Origen (La monja detective 3) 3
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EL SECRETARIO

El estruendo de la muchedumbre en la Rue de Varenne llegaba al interior de la Nunciatura como un eco amortiguado por los gruesos muros de piedra.

Fuera, París ardía a esas horas en una fiebre descontrolada de guillotinas y derechos; dentro, no obstante, el tiempo parecía transcurrir con mayor lentitud, ajeno a lo que estaba ocurriendo en las calles.

La sombra de un hombre enjuto y alto recorrió la galería sin prestar atención al resplandor de las llamas que asomaba a través de las ventanas corridas.

No vestía los colores del nuncio ni las sedas de un obispo.

No parecía pertenecer a aquel lugar y, sin embargo, allí estaba.

Ocupó una mesa pequeña en un rincón de la cancillería y se dispuso a redactar un último informe.

A su lado, un cartel de madera labrada indicaba el título oficial que ostentaba: amanuense de actas.

Era una figura tan gris que los revolucionarios, si lograban echar abajo la puerta principal, probablemente pasarían de largo sin dedicarle una mirada.

Exactamente como debía ser.

Sobre su escritorio no había oraciones, sino una bolsa de cuero abierta. En su interior, el Libro Negro aguardaba junto a fardos de correspondencia sellada.

—El mundo está cambiando, señor —susurró un joven clérigo, asomándose a la estancia con los ojos desorbitados por el miedo—. Dicen que la turba se dirige hacia aquí. Debemos quemarlo todo.

El amanuense ni siquiera levantó la vista. Con movimientos precisos, seleccionó una serie de documentos: listas de nombres, registros de propiedades en el Nuevo Mundo y pactos privados entre familias que pronto perderían sus cabezas, pero no sus deudas.

—No todo, hijo —respondió con una voz carente de emoción—. El fuego es para la paja. El grano debe ser guardado y administrado.

Mientras el joven corría a alimentar la chimenea con registros menores, el amanuense introdujo en la bolsa los verdaderos cimientos del poder: la información que permitiría a la Iglesia sobrevivir a la caída de los reyes.

Para él, la Revolución no era el fin del mundo, sino un mero ajuste administrativo que requería un nuevo tipo de silencio.

Colocó la correa de la bolsa sobre su hombro. No buscaba la salvación de su alma, sino la pervivencia de una estructura más antigua que las propias creencias. Salió por la puerta de servicio mientras, al otro lado del edificio, el portón principal cedía bajo el peso de la turba.

Nadie reparó en el hombre gris que se alejaba entre el humo y la confusión.

París podía caer, pero la bolsa de cuero seguiría llenándose de nombres en algún lugar seguro, lejos del alcance de la luz.

El mundo podía estar patas arriba, pero El Secretario seguiría adelante con su cometido, incluso en las peores circunstancias posibles.