Origen (La monja detective 3) 7
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VEGA

La Capital la recibió con la indiferencia con que trataba a todos sus habitantes; un ir y venir incesante de personas y vehículos que apenas apreciaban la presencia de los otros.

Vega Baker conducía su coche por las arterias principales de la ciudad, sintiendo que el aire cargado de contaminación y ruido era, paradójicamente, más fácil de respirar que el silencio estancado de Santa Rosalía.

Había dejado atrás los muros de piedra, pero no el peso de lo que traía consigo.

En el asiento del copiloto, su mochila contenía la poca ropa que se había llevado a Meridia. Aquel no había sido un viaje cualquiera, mucho menos de placer. Había ido a ver la tumba de su madre, pero también en busca de respuestas que solo habían suscitado más preguntas.

En su mente, sin embargo, el vacío dejado por Ferenc Sanedor ocupaba todo el espacio disponible desde que había salido de Santa Rosalía.

No podía cerrar los ojos sin ver el pasillo del instituto Saint Elms, el brillo metálico del arma y la palidez mortal en el rostro del hombre que, a su manera torpe y erudita, había sido su único anclaje con una vida que no fuera puramente profesional.

No, no había estado presente mientras a Ferenc se le escapaba la vida, pero en sus pesadillas nocturnas la imagen de aquel fatídico momento se proyectaba de manera nítida, como si hubiera sido ella misma quien hubiera disparado el arma que había acabado con la vida de su amigo.

Por más que todo el mundo se lo repitiera y por más que ella misma hubiera tratado de convencerse de lo contrario, se sentía responsable de lo ocurrido. Por haberlo metido en el asunto de los Custodes y por haberlo implicado más de la cuenta en el asesinato de Bastian Murdoch.

Ferenc había muerto intentando enmendar un error que el sistema le obligó a cargar, y Vega se había jurado a sí misma que el nombre de El Secretario dejaría de ser un susurro en los archivos de los Custodes para convertirse en una diana.

Dejaría de ser una leyenda para convertirse en una realidad que ella haría añicos.

Aparcó cerca de la calle Baker. La persiana de Libros Nego estaba echada.

Al mirar hacia arriba, vio las siluetas de Talía y Conrad al trasluz.

Seguramente estarían preparando algo de cenar mientras continuaban alguna de sus interminables discusiones sobre la disposición de los libros o la limpieza del local.

Una escena cotidiana de la que a veces ya no se sentía parte.

Tuvo la tentación de unirse a ellos, pero no encontró las fuerzas necesarias. No todavía. Necesitaba despojarse de la detective, de la fugitiva y de la hija de nadie para intentar ser, aunque solo fuera por unas horas, la mujer que le había prometido a Argus Norman que lo intentaría de nuevo.

Subió a su pequeño apartamento y se dio una ducha rápida.

Bajo el agua caliente sintió que conseguía al fin desprenderse de parte de ese peso que la mortificaba desde hacía días.

No obstante, solo fue un alivio momentáneo.

En cuanto se puso frente al espejo empañado del baño y vio la expresión en su rostro, dicha carga regresó de nuevo y con mayor virulencia.

Había quedado con Argus en un pequeño restaurante del distrito cuatro, un lugar que él había elegido precisamente por ser lo opuesto a una comisaría: ambiente tranquilo, una iluminación tan discreta que apenas permitía ver más allá de la luz que proyectaba la lamparilla y, como música de fondo, solo el murmullo de las otras conversaciones que se mantenían en las mesas vecinas.

Argus ya estaba allí. Cuando Vega lo vio levantarse de la mesa, notó que el cargo de Subdirector General de Operaciones Especiales le había añadido nuevas líneas de expresión alrededor de los ojos.

No lo reconocería nunca, formaba parte de su naturaleza, pero se le veía cansado.

Sin embargo, al reparar en su presencia, su rostro se suavizó con una calidez que Vega sintió como un reproche silencioso a su propia incapacidad para dejarse cuidar.

—Has vuelto —dijo él, sin rastro de ironía.

—Te dije que vendría —respondió ella, aceptando el beso suave que él le ofreció en la mejilla—. Aunque apenas hace un rato que he llegado a la ciudad.

Argus la miró y asintió en silencio. Quedaba claro que deseaba decir algo pero no se decidía. Finalmente, prefirió dejar una crítica velada.

—Te he escrito. Varios mensajes.

—Lo sé y siento no haber respondido, pero necesitaba volver a Santa Rosalía.

—¿Sirvió de algo?

—Todavía no lo sé —dijo ella dejando escapar un suspiro—, pero a veces tengo la sensación de que la vida me lleva una y otra vez de vuelta a ese maldito convento.

El policía volvió a hacer un gesto de asentimiento y Vega tuvo de nuevo la sensación de que había palabras que prefería callar.

La cena, sin embargo, se desarrolló a partir de ese momento con una tregua que para los dos resultaba necesaria.

Hablaron del pasado, contaron alguna anécdota.

Vega le habló de la relación tempestuosa y, pese a todo, cercana que se había establecido entre Conrad y Talía.

Luego ella se esforzó por escuchar, por estar presente en la conversación, por sonreír donde tocaba.

Recordó la promesa que se había hecho a sí misma: no volver a utilizar a Argus como una herramienta ni aprovechar sus sentimientos para nada más que para lo que debía ser: una relación de la que ella también quería formar parte.

Sin embargo, en uno de los escasos silencios que se produjo durante la velada, la imagen de Sofía Petrov le vino a la mente de manera inconsciente. Y, por extensión, la pregunta casi salió sola de sus labios.

—¿Alguna novedad en lo profesional?

Solo eran un puñado de palabras, un tanteo inocente que no tenía por qué llegar a más. Pero los dos sabían que no era así.

Sin embargo, Argus se armó de paciencia antes de responder.

—El caso Murdoch ha pasado oficialmente a mi unidad —dijo el policía con voz neutra—.

Al confirmarse los vínculos con la red de los Custodes, el protocolo dicta que la División Criminal debe ceder las competencias.

No es que a Sabrina Metz le haya entusiasmado la noticia, pero las órdenes vienen de arriba.

Vega asintió. Conocía la rigidez de la subinspectora y comprendía que viera aquel traslado como una intromisión, aunque fuera pura burocracia estatal

—¿Algo que deba saber? —insistió Vega—. ¿Algún dato nuevo sobre El Secretario?

Argus dejó la copa de vino sobre la mesa. El cristal chocó contra la madera con un sonido seco que pareció poner fin a la tregua.

—Vega, no. Hoy no —dijo él con un tono de voz que era más decepción que enfado.

—Solo necesito saber si Petrov ha dicho algo más sobre ese cabrón. Es la única que ha estado en contacto directo con su estructura.

—Lo prometiste —replicó Argus, inclinándose hacia delante—. Prometiste que esta cena sería sobre nosotros. Sobre ir despacio, sobre recuperar el tiempo que perdimos cuando decidiste que estar sola era más seguro que estar conmigo.

Vega sintió que el calor le subía a las mejillas. No era ira, era vergüenza. Vio sus propias manos sobre el mantel: nudosas, tensas, inquietas. Comprendió que Argus tenía razón. Estaba comportándose exactamente como había prometido no hacerlo: tratando de comprar información con afecto.

—No es solo porque estés implicada emocionalmente en el caso —se explicó él rebajando la tensión—, sino porque sabes tan bien como yo que esto no va a funcionar si no separamos el trabajo de lo que sea que estamos construyendo.

—Lo siento —susurró Vega, y esta vez sus palabras no fueron una maniobra evasiva—. Tienes razón. Es mi naturaleza, Argus. Me cuesta dejar de ser yo por un instante y debo ser capaz de conseguirlo.

Él la observó durante un largo minuto. Buscó en sus ojos el rastro de la detective y encontró, por un instante, a la mujer que temía perderse a sí misma si dejaba de perseguir sombras. Argus alargó la mano sobre la mesa y tomó las suyas con suma delicadeza.

—Te quiero, Vega. Ya lo he dicho.

Aquella confesión la pilló desprevenida y no supo cómo reaccionar. Sin embargo, una vez que Argus se había decidido a ponerle nombre a lo que sentía, Vega se sintió a gusto con esa posibilidad.

—Pero no quiero ser tu contacto en la policía —continuó él tras dejar que ella digiriera las palabras—. Quiero ser el hombre que esté a tu lado en la cama cuando apagues la luz. Solo eso.

Ella asintió, sintiendo un nudo en la garganta.

Se inclinó sobre la mesa y lo besó, un beso que sabía a disculpa.

Terminaron de cenar en un silencio distinto, más profundo pero menos tenso.

La ciudad, con sus secretos y sus muertos, pareció quedarse fuera del restaurante, retenida por el cristal de la ventana.

Al salir, el frío de la noche se hizo presente. Argus la atrajo hacia sí y le dio el calor que le faltaba. Luego, subieron al coche y fueron al apartamento del policía, el mismo loft que había sido escenario de sus desencuentros más amargos y de sus pasiones más urgentes.

Una vez dentro, el silencio fue absoluto.

Luego, solo el roce de la ropa al caer sobre la madera y el calor súbito de sus cuerpos encontrándose en la penumbra.

Fue una noche tórrida, pero marcada por una entrega que no buscaba la posesión, sino el reconocimiento.

Vega se abandonó al contacto de la piel de Argus, sintiendo cada caricia como una forma de borrar, aunque fuera temporalmente, el frío de las catacumbas y el recuerdo de la sangre.

Sus manos recorrieron el torso del hombre con lentitud, reconociendo cicatrices antiguas y nuevas tensiones.

No hubo palabras, solo el ritmo de dos respiraciones acompasándose, el calor de los labios en el cuello y la humedad de un deseo que se había dilatado demasiado tiempo en la ausencia.

Fue una unión sutil y feroz a partes iguales; la plenitud de un amor compartido que aportaba luz frente a un mundo de sombras.

Cuando el alba empezó a filtrar una luz grisácea a través de los grandes ventanales, Vega despertó.

Argus seguía dormido a su lado, con el rostro relajado.

Ella permaneció inmóvil, escuchando el leve murmullo que llegaba de la calle.

Le gustaba tenerlo a su lado tanto como la posibilidad de que aquella escena pudiera convertirse en algo normal, en algo cotidiano.

Incluso hubo un punto en el que sintió que el peso en su pecho, aunque seguía ahí, era más manejable.

Sin embargo, al ponerse en pie, la detective regresó.

Se vistió con movimientos mecánicos, evitando hacer ruido.

Sabía que Argus no la ayudaría más allá de lo que su ética profesional le permitía.

Él era el sistema, la ley y el protocolo.

Y Vega necesitaba a alguien que, como ella, hubiera sentido el aliento del Secretario en la nuca y hubiera salido escaldada de la experiencia.

Fue al salón, tomó un bloc de notas y escribió una frase mínima:

Gracias por recordarme quién soy .

Luego salió a la calle y tomó el camino de la calle Baker.

Le apetecía pasear, aclarar las ideas con el fresco de la mañana.

En un momento dado, sacó su teléfono y buscó en la agenda.

Solo había una persona en la ciudad que compartía su frustración, su sensación de haber sido manipulada como una marioneta en un teatro de sombras.

Alguien que se había dejado los nudillos contra el mismo muro de piedra y que ahora, probablemente se sentía tan fuera de lugar como ella misma.

Al cuarto tono, la voz seca de una mujer respondió al otro lado.

—Subinspectora Metz. Soy Vega Baker. Creo que tenemos que hablar.