10 #2
Sabrina no perdió el tiempo con sutilezas. Apoyó su placa sobre el mostrador de cristal y se inclinó hacia él. Juárez ni siquiera parpadeó; estaba acostumbrado a la policía, probablemente pagaba por su tranquilidad cada mes.
—Buscamos información sobre alguien a quien llaman El Secretario —dijo Vega, observando la reacción del prestamista.
—¿El Secretario? —Juárez soltó una carcajada ronca de fumador—. Aquí solo entran secretarias que quieren empeñar el anillo de su jefe para pagar el alquiler.
—No juegues, Juárez —cortó Sabrina—. Sofía Petrov nos ha dado tu nombre.
Según ella, tú eres el más listo del patio.
Sabes lo que otros no saben y nos vas a decir lo que hemos venido a buscar o ni el policía más corrupto de esta ciudad podrá evitar que te saque de aquí con unas bonitas esposas en tus muñecas.
El prestamista quiso soltar otra carcajada, pero se quedó en nada. Ignoraba si las palabras de aquella mujer de mirada de piedra eran un farol o no, pero quiso hacer caso al nudo en el estómago que se le había formado en el momento en el que había clavado los ojos en él.
Miró hacia la puerta de la calle y luego hacia la trastienda.
—Algo sé, si, pero eso fue hace mucho tiempo —murmuró, su voz ahora desprovista de toda chulería—. Cuando cayó la dictadura en 2005. En aquel entonces, el País era un mercado de saldos. Los militares quemaban archivos en los patios del palacio presidencial mientras el dictador agonizaba.
Juárez se inclinó sobre el mostrador, bajando la voz.
—Fue una época complicada. Vosotras dos no la recordaréis porque seríais unas crías, pero lo cierto es que faltaba de todo en la ciudad… menos seguridad. Siempre tenía una recortada bajo el mostrador porque no sabías quién podía atravesar esa puerta.
»Un día entró un cliente habitual. Mateo Desmond, «El Chapas». Un sicario peligroso, de los que no se asustaban con facilidad. Pero ese día estaba asustado.
Juárez hizo una pausa, recreándose en la tensión de las dos mujeres.
—Desmond venía borracho, medio ido. Me dijo que buscaba a un tal Salas, un contable o algo así.
Murmuraba que debía tratarse de un agente doble y me pidió que le contara lo que sabía de él, pero yo no había oído ese nombre en mi vida.
Así se lo dije, pero no me creyó. Me agarró de las solapas de la chaqueta y tuve que disuadirlo con la recortada.
Según Desmond, ese tipo se había largado con un furgón lleno de documentos y necesitaba encontrarlo antes de que fuera demasiado tarde para él.
Hablaba de sus jefes, pero también de otro tío.
—¿Otro tío? ¿A quién se refería? —preguntó Vega, inclinándose también hacia delante.
—A un hombre al que llamaba El Secretario —respondió Juárez—.
Desmond estaba aterrorizado. Me contó que ese hombre, que más parecía una sombra que una persona, lo había contactado en secreto antes del traslado del furgón.
Le había hecho una oferta para que le facilitara el acceso a los expedientes fundamentales que iban en el furgón.
Habían pactado el robo de parte de esa documentación en un bar de carretera, pero el tal Salas se marchó con el vehículo inesperadamente y dejó a todos con un palmo de narices.
El prestamista miró hacia las sombras de su propia tienda, como si temiera que en ellas se escondiera algún fantasma.
—Cuando Desmond vio que Salas se largaba con el furgón, salió a toda prisa del bar, pero para lo único que le sirvió es para ver la espalda de un hombre que subía a un vehículo negro de lunas tintadas que lo esperaba en una zona apartada del aparcamiento.
Un coche oficial, al parecer. Desmond juraba que debía encontrar el furgón o estaba muerto; decía que daba igual quién lo encontraba antes, pero que estaba finiquitado si ese furgón no aparecía.
»Según él, viendo que era su única opción, había seguido al coche negro y había vigilado a ese Secretario durante muchas horas pero que, en un descuido, se había esfumado inexplicablemente como si fuera un fantasma.
Vega y Sabrina escuchaban inmóviles. El carillón de viento volvió a sonar, movido por una corriente de aire frío.
—¿Te dio algún detalle sobre ese coche? —preguntó Sabrina mientras sacaba su libreta.
—Dijo que la matrícula no pertenecía a ningún ministerio del Gobierno —concluyó Juárez—. Desmond, en su desesperación, aseguraba que pertenecía a un organismo eclesiástico. Algo llamado la Oficina de Administración de Bienes Temporales. Supongo que, en su estado, no sabía ni lo que veía.
En ese punto, Juárez se retiró del mostrador, como si hubiera hablado demasiado.
—¿Algo más? —volvió a preguntar Sabrina.
—¿Os parece poco? Os he dicho más de lo que debía y me parece que no voy a recibir nada a cambio.
—Te he ofrecido unas esposas. Todavía estamos a tiempo.
Como respuesta, el prestamista se puso a farfullar mientras se retiraba de nuevo a la trastienda.
Las dos mujeres, por su parte, salieron fuera.
Un coche con las ventanillas bajadas y la música alta pasó a toda velocidad delante de ellas.
En la otra acera, un par de traficantes trapicheaban con un grupo de adolescentes al tiempo que una vecina tendía la colada dos pisos más arriba.
La capital seguía girando a su alrededor, pero ahora el mapa del Secretario tenía un punto de origen tangible: un coche negro de lunas tintadas de 2005 y un rastro administrativo vinculado al patrimonio de la Iglesia.
—Voy a rastrear esos registros de la Oficina de Administración —dijo Sabrina con una determinación que Vega no le había visto antes.
—Ten cuidado —le advirtió la detective—. Me da que hay gente que se ha tomado muchas molestias para que ese hombre siga siendo solo un fantasma.
—Pues va a ser un fantasma que no volverá a jugar con nosotras.
—Eso seguro —dijo Vega asintiendo con la cabeza.
Las dos mujeres se separaron en la esquina de la plaza Ferter.
Vega observó a Sabrina alejarse y luego miró sus propias manos.
El rastro de la sangre de Ferenc seguía allí, invisible pero presente.
Ahora tenía un nombre, una fecha y un organismo vinculado a ambos.
El Secretario ya no era solo una sombra; era una deuda pendiente que pensaba cobrar.