven bajó un par de peldaños y la miró con esos ojos que todavía guardaban cierto recelo tras lo sucedido meses atrás.
—Bien, Vega. Estoy bien.
—Siento tenerte tan descuidada últimamente —añadió la detective con una sinceridad que le pesó en la garganta—. Esto se está complicando más de lo que esperaba.
—No pasa nada —dijo Talía forzando una sonrisa mínima. Luego, volvió a su tarea.
Vega la observó un segundo más y sintió una punzada que no sabía bien cómo catalogar.
—Pronto —murmuró antes de encaminarse hacia la escalera de caracol que conducía a su oficina. Se sentó frente a su escritorio, abrió el portátil y tecleó el nombre que Juárez le había dado: Oficina de Administración de Bienes Temporales.
Buscó en el registro de entidades eclesiásticas, en el directorio mercantil y en las bases de datos de fundaciones sin ánimo de lucro.
Nada.
No figuraba ninguna oficina con ese nombre, ni en los registros actuales ni tampoco en los de 2005 o anteriores. Era como si el organismo hubiera sido borrado de la existencia legal, convirtiéndose en una entidad zombi.
Por un momento, tras hablar con el prestamista, se había hecho la vana ilusión de estar un poco más cerca de El Secretario. Ahora comprobaba, con enorme decepción, que su sombra era más escurridiza de lo que había pensado.
Tenía un nombre pomposo y el testimonio de un sicario borracho. Poco más. Cerró el ordenador, se reclinó en la butaca y cerró los ojos por unos segundos. Trató de dejar la mente en blanco pero en lugar de eso se le apareció el rostro inexpresivo de Sabrina Metz.
Asió con fuerza la cruz que colgaba de su cuello e hizo lo que nunca hacía: rezar a su manera para que la subinspectora tuviera más suerte en sus pesquisas.
Mientras tanto, en la División Criminal, Sabrina operaba con una cautela quirúrgica.
Si el comisario o cualquiera de sus compañeros llegaba a sospechar qué estaba investigando, tendría un problema.
Últimamente, las relaciones con Operaciones Especiales estaban tensas y no quería ser ella quien aportara más fricción.
Y aquella investigación furtiva sobre un caso que técnicamente ya no era de su competencia, podía caldear los ánimos un poco más.
Como si lo hubiera invocado, el comisario pasó junto a su mesa, deteniéndose apenas un segundo con un informe en la mano.
En un movimiento hábil y preciso, Sabrina minimizó la ventana que tenía abierta y en la pantalla solo quedó una foto de sus tres gatos.
Ramírez observó la imagen un momento sin prestarle realmente atención.
—Metz, ¿cómo va lo del robo en el almacén de San Telmo? —preguntó de forma distraída—. Los de logística están presionando por el inventario.
—Cotejando los tiempos de las cámaras, comisario. Hay un desfase de diez minutos que no me cuadra, pero mañana lo tendrá cerrado —mintió Sabrina con una naturalidad profesional.
—Bien. No te distraigas con asuntos que no nos competen —le advirtió Ramírez antes de alejarse hacia su despacho.
Desde que le habían retirado el caso Murdoch, Sabrina había regresado a su rutina habitual.
Trabajo burocrático sobre todo. Por eso, cuando Ramírez le ofreció aquella investigación menor, lo aceptó sin rechistar nada más para poder regresar a la calle.
Pero luego había recibido la llamada de Vega Baker, su encuentro en el café, su propuesta, y San Telmo, el almacén y todos los ladrones de la ciudad habían quedado en un segundo plano.
En cuanto se quedó sola, Sabrina se sumergió en los archivos restringidos de 2005. Solo tenía un nombre sólido del pasado: Mateo Desmond, alias «El Chapas». Era el paso lógico: rastrear al hombre que Juárez había mencionado como un posible testigo que había estado en contacto con El Secretario.
La búsqueda en la base de datos arrojó resultados inmediatos.
Desmond había sido un sicario de alto nivel vinculado, muy probablemente, a los oscuros negocios de Ernesto Dietrich.
Sabrina localizó una fotografía de una reunión social de 2004 en la finca de Fernando Nicola, uno de los grandes terratenientes del departamento de Alitera.
En el fondo de la imagen, un paso por detrás de Dietrich y de otros hombres poderosos del País, aparecía Desmond jugueteando con el tapón de una botella.
Sabrina rastreó el nombre de Dietrich solo para confirmar lo que ya sospechaba: el magnate había fallecido años atrás en un accidente tras una persecución policial. Ese hilo, por tanto, no servía de gran cosa.
También el de Desmond se cortaba de golpe, en marzo de 2005.
Sabrina abrió el atestado de defunción fechado apenas unos días después del incidente del furgón.
Mateo Desmond apareció muerto en un callejón detrás de una vieja galería comercial.
La causa oficial registrada por el forense: ataque al corazón.
Sin embargo, al observar las fotos del levantamiento, algo la inquietó: la expresión de absoluta impotencia en el rostro del sicario, una rigidez que no encajaba con un sueño eterno.
Un infarto suele dejar un rostro de dolor o sorpresa, pero esto parecía una estatua de terror.
Buscó la firma del forense que había llevado a cabo la autopsia de Desmond.
Se trataba del doctor Arrieta. Lo conocía bien, se había retirado hacía un par de años y siempre se había portado bien con ella.
El forense le cogió el teléfono al segundo tono, como si estuviera esperando su llamada, como si en verdad estuviera esperando a que cualquiera lo hiciese.
—Recuerdo el caso, sí —le dijo Arrieta en cuanto Sabrina lo puso en antecedentes. —Más que nada porque había cosas que no me terminaron de encajar.
—Sin embargo, en la autopsia dice que Desmond murió por un infarto.
—Verá, subinspectora, aquello era un caos entonces —confesó el forense al otro lado de la línea—.
En 2005 el País se caía a pedazos. Teníamos morgues saturadas y órdenes de no buscar problemas donde no los había.
Y el cadáver de Desmond no lo era. Quiero decir que no hubo denuncia ni requerimiento por parte de ningún familiar.
El informe dice infarto porque los síntomas externos —fallo respiratorio y cianosis— coincidían.
—¿Y por qué dice que no le encajaba?
—Siempre me quedó la espina de la succinilcolina —aclaró el forense bajando la voz, como si temiera que alguien pudiera escucharlo—.
Es un bloqueador neuromuscular. Paraliza el cuerpo pero deja la mente intacta.
Mueres asfixiado siendo plenamente consciente, pero en la sangre desaparece a los pocos minutos.
Es el arma perfecta para alguien que quiere un cadáver «limpio».
Cuando el doctor Arrieta colgó. Sabrina decidió bajar a la sala de efectos personales.
Tras identificarse, solicitó la caja del expediente de Desmond.
Entre un encendedor Zippo, un llavero y un reloj barato, encontró un Nokia 3310 de carcasa azul gastada.
Estaba apagado y la batería, por supuesto, muerta.
Subió de nuevo a la oficina buscando un cargador compatible. Preguntó a varios compañeros, pero la mayoría solo portaba cables USB-C.
—¿Un cargador de punta gorda para un Nokia? —se burló un agente—. Metz, ¿en qué siglo vives?
En lugar de contestar a la burla, la subinspectora giró sobre sí misma y recorrió el pasillo que conducía a los despachos principales. Al fondo se encontraba el del inspector Leandro Lake. Lo encontró oculto tras una montaña de informes sobre avistamientos de OVNIs y redes de espionaje satelital.
—Lake, necesito un cargador de Nokia antiguo —dijo Sabrina.
Leandro levantó la vista con suspicacia, ajustándose las gafas.
—Yo uso un 3310, Metz. Es el único teléfono que el Gobierno en la Sombra no puede rastrear mediante señales de frecuencia 5G. Los smartphones son dispositivos de control mental, ¿no lo sabías?
—Claro, inspector. ¿Me prestas el cargador?
—Solo si me aseguras que no lo vas a conectar a la red eléctrica general sin un filtro de interferencias.
Sabrina asintió con seguridad, como si supiera de lo que le estaba hablando.
Cogió el cargador y regresó a su mesa. Tras unos minutos, el Nokia cobró vida con su icónica melodía.
No había mensajes, pero en la carpeta de «Borradores», Desmond había dejado dos notas.
En la una, se podía leer una dirección y un apunte:
Calle del Ferrocarril 14. Coche negro.
En la otra, un nombre que para la subinspectora no tenía ningún sentido:
El Resguardo .
Desechando por el momento la segunda nota, Sabrina prefirió centrarse en la primera, fundamentalmente porque esa sí le decía algo.
Y no solo por la referencia al coche negro del que había hablado Juárez.
Ferrocarril 14 pertenecía a un polígono industrial medio abandonado cerca de la estación de carga.
Lo conocía bien. Sacó su teléfono personal y marcó el número de Vega.
—Baker, tengo una dirección —dijo en cuanto la detective respondió—. Creo que ya sabemos dónde buscar.