2
PAOLO
La Casa de la Misericordia de Olaria era un edificio robusto de piedra arenisca que parecía haber sido levantado para resistir el viento seco que siempre soplaba desde las llanuras centrales del País.
En Olaria no residía ningún encanto especial, solo el polvo que se colaba por las rendijas y el sonido de las campanas de la catedral que marcaban las horas con una puntualidad implacable.
En el patio, el estruendo era ensordecedor.
Un grupo de niños se amontonaba alrededor de una pelota que necesitaba una jubilación, gritando y empujándose bajo el sol de justicia de la tarde.
Dos sacerdotes los miraban de cuando en cuando mientras mantenían una animada charla al cobijo de la sombra de un frondoso roble.
El padre Azariel los saludó con un gesto de la cabeza al que estos respondieron con una sutil reverencia.
Sabían quién era el recién llegado de la misma forma que eran conscientes del motivo de su visita.
Venía a revisar las cuentas de la institución, ese era su cometido.
Y tanto ellos como el resto de religiosos que se encargaban del cuidado de los huérfanos de la ciudad, conocían su merecida fama de hombre implacable y gris.
El «cura contable», como era conocido en algunos círculos, se detuvo ante la puerta de un pequeño trastero situado bajo el hueco de la escalera del ala norte.
No era un hombre que se dejara guiar por la intuición, sino por la observación.
De normal, allá donde iba, la tendencia era enseñarle solo lo presentable, tanto en las estancias como en los libros de cuentas, ocultando lo que realmente requería revisión.
Por eso solicitaba siempre total libertad para moverse solo por cada rincón del lugar.
Así fue cómo conoció a aquel niño de ocho años, serio y taciturno, que en lugar de participar de los juegos infantiles se dedicaba a organizar trastos viejos que para cualquiera no eran más que objetos inservibles.
Sin embargo, para él parecían representar un valioso tesoro: botones sueltos, canicas rotas, trozos de tiza y llaves oxidadas que no abrían ninguna puerta.
Estaba sentado en el suelo, rodeado de cajas de zapatos, reubicando en ellas todas aquellas cosas con expresión concentrada.
—Hola —dijo el padre Azariel con voz suave, procurando no intimidarlo—. ¿Qué haces aquí en lugar de estar con tus compañeros?
El niño levantó la cabeza. Sus ojos eran claros, de tono amarillento, pero tenían una fijeza inusual. No se asustó ante la presencia del alto clérigo.
—Estaba todo mezclado —respondió Paolo, señalando las cajas—. Los botones con las piedras, las llaves con los cristales. Así no sirven para nada.
El cura se acuclilló a su lado, ignorando la rigidez de sus propias rodillas. Observó el trabajo del niño. No era una clasificación compleja, pero era perfecta. Los botones estaban ordenados por tamaño; las llaves, por la forma de su ojo.
—¿Te gusta que cada cosa esté en su sitio? —quiso saber el sacerdote.
—Si no están en su sitio, se pierden —contestó el niño con sencillez—. Y si se pierden, es como si no existieran.
El cura se quedó descolocado en un primer momento. Luego sintió un interés genuino por aquel niño poco convencional cuya mente, de forma natural, rechazaba el desorden. Que prefería el control al caos más propio de la mentalidad infantil.
—¿Sabes quién soy? —le preguntó entonces mientras seguía observando el método rudimentario empleado por el niño para organizar sus tesoros.
—Un hombre importante —respondió este sin pestañear.
—¿Ah, sí? ¿Eso crees?
—No lo creo. Lo sé por la calidad de la tela de su abrigo y porque los otros sacerdotes han dejado de hablar en cuanto ha bajado usted del coche.
El padre Azariel esbozó una sonrisa complacida antes de volver a hablar.
—De acuerdo —dijo—. Está claro que sabes quién soy yo. Ahora me gustaría saber quién eres tú. Porque tendrás un nombre, ¿no?
—Me llamo Paolo —contestó esta vez el niño con algo más de recato, como si se sintiera avergonzado de su nombre.
—Está bien, Paolo. Tengo un juego para ti —le propuso el cura mientras sacaba un manojo de cinco llaves de su bolsillo y las dejaba sobre la madera de una caja—. Míralas un momento.
El niño las observó durante apenas tres segundos. Luego, el cura volvió a guardarlas.
—Dime de qué color era la cinta de la llave más pequeña.
—No era una cinta, era un hilo de lana rojo —corrigió Paolo sin dudar—. Y la llave tenía tres dientes, uno de ellos mellado.
El Padre Azariel se incorporó lentamente. Aquel niño no necesitaba un orfanato de provincias donde su talento se diluiría entre rezos y falta de oportunidades. Necesitaba dirección.
—Paolo, ¿te gustaría venir conmigo? —le propuso—. En mi casa tengo muchos más objetos que necesitan ser puestos en orden. Cosas importantes que no pueden permitirse el lujo de perderse.
El niño miró su caja de botones y luego al hombre que le ofrecía una salida.
—¿Habrá silencio? —preguntó con absoluta naturalidad.
—Todo el que necesites.
El niño se puso en pie de inmediato. Cerró la tapa de su caja de botones, la dejó en un rincón y luego tomó la mano que el cura le ofrecía camino de la puerta.
El coche negro los alejó de la Casa de la Misericordia de Olaria mientras una nube de polvo empezaba a cubrir la carretera. El destino era la residencia privada del padre Azariel: una villa sobria y austera situada en las montañas, a unos doscientos kilómetros de la capital.
Al entrar en la vivienda, Paolo caminó sobre el suelo de mármol con pasos cortos, observando la altura de los techos y la disposición de los muebles.
El cura lo dejó hacer, le permitió inspeccionar cada rincón con la frialdad metódica de quien hace inventario mientras él lo observaba en la distancia.
—Esta será tu casa, Paolo. Aquí aprenderás que hay muchas formas de servir, y la más importante de todas es saber dónde se guarda cada cosa.
El niño asintió, su mirada ya perdida en las inmensas estanterías que cubrían la pared del fondo del salón.
Allí, lejos del ruido y del polvo de Olaria, el Padre Azariel comenzaría a moldear a aquel huérfano, convencido de que acababa de encontrar el material más maleable y preciso que jamás había pasado por sus manos.