Origen (La monja detective 3) 8
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PAOLO

La lujuria

Había vivido en aquella villa desde que el padre Azariel lo sacara del orfanato.

No le costó mucho acostumbrarse a la vida de ermitaño que profesaba el sacerdote.

De hecho, lo agradecía. Desde que tenía uso de razón, había preferido la soledad y la calma antes que el bullicio tan propio de los niños de su edad.

Y en la Casa de la Misericordia había más de lo segundo que de lo primero.

Por eso había llegado a considerar la villa campestre del cura como un hogar.

Pero ahora que estaba de vuelta tras su breve paso por Santa Rosalía, le parecía un lugar inhóspito, desagradable, apartado de todo.

Lo que antes le agradaba, ahora le parecía un tormento indescriptible del que deseaba escapar…

aunque supiera que no iba a ser posible.

La villa no era un edificio religioso, pero el silencio que reinaba en su jardín perfectamente cuidado era mucho más opresivo que el de Santa Rosalía.

Allí no había campanas que marcaran el ritmo de las horas, ni susurros de novicias cruzando el claustro, ni el eco de oraciones comunitarias.

Solo se escuchaba el sonido seco de las pisadas del padre Azariel sobre el mármol frío de los pasillos, un ritmo constante que recordaba al segundero de un reloj diseñado para no detenerse jamás.

El día que regresaron, Paolo fue conducido al salón principal de la casa.

El cura lo hizo esperar allí durante más de una hora.

Paolo permanecía de pie en el centro de la habitación, con la cabeza gacha y los hombros hundidos.

Sus ojos estaban inyectados en sangre tras el viaje de regreso desde el sur.

En su interior, el mundo seguía girando a una velocidad que no podía controlar.

Todavía sentía el calor de los labios de Nadia y la suavidad de su piel bajo sus dedos, un recuerdo que contrastaba dolorosamente con la rigidez de su entorno actual.

Cuando el padre Azariel hizo al fin acto de presencia, no le dedicó ni siquiera una mirada.

Fue hasta un amario y sacó un par de velas.

Las encendió y trató de calentar sus manos con ellas.

Luego, se volvió hacia su discípulo y solo entonces le dedicó una expresión fría, desprovista de cualquier afecto.

—En esta vida que nos ha tocado sufrir, los pecados no tienen cabida, Paolo —dijo el cura, situándose junto a la ventana mientras observaba cómo la tarde empezaba a languidecer por detrás de los árboles.

Su voz era plana, desprovista de la modulación emocional del consuelo—.

En Santa Rosalía te permitiste el lujo de ser un animal.

Sucumbiste a la lujuria, el más vulgar de los pecados, porque creíste que tu persona era más importante que tu propósito.

—No fue así, Padre —susurró el muchacho, aunque su propia voz le sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.

—¿Ah, no? ¿Me vas a decir que lo que vi en la biblioteca fue un espejismo?

—El sacerdote se volvió despacio. No había ira en su rostro, lo cual era mucho más aterrador; había una frialdad administrativa, la de un auditor que detecta una cifra fuera de lugar en un registro contable—.

La lujuria no empieza en el cuerpo, Paolo.

Empieza en el pensamiento, que decide que lo individual es superior a lo institucional.

Creíste que podías tener un secreto propio, una verdad que no pasara por mis manos.

El padre Azariel se acercó al muchacho dilatando el momento para ponerlo más nervioso todavía.

Paolo se tensó instintivamente. En su bolsillo derecho, sus dedos acariciaban con desesperación el pequeño botón de nácar que Nadia le había entregado en su último encuentro furtivo.

Sus bordes lisos eran lo único real que le quedaba, la prueba física de que no había soñado el amor en las precarias ruinas del ala vieja.

—Entrégame lo que guardas en el bolsillo —ordenó el sacerdote.

—No tengo nada, Padre —mintió Paolo, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas con una fuerza que amenazaba con romperle el pecho.

La reacción del padre Azariel fue instantánea.

Con una rapidez felina, impropia de un hombre de su edad, agarró la muñeca de Paolo y lo obligó a sacarla del bolsillo.

La fuerza del agarre fue tal que Paolo soltó un gemido de dolor.

El puño se abrió a la fuerza y el botón de nácar cayó al suelo de mármol con un tintineo cristalino que resonó en el silencio de la estancia.

El sacerdote se agachó y lo recogió con dos dedos. Lo observó bajo la luz de una vela con una mezcla de asco y fascinación académica, como si estuviera analizando un parásito bajo el microscopio.

—¿Este es tu tesoro? ¿Un trozo de nácar pulido que te dio una novicia que ya no existe para ti? —El cura caminó de nuevo hacia la chimenea—. La lujuria es el ruido que impide que el silencio de la Institución sea absoluto. Es el anclaje que te impide ser lo que debes ser.

En la chimenea había una repisa y, sobre ella, descansaba una caja metálica con cerradura. El padre Azariel sacó una llave cromada que colgaba de su cuello y depositó dentro el botón. Luego, la cerró y se volvió de nuevo hacia su discípulo.

Movido por una rabia interior que no era capaz de comprender ni de controlar, Paolo dio un paso adelante, en dirección a la caja, pero la mirada del sacerdote lo detuvo en seco.

Fue una mirada gélida, carente de odio, una sentencia de muerte para su humanidad.

El chico se quedó paralizado, haciendo un esfuerzo inútil por evitar que las lágrimas se escaparan.

Ignoraba si era frustración o rabia pero, en cualquier caso, fue incapaz de contenerse.

—Llora ahora —sentenció el padre Azariel—.

Llora todo lo que necesites, porque a partir de mañana empezarás a convertirte en quien estás destinado a ser.

Santa Rosalía fue un error de cálculo; creí que la humildad del huerto bastaría para domar tu naturaleza, pero eres un caballo más rebelde de lo que pensaba.

A veces, antes de construir hay que destruir hasta que no quede nada.

Esa será a partir de ahora nuestra nueva misión.

Paolo cayó de rodillas frente a la chimenea, con la voluntad completamente vencida.

En la soledad de aquella villa que ahora se le antojaba una morgue, el muchacho comprendió que su mentor no buscaba su salvación eterna en el sentido tradicional, que no estaba formando a un sacerdote más que daría consuelo a los afligidos ni pan a los pobres.

Su propósito estaba por encima de esas menudencias, así se lo había puesto de manifiesto en más de una ocasión, y el muchacho sabía que debía entregarse a ese cometido cuanto antes para que el sufrimiento fuera el menor posible.

—Ahora, vayamos a tu nuevo alojamiento —volvió a hablar el padre Azariel.

—¿Mi nuevo alojamiento? —Más que sorprendido, Paolo estaba desconcertado.

Como respuesta, el cura le indicó que lo acompañara y ambos ascendieron por las escaleras que conducían al piso superior, donde estaban los dormitorios.

De ahí, siguieron subiendo hasta llegar a la azotea, donde había una pequeña estancia que siempre estaba cerrada con llave.

En esta ocasión, el sacerdote sacó una llave del bolsillo, forcejeó con la cerradura y finalmente abrió para dar paso al muchacho.

Al cruzar el umbral, Paolo sintió que el aire cambiaba.

Las paredes eran de un gris neutro, desprovistas de cualquier imagen devocional; no había crucifijos, ni cuadros de santos, ni rastro de la calidez que se espera de un hogar.

Todo era mármol, cristal y paredes desnudas.

El aire carecía de cualquier aroma; la estancia, de cualquier encanto.

Era un espacio aséptico, diseñado para el vacío.

—A partir de mañana, no habrá ningún tipo de privilegio para ti —informó el padre Azariel desde la puerta, su voz resonando como una losa de mármol cayendo sobre una tumba—. Solo conocerás el orden absoluto del silencio. Si la lujuria fue tu caída, la abstinencia total será tu cimiento.

Paolo miró a su mentor sin llegar a comprender. Este, por su parte, le dedicó algo parecido a una sonrisa que encerraba más veneno del que el muchacho podía asimilar.

—Imagino que tendrás hambre después del viaje.

El chico asintió.

—De acuerdo entonces. —El cura dio un par de aplausos y, como si el servicio de la casa estuviera esperando su orden, apareció de repente portando una bandeja con comida y una jarra de agua.

En cuanto lo hubieron dispuesto todo sobre una mesa, se marcharon en silencio. Todos, menos una muchacha, apenas una niña de la misma edad que Paolo, que se quedó quieta junto a la mesa con los alimentos. Permanecía con la cabeza gacha. En un momento dado, se quitó la ropa y se quedó desnuda.

—Tienes hambre y tienes sed —volvió a hablarle el padre Azariel a su discípulo—. Delante de ti tienes todo lo que deseas. Pero no olvides que el deseo conduce a la lujuria. Tú mejor que nadie lo sabe.

—¿Es… es una prueba, Padre? —se atrevió a preguntar Paolo con un temblor incontrolado en su voz.

—Solo la primera de muchas —respondió el sacerdote impasible—.

Y las reglas son sencillas. Debes abstenerte de tocar siquiera lo que deseas.

Mañana a primera hora abriré esa puerta y espero encontrar la comida y la bebida intactas.

Florence se quedará contigo para vigilarte.

Si te dejas llevar por el deseo, recibirás cincuenta latigazos.

Si Florence me dice que la has mirado siquiera un segundo, recibirás cincuenta latigazos. ¿Está todo claro?

El muchacho volvió a hacer un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Está bien —continuó el cura—. Y ahora, quédate aquí, en la penumbra de esta habitación. Aprovecha para pensar en el vacío, porque el vacío es lo único que nunca te traicionará.

La puerta se cerró y el sonido de la cerradura al girar fue el punto final de su infancia. Paolo se quedó mirando el suelo, sintiendo cómo las tripas le rugían y la boca se le secaba. Pero lo peor no era su apetito o su necesidad de saciar la sed, sino el cuerpo desnudo que tenía delante.

Florence no parpadeaba. Estaba allí, bajo la luz fría de una lamparilla, como una ofrenda o una condena.

Paolo sentía el aroma del pan recién horneado y el frescor del agua en la jarra, una tortura sensorial que se le clavaba en el estómago.

Pero más insoportable era la presencia de la muchacha.

Su desnudez no le provocaba deseo, sino un miedo irracional.

Era el espejo de su propia vulnerabilidad.

Si la miraba, perdía. Si comía, perdía. Estaba atrapado en un laberinto donde la única salida era convertirse en piedra, igual que el mármol que lo rodeaba

En ese instante Paolo comprendió que el infierno en el que creía haber vivido desde que nació solo era la antesala al verdadero infierno.