Origen (La monja detective 3) 12
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EL SECRETARIO

El estruendo de los cañones de la artillería piamontesa hacía vibrar los cristales de la Ciudad Eterna, pero para el hombre que cruzaba el patio del Palacio Apostólico, aquel estrépito no era más que una señal de que debía llegar lo más pronto posible, de que debía cumplir su cometido antes de que todo se viniera abajo.

Roma estaba a punto de caer ante las tropas de Víctor Manuel II, y con ella, siglos de soberanía territorial del Papa. Sin embargo, mientras los cardenales quemaban documentos y los nobles huían hacia sus villas, El Secretario se aseguraba de que el patrimonio de las sombras no cambiara de manos.

Se deslizó entre soportales y corredores, se coló por una puerta que alguien había dejado abierta a propósito y llegó hasta una vieja cripta que no era tal.

En ella se conservaban decenas de documentos, registros de propiedad y los secretos de las familias que ahora deberían servir a la nueva Italia... y también a la Institución.

Afuera, el estruendo de la pólvora llenaba de caos las calles de la ciudad.

Dentro, las vidrieras retumbaban y amenazaban con estallar en mil pedazos.

El Secretario sabía que debía darse prisa, así que esta vez, en lugar de copiar o seleccionar, se limitó a llevarse lo que consideró más importante.

Luego, salió con su discreción habitual.

Quiso desandar el camino pero no pudo. Un grupo de hombres, fusil en mano, controlaban ya la zona. Retrocedió despacio y se vio obligado a buscar un callejón aledaño. No ofrecía muchas garantías pero tenía claro que esa era su única vía de escape.

Aferraba la bolsa de cuero bajo el brazo, sintiendo el peso del Libro Negro contra sus costillas.

Al cruzar el umbral lateral que daba a la calle, el caos lo golpeó de frente.

Una turba de asaltantes, una mezcla de revolucionarios e incendiarios oportunistas, lo acorraló en el callejón estrecho.

Lo vieron vestido con un traje gris, de apariencia inofensiva, y supusieron que portaba el oro que los clérigos no habían podido esconder.

—¡Entréganos la bolsa, cuervo! —gritó uno de ellos, blandiendo un cuchillo de cocina.

El Secretario no retrocedió. Su mente, entrenada para el cálculo, evaluaba la situación, no como un peligro vital, sino como una interrupción en el flujo de la administración.

Antes de que el primer asaltante diera un paso, una figura vestida de azul, rojo y amarillo surgió de un portal cercano.

El acero de una alabarda brilló bajo la luz mortecina de los incendios.

—¡Atrás, escoria! —rugió un guardia suizo, joven y de hombros anchos.

La intervención fue rápida y violenta. El guardia, cuya lealtad era tan sólida como los muros del Vaticano, dispersó a los agresores con la eficacia de quien sabe que su mundo está terminando.

Sin mediar palabra, tomó al Secretario del brazo y lo arrastró por un laberinto de callejuelas hasta alcanzar un edificio abandonado en el Trastevere.

El interior de la estancia era un refugio de piedra y polvo.

El aire estaba estático, denso por la cal suspendida de los techos desconchados, como si el tiempo se hubiera detenido antes de que la descomposición pudiera entrar.

El guardia atrancó la puerta con una viga de madera y se dejó caer contra la pared, exhausto.

—Estamos a salvo aquí, señor —dijo, quitándose el casco. Tenía el rostro sudado y los ojos llenos de una devoción febril—. Soy Stefan. No permitiré que esos perros pongan sus manos sobre el patrimonio de la Iglesia.

El Secretario se sentó sobre una caja de madera y evaluó a su salvador. Se jactaba de conocer bien a las personas y aquel soldado, fuera una buena persona o no, contaba con una virtud mayor que la bondad: la lealtad ciega hacia una institución ahora mismo en entredicho.

Podía confiar en él o, más bien, no le quedaba otra que confiar en él.

Como gesto de buena voluntad, sacó de su bolsa un mendrugo de pan seco y lo partió en dos, ofreciéndole la mitad al soldado. Stefan lo aceptó con gratitud, devorándolo con la urgencia del que no ha comido en días. El Secretario, en cambio, masticaba con una serenidad mecánica, casi artificial.

—Es usted un hombre de gran entereza —murmuró Stefan, admirado—. Muchos estarían temblando ahora mismo.

—Debo decir que las emociones son un lujo que no me puedo permitir —respondió El Secretario con voz neutra—.

Soy una persona de gustos sencillos. No necesito más que un techo donde cobijarme por la noche y un mendrugo de pan para la cena.

Lo que importa no es lo que yo necesite, sino lo que necesita el mundo.

—¿Y, según usted, qué necesita el mundo ahora mismo?

—La certeza de que, pase lo que pase, no llegará a desmoronarse del todo.

—¿Eso es lo que hace usted? —volvió a preguntar el soldado claramente interesado en el rumbo de la conversación—. ¿Asegurarse de que no se vaya todo a la mierda?

—Si te dijera lo que hago —le aseguró El Secretario dedicándole una sonrisa displicente—, luego tendría que matarte.

Stefan sonrió. Le caía bien aquel hombre gris que hablaba de la Iglesia como si fuera una oficina de seguros.

En la penumbra de la sala, iluminada solo por el lejano resplandor de los incendios que se filtraba por las grietas, compartieron un silencio que casi parecía camaradería.

El guardia se relajó, convencido de haber cumplido con su deber al proteger a un alto funcionario del que ni siquiera sabía el nombre.

Poco antes del amanecer, cuando el ruido de la batalla se había convertido en un eco lejano y las primeras luces comenzaban a insinuarse, El Secretario se puso en pie. Stefan dormitaba, sentado en el suelo con la cabeza apoyada en las rodillas.

Lo observó durante un segundo. En verdad, el joven guardia le caía bien. Había demostrado una lealtad impecable y una eficacia digna de registro. Sin embargo, Stefan había visto su rostro y eso era más de lo que había conseguido la mayoría.

Para la Institución, la lealtad de un individuo era un activo; su conocimiento, un riesgo. Y los riesgos deben liquidarse antes de que se conviertan en deudas.

Con la misma calma con la que anotabas cifras en el Libro Negro, El Secretario extrajo la cuchilla fina de su manga.

No hubo odio, ni siquiera arrepentimiento.

El corte fue quirúrgico, un gesto rápido de derecha a izquierda en el silencio absoluto de la estancia.

Stefan apenas se movió; su vida se extinguió con la misma discreción con la que un documento se archiva en el fondo de una caja fuerte.

El Secretario limpió la hoja en el uniforme del guardia, cerró su bolsa de cuero y salió a las calles solitarias de Roma.

El sol empezaba a iluminar las ruinas del poder terrenal del Papa, pero él ya caminaba hacia el siguiente siglo.

La Institución no había muerto con el Estado Pontificio; simplemente se había mudado a los archivos de los supervivientes, administrando una espera que siempre terminaba por darle la razón.