Origen (La monja detective 3) 10
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VEGA la justicia había limpiado su nombre tras el desastroso final en el instituto Saint Elms, pero la libertad le sabía a ceniza mientras el asesino de Ferenc Sanedor siguiera libre.

Se detuvo frente a una cafetería de ventanales empañados, a pocas manzanas de la División Criminal.

Allí, sentada en la mesa más apartada, Sabrina Metz garabateaba sobre una libreta de cuadros con expresión concentrada.

La subinspectora lucía el mismo rigor que Vega recordaba cuando había sentido su implacable aliento pegado a su nuca: la espalda recta y una hostilidad profesional que el tiempo no había logrado suavizar.

Vega pidió un café solo y luego fue a su encuentro. No se saludaron. Lo suyo fue más un intercambio de gestos con la cabeza en la que una pedía permiso para sentarse y la otra se lo concedía a regañadientes.

—Baker —dijo Sabrina, con una voz que era puro granito—. Espero que sea importante. Tengo muchas cosas que hacer.

—Alguna menos desde que Operaciones Especiales le ha quitado el caso Murdoch.

—Ya veo que cierto Subdirector General sigue mezclando su lado personal con el profesional.

A la policía le había fastidiado el comentario de la detective y Vega se había arrepentido al momento de haberlo dicho en voz alta. El plan era otro, más cercano a fumar la pipa de la paz y, desde luego, no había empezado con buen pie.

—Si estoy aquí, es porque tenemos intereses comunes —arrancó de nuevo dejando a un lado sus anteriores palabras.

—No alcanzo a comprender cuáles pueden ser.

—El Secretario.

—Según Petrov solo es un fantasma.

—Un fantasma que la hizo tan estúpida como a mí, que jugó con nosotras, que nos utilizó para su interés. A usted le dio el papel de la policía heroica y a mí el de la sospechosa perfecta.

Sabrina apretó la mandíbula. El recuerdo de su fracaso al frente del operativo del Saint Elms, donde Sanedor murió bajo su vigilancia, era una herida abierta que Vega acababa de hurgar con un dedo sucio.

—He sido apartada de cualquier investigación relacionada con esa estructura, lo sabes bien —dijo Sabrina, bajando la voz—. Operaciones Especiales se ha quedado con cada documento, con cada grabación. Argus Norman ha levantado un muro que ni yo puedo saltar.

—Por eso estoy aquí. Argus no puede cruzar ciertas líneas rojas, pero usted…

¿No me diga que no ha sentido la tentación de moverse por las zonas grises solo para que se hiciera justicia?

—insistió Vega—. Míreme a la cara y dígame que no ha seguido investigando el caso por su cuenta. A escondidas de Ramírez.

La policía se reclinó en la silla, observando a Vega como si fuera un expediente especialmente complejo.

La resistencia de la subinspectora era lógica; su carrera pendía de un hilo y colaborar con Vega era prender la mecha.

Sin embargo, su obsesión por la verdad, esa que la obligaba a seguir las reglas hasta que las reglas dejaban de tener sentido, terminó por imponerse.

—No busco a una socia. Tampoco a una compañera.

—Yo tampoco. Pero no pasa nada porque firmemos una alianza circunstancial que a ambas nos conviene.

Se produjo un nuevo silencio en el que Vega esperaba y Sabrina valoraba sus posibilidades.

—He rastreado los pagos de la fundación pantalla que usaba Petrov —confesó Sabrina finalmente, en un susurro—.

Y he encontrado algo que no figura en los archivos de Norman.

Sofía tiene un hijo. Ocho años. Está en una institución de salud en el extranjero, bajo un nombre falso.

Es su única ancla, Baker. Lo único que esa mujer no ha podido vaciar de su vida.

Vega sintió un escalofrío. Era la palanca que necesitaban.

Las dos mujeres llegaron a la prisión una hora más tarde.

Vesení era un laberinto de hormigón diseñado para anular la voluntad.

Desde que se construyera, en tiempos de la dictadura, había albergado a presos de toda índole, desde los de más baja estofa hasta personajes ilustres, entre los que destacaba el expresidente del País, Anselmo Urquiza.

El encuentro con Petrov no fue en la sala común, sino en un cubículo de alta seguridad. Sofía se sentó al otro lado del cristal con una serenidad que resultaba insultante. Mantenía la misma sonrisa fría que mostró en el solar, esa que decía: «sé algo que tú no sabes».

—Vaya —dijo, apoyando las manos esposadas sobre la mesa—. ¿Ahora resulta que os habéis hecho amiguitas? Supongo que ha sido gracias a mí.

Ninguna de las dos dijo nada ante el comentario sarcástico, así que Petrov volvió a preguntar.

—Bueno, ¿y a qué debo el honor?

—No hemos venido a hablar de tu situación procesal —cortó Sabrina, sacando una fotografía que no pertenecía al caso. Era una imagen granulada de un niño en un columpio—. Hemos venido a hablar de economía, más concretamente de provisión de fondos.

La sicaria miró la fotografía, pero en un primer momento no consiguió entender bien de qué se trataba. Luego, la sombra de la sospecha pasó por su cara y las palabras de Sabrina terminaron de confirmárselo.

—Sabemos quién paga la clínica de Suiza. Y sabemos qué pasará si esos pagos dejan de llegar porque la cuenta sea intervenida por una investigación de blanqueo.

La sonrisa de Petrov no desapareció, pero sus ojos, dos esquirlas de hielo, se clavaron en la fotografía.

El silencio se prolongó durante un minuto eterno.

Vega observaba el pulso en el cuello de la sicaria; la resistencia de Sofía era feroz, una profesional entrenada para el vacío que se negaba a ceder el control.

—El Secretario no deja cabos sueltos —dijo finalmente—. Si hablo, mi hijo no llegará a la próxima primavera.

—Si no hablas, morirá de todas formas cuando el sistema le dé la espalda y no haya dinero para su tratamiento —replicó Vega, inclinándose hacia el cristal—. Tú ya estás muerta para el mundo, Sofía. Elige quién sobrevive.

Petrov cerró los ojos. Cuando los abrió, el brillo de superioridad se había apagado, sustituido por una amargura pragmática.

—Nadie sabe quién es El Secretario, ya se lo dije a la subinspectora. Solo es una sombra que administra el poder y la información. Eso es todo lo que sé.

—Vamos, Sofía, seguro que te puedes esforzar un poco más —insistió Vega mientras estampaba la fotografía contra el cristal.

La expresión de seguridad, casi de condescendencia, había dado paso a la incomodidad y la duda. Necesitaba decir algo, pero temía traspasar ciertos límites, de la misma forma que temía a quien pudiera estar escuchando. Miró a todos lados y solo cuando se sintió relativamente segura, habló de nuevo.

—Está bien, les diré un nombre, pero quiero algo a cambio.

—No vamos a llegar a ningún acuerdo para reducir la condena —le advirtió Sabrina con su sequedad habitual—. Estás encerrada en Vesení por dos asesinatos, por usurpación de identidad y por participar de un complot para incriminar a dos inocentes.

—No quiero nada para mí —se apresuró a replicar Sofía negando con la cabeza—. Solo quiero que me asegure que mi hijo estará bien.

—Te doy mi palabra —le aseguró la subinspectora sintiendo una punzada de dolor en su interior.

Estaba mintiendo, lo sabía. En esos momentos, con el caso en manos de Operaciones Especiales, no tenía potestad para tomar ningún tipo de medida que asegurara el bienestar del niño. Pero no podía hacer otra cosa.

Petrov esbozó una sonrisa que no tenía nada que ver con la que había usado para dar la bienvenida a Vega y Sabrina. Luego, dijo un nombre en un susurro tan débil que a las otras dos mujeres les costó entenderlo.

—Juárez.

—¿Juárez? ¿Quién coño es Juárez? —preguntó Vega manteniendo un tono de voz parecido.

—Un prestamista de la zona de Malafé. Un tirado con menos escrúpulos que una cafetera. Pero se sabe mover en ciertos círculos… Digamos que vende información al mejor postor. Si hay alguien que pueda saber algo sobre El Secretario, es él.

Sabrina anotó el nombre en su libreta con un trazo enérgico y luego miró a Sofía con expresión severa. La información era oro puro, pero no se fiaba de aquella mujer.

—Si esto es una trampa, Petrov… —advirtió Sabrina.

—En este mundo ya solo me queda una cosa que merezca la pena —respondió Sofía mientras se ponía en pie para ser conducida de vuelta a su celda—. Y no haría nada por poner en riesgo su vida.

Vega y la policía la vieron desaparecer tras una puerta y luego se miraron durante un segundo. Tenían un nombre y una dirección en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad. También la seguridad de cuál iba a ser el siguiente paso que iban a dar.

Malafé no era un lugar recomendable para hacer turismo.

El barrio era una anomalía urbana de edificios desconchados y callejones en los que solo se respiraba humedad y abandono.

Vega y Sabrina caminaron por la calle principal bajo la mirada recelosa de los vecinos.

Se detuvieron frente a un cartel de madera que colgaba de dos cadenas oxidadas.

Juárez Prestamistas

Al abrir la puerta, las recibió el sonido de un carillón de viento que se mantuvo vibrando durante unos minutos. El local estaba atestado de objetos de dudosa procedencia: relojes antiguos, vajillas de plata y una vitrina con joyas que parecían haber tenido dueños con finales trágicos.

Pasado un buen rato, de la trastienda salió un hombrecillo de gestos desganados y una sonrisa tan falsa como los dientes de oro que adornaban su boca. Cuando las vio, sin embargo, se acicaló el escaso cabello y cambió la sonrisa por otra que trataba de parecer más sincera

—¿A qué debo la visita de personas tan ilustres? —les soltó antes de que pudieran identificarse—. Bertrand Juárez, para servirles.