Origen (La monja detective 3) 11
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PAOLO

La gula

La noche en la habitación de la azotea no parecía tener fin. Para Paolo, el tiempo dejó de ser una medida lineal para convertirse en una sucesión de latidos sordos y una sed que le transformó la garganta en algo seco y áspero que ya no parecía pertenecerle.

Cada vez que cerraba los ojos, el brillo del agua en la jarra que no podía tocar se proyectaba en el revés de sus párpados como un espejismo cruel.

A pocos metros, la presencia inmóvil de Florence, la muchacha desnuda, era un recordatorio constante de su castigo, pero pronto el deseo desapareció, devorado por una necesidad mucho más primaria: la supervivencia.

Luchó contra el impulso de gatear hacia la mesa en mitad de la oscuridad.

Sus dedos se clavaban en las baldosas frías de la estancia, buscando en el tacto del mármol un anclaje que le impidiera claudicar.

Sabía que, si bebía un solo sorbo, si mordía un trozo de aquel pan, el Padre Azariel lo castigaría de una manera todavía más horrenda.

Cuando el cansancio y la falta de sueño le hacían delirar por momentos, se imaginaba dando un mordisco que luego trataría de disimular, o mojaría apenas un poco sus labios cuarteados.

Pero si no lo traicionaba la chica, el cura lo sabría de todos modos.

Ignoraba cómo, pero estaba convencido de que aquel hombre era capaz de controlar hasta el aire que entraba en sus pulmones.

Cuando el primer rayo de sol filtró su luz grisácea por el ventanuco, Paolo estaba exhausto, pero seco.

En algún momento de la madrugada el sueño había terminado por ganarle la batalla.

Florence ya no estaba en la estancia cuando abrió los ojos; se había marchado con el mismo silencio espectral con el que había aparecido.

El agua y la comida seguían allí, intactos.

Pero el miedo al padre Azariel también continuaba en la habitación.

Al cabo de un rato, la puerta se abrió con un chasquido metálico.

El sacerdote entró luciendo una pulcritud que resultaba insultante frente al estado deplorable del muchacho.

Su rostro estaba relajado, desprovisto de cualquier rastro de la severidad del día anterior.

Actuaba como si la tortura sensorial de la noche a la que lo había sometido nunca hubiera ocurrido.

—El cuerpo es un ente caprichoso, Paolo —dijo el padre Azariel, observándolo desde arriba—.

Si le das lo que pide cuando lo pide, terminas siendo su esclavo.

Y si queremos cumplir con la misión que nos ha sido encomendada, no podemos ser esclavos de la carne, sino administradores de nuestra propia voluntad.

El cura se acercó a la mesa junto a la ventana.

Vertió agua en el vaso y se lo entregó a Paolo con un gesto que pretendía ser misericordioso.

Paolo bebió con una urgencia animal, sintiendo el frío del líquido recorriendo su pecho, pero cuando fue a alcanzar el pan, la mano de Azariel lo detuvo con una presión gélida sobre la muñeca.

—Esta noche has aprendido a controlar la lujuria. Estoy muy satisfecho, debo decírtelo. Pero todavía nos queda mucho camino por recorrer y no podemos detenernos ahora en cumplidos que no conducen a nada.

El muchacho trató de alzarse pero las piernas le temblaban, así que el sacerdote le tendió una mano y lo ayudó a ponerse en pie.

—Ahora eres un pecador. ¿Entiendes lo que eso significa?

Paolo asintió despacio. Lo cierto es que no tenía ni idea, de la misma forma que no creía haber pecado. En su opinión, la única falta cometida era haber amado y, ¿no era eso lo que decía el profeta?

Amaos los unos a los otros.

—Ahora nos dedicaremos al pecado de la gula —continuó el padre Azariel, ajeno a los pensamientos del muchacho—.

A partir de este momento, solo dispondrás de una comida al día.

Te sentarás a mi mesa al llegar la noche, y solo después de haber cumplido con todas tus obligaciones.

El hambre es el silencio del estómago; aprende a escuchar lo que tiene que decirte.

Paolo volvió a asentir y tampoco en esta ocasión tuvo claras las palabras del cura. En lo único en lo que podía pensar era en que tenía hambre, que no probaría bocado en todo el día y que la jornada de trabajo se le iba a hacer tan larga o más que la noche anterior en la habitación del ático.

Como había previsto, el día se convirtió en un desierto de horas vacías y tareas mecánicas.

El padre Azariel lo obligó a trabajar en el archivo de la planta baja, clasificando fichas de propiedades y registros de deudas que databan de décadas atrás.

Paolo sentía el rugido voraz de sus tripas, un dolor agudo que le oprimía el diafragma y le nublaba la vista.

Cada número que anotaba parecía bailar sobre el papel, pero ese miedo cerval que el clérigo le inspiraba le hacía sacar fuerzas de donde no las tenía. Sabía que un error en la caligrafía o un momento de flaqueza significarían el regreso al látigo o algo peor: la decepción de su mentor.

Al llegar la noche, fue conducido al gran salón de la villa.

El espacio era vasto y austero, iluminado únicamente por el parpadeo de media docena de velas que proyectaban sombras alargadas contra las paredes desnudas.

En el centro del salón se alzaba una mesa de roble, tan larga que los extremos parecían pertenecer a habitaciones distintas.

El padre Azariel ya se sentaba en la cabecera. En cuanto Paolo entró en el salón, lo invitó a que ocupara el extremo opuesto. La distancia entre ambos era un abismo de madera pulida y silencio solo amenizado por el resplandor fantasmagórico de la luz de las velas.

El cura dio la orden y el servicio se apresuró a servir la cena.

Se trataba de dos hombres de rostros inexpresivos que se movían con la eficiencia de sombras.

Paolo ignoraba si aquellos camareros, si el servicio al completo que se ocupaba de la villa, había recibido una disciplina tan severa como la suya, pero estaba claro que conocían a la perfección su papel: humildad y discreción.

Para sorpresa del muchacho, los dos hombres solo sirvieron la comida al sacerdote.

Paolo se vio obligado a contemplar la escena, con las manos entrelazadas sobre el regazo para ocultar su temblor.

Ante el padre Azariel desplegaron una cena que distaba mucho de ser frugal: una pieza de carne asada que brillaba bajo la luz de las velas, verduras glaseadas y una copa de vino denso y oscuro.

Era una anomalía. Paolo sabía que su mentor solía ser un hombre de hábitos parcos, pero esa noche el sacerdote comía con una parsimonia estudiada, disfrutando de cada corte, del sonido del metal contra la porcelana, de la textura de los alimentos que se deshacían en su boca.

Era un espectáculo diseñado para la tortura.

Paolo sentía cómo la saliva inundaba su boca y cómo el dolor en su estómago se volvía insoportable, un latigazo constante que le retorcía las entrañas.

El muchacho observaba cómo el cuchillo se hundía en la carne asada con una facilidad insultante.

Lo oía masticar en el silencio del salón.

Sentía cómo el aroma de las especias se colaba a través de sus fosas nasales.

Incluso su mente proyectaba el sabor de la grasa y la sal.

Veía al sacerdote comer con una lentitud mecánica, casi ritual, mientras él se obligaba a mantener las manos entrelazadas para que el cura no viera el temblor de sus dedos.

Cada trago de vino que daba era una herida abierta en la resistencia del muchacho

El padre Azariel no le dirigió la palabra. En ningún momento. Se limitó a comer mientras observaba a Paolo a través de la distancia, evaluando su resistencia con la frialdad de un auditor que analiza el comportamiento de una máquina en revisión.

Cuando finalmente el cura terminó, dejó los cubiertos en paralelo con precisión milimétrica y realizó un gesto mínimo con la mano. El servicio retiró sus platos con la misma rapidez con la que los habían traído. Solo entonces, un cuenco solitario y un vaso de agua fueron depositados frente a Paolo.

El muchacho bajó la vista hacia su cena: una masa informe de avena hervida. El grano estaba gris, nadando en un agua turbia, sin rastro de sal ni condimento alguno. Era una sustancia insípida, una pasta blanca que apenas parecía alimento.

—La gula no es solo el exceso —dijo la voz del padre Azariel, que llegaba desde el otro lado de la mesa como un eco lejano—. Es la creencia de que el placer es necesario para el sustento. Come, Paolo. Porque es una necesidad, solo eso y nada más.

Paolo tomó la cuchara con dedos temblorosos.

La cebada estaba fría y su textura era áspera contra su paladar, pero la engulló con una desesperación que le hizo llorar.

Era la única comida insípida que recibiría durante los días siguientes —así se lo dijo el cura—, una rutina de vacío y avena que se repetiría hasta que el hambre dejara de ser una agonía para convertirse en un estado mental.

Al terminar, Paolo se mantuvo erguido en la silla.

Se sentía desfallecer, su cuerpo pesaba como si estuviera hecho de plomo y el sudor frío le cubría la frente.

Sin embargo, cuando el padre Azariel se puso en pie para abandonar el salón, el muchacho forzó a sus músculos a responder y realizó una inclinación de cabeza.

—Mañana —dijo el cura poniéndole una mano paternal en el hombro— aprenderemos que la mente puede ser igual de voraz que el estómago. Prepárate, Paolo. Tu instrucción no ha hecho más que empezar.

Paolo se quedó solo en el salón, rodeado por el humo de las velas que acababan de ser apagadas.

Al rato, los mismos camareros que habían servido la cena lo acompañaron de nuevo a la estancia del ático.

Esta vez no había agua ni comida. Tampoco estaba el cuerpo desnudo de Florence. Ni con esas sintió el muchacho alivio.

Se acercó a la ventana y buscó Santa Rosalía en la oscuridad de la noche.

Se imaginó huyendo de aquella prisión, se imaginó recorriendo los cientos de kilómetros que lo separaban de Nadia.

Solo era una ilusión, lo sabía. Para entonces ya no sabía cómo escapar del padre Azariel.

Tampoco de sí mismo. En la oscuridad, sintió que el chico que una vez amó a una joven novicia en el ala vieja de una antigua abadía se alejaba a cada momento un poco más, convertido en una sombra que el hambre empezaba a devorar.