Origen (La monja detective 3) 1
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VEGA

El cementerio municipal de Meridia no tenía nada que ver con el de la capital.

Mientras que en aquel la antigüedad de piedra y musgo le confería un aire fantasmal, el de la segunda ciudad más importante del País destacaba por su habilidad para integrarse en la naturaleza.

Las tumbas se distribuían de manera precisa y armónica en el amplio valle de césped verde situado junto al río Bork.

En aquel todo eran tinieblas, en este la luz entraba a raudales.

A Vega Baker, el camposanto de la capital siempre le había recordado a Santa Rosalía. Quizás por eso se había sorprendido gratamente al acceder al cementerio de Meridia.

A pesar del motivo que la había llevado hasta allí.

Aquel mediodía, frente a la tumba de Nadia Minsk, la detective no sentía paz, sino un vacío que amenazaba con devorarla.

Era un duelo doble: el de Ferenc Sanedor, cuyas cenizas descansaban bajo el fresno de los Lysander, y el de esa madre que nunca llegó a serlo, enterrada cinco años atrás bajo un nombre que a Vega todavía le costaba pronunciar en voz alta.

Natasha Hygge —Minsk de soltera— permanecía a su lado.

Le había pasado la mano por la espalda pero sin atreverse a hacerlo del todo.

Ese era un gesto íntimo que no estaba segura si le pertenecía.

Aún no. Habían pasado varios días desde que se presentara en la oficina de la calle Baker para soltar la bomba que cambió la realidad de Vega, pero el contacto entre ambas seguía siendo una danza de silencios y cautelas.

—No se parece a ti —murmuró Natasha, rompiendo el silencio mientras depositaba un ramo de flores frescas sobre la lápida—. Quiero decir en cuanto a la personalidad. Nadia era… más blanda. Quizá por eso se rompió tan pronto.

Vega no respondió. Se limitó a observar las fechas grabadas en la piedra.

Nadia Hygge (1975-2021) .

Según el relato de sor Eloísa, Nadia había abandonado Santa Rosalía tras creer que su hija había nacido muerta.

Un año de búsqueda infructuosa por parte de Vega en «archivos muertos» cobraba ahora un sentido doloroso.

No había podido encontrarla entonces porque no buscaba en el lugar correcto.

Y ahora, que por fin la tenía delante, solo era un nombre y unas cifras grabadas en la piedra.

Las dos mujeres salieron del cementerio en silencio y caminaron hacia una pequeña cafetería cercana.

El ambiente era agradable. Unas pocas mesas casi vacías y una música baja que invitaba a la introspección.

Sin embargo, Vega necesitaba las respuestas que no había podido obtener por sí misma, así que fue directa al grano en cuanto el camarero sirvió los cafés.

—Cuéntame qué pasó cuando volvió del convento.

Natasha suspiró, envolviendo la taza con sus manos. Miró a Vega y luego a través del escaparate, a la calle desierta y lluviosa. Le costó comenzar y la detective lo entendía. Para ella debía ser difícil traer de vuelta recuerdos tan dolorosos.

—Llegó completamente cambiada, Vega —se decidió al fin—.

La Nadia que se fue a Santa Rosalía era alegre, algo impetuosa.

La que regresó a casa era un fantasma. Siempre hermética, triste, como si hubiera dejado una parte de su alma entre aquellos muros de piedra.

Tardó meses en abrirse, hasta que finalmente no pudo más y les contó a nuestros padres lo del embarazo y la supuesta muerte del bebé.

Natasha hizo una pausa y, por un momento, su mirada se endureció.

—Tus abuelos eran… de otra época. De otra moral. No entendieron el dolor, solo la vergüenza. La repudiaron allí mismo, en el salón de casa. Fue un escándalo que no estaban dispuestos a soportar. Poco después, decidieron que el País ya no era su lugar. Recogieron sus cosas y se marcharon… Sin Nadia.

»Yo me había casado unos meses antes y en aquella época vivía aquí, en Meridia. Así que tu madre se instaló conmigo y con Ernest, mi marido. Para que todo fuera más sencillo, adoptó su apellido, Hygge. Tratamos de ayudarla en todo lo que pudimos para que consiguiera salir adelante...

En ese instante, la mujer hizo una pausa. Sacó un pañuelo de su bolso y se secó las lágrimas que amenazaban con escapar. Luego tomó aire de nuevo y continuó.

—Pero… pero cuando parecía que al fin conseguía sacar la cabeza, enfermó. Al principio no parecía gran cosa. Dolores de cabeza algunas mañanas que pasaban por jaquecas. Pero cuando los médicos quisieron verla, el tumor estaba muy desarrollado. Resistió todo cuanto pudo pero no fue suficiente.

Vega dejó que el silencio se asentara entre las dos, roto solo por el tintineo de una cucharilla en una mesa lejana. Miró el fondo de su taza, donde el poso del café dibujaba formas caprichosas, tan inciertas como su propio árbol genealógico.

—¿Y él? —preguntó Vega al fin, sin levantar la vista.

Natasha no necesitó que especificara a quién se refería. Miró a su sobrina con los ojos todavía humedecidos.

—Nadia nunca hablaba de él de forma abierta, Vega.

Era como si pronunciar su nombre fuera a convocar a un fantasma al que no estaba preparada para enfrentarse.

Y luego llegó la carta de la monja aquella.

Saber que no estabas muerta, que se había marchado abandonando a su hija, terminó de destrozarla.

—Pero alguien tiene que saber algo sobre mi padre. Alguien en el convento —insistió la detective, pasando de lado por el inimaginable dolor que había tenido que sufrir su madre al saber de su existencia.

—Lo intenté, pedí hablar con la madre superiora, pero ni siquiera se molestó en recibirme.

Al detectar la culpa en los ojos de Natasha, Vega se inclinó sobre la mesa y le acarició la mejilla mientras le dedicaba una sonrisa.

—Solo sé lo que ella susurraba cuando la fiebre del tumor la hacía delirar —confesó Natasha, tomando la mano de Vega entre las suyas—.

Su nombre, sus ojos color miel, su juventud, su fuerza, el modo cómo la miraba…

Entiendo que eso no te sirve de nada, pero es lo único que tengo. Bueno, sí que hay algo más…

Natasha buscó en su bolso y extrajo un pequeño sobre amarillento, gastado por los años.

—Nadia lo guardó hasta el final como si fuera un tesoro.

Vega tomó el sobre. Dentro no había fotos, solo un recorte de una nota de entrega de suministros del convento con fecha de 1994. En el margen, con una caligrafía firme y angulosa había anotados un par de versos.

En este mundo de sombras y de olvido

tú eres el único secreto que he jurado custodiar.

Debajo, una firma sencilla: Paolo .

—Es una caligrafía muy cuidada para un chico de su edad —murmuró Vega, pasando la yema del dedo sobre la tinta desvaída.

—Según Nadia lo era.

La detective miró a esa desconocida con la que compartía algo más que la sangre y trató de descifrar la expresión de su rostro.

La culpa seguía ahí, aunque no entendía muy bien por qué.

Luego guardó el recorte en su bolsillo. La palabra custodiar se le quedó grabada.

Tenía un nombre y un rastro de tinta. El archivo de su vida acababa de recibir su primera dosis de oxígeno.

—Gracias. —Vega se puso en pie mientras se ajustaba la chaqueta negra—. Me temo que mi viaje a Santa Rosalía no ha terminado todavía.

—Siento no haber sido de gran ayuda —dijo entonces Natasha dejando escapar otro suspiro.

—Me has ayudado más de lo que crees.

—¿Volveremos a vernos? —Esta vez la mujer habló bajando la vista al suelo.

—Estoy segura de que sí. Ahora somos familia, ¿no?

Natasha asintió alzando de nuevo unos ojos que, ahora sí, dejaban escapar sin ningún pudor la humedad que habían estado conteniendo hasta ese momento. Vega le sonrió y luego se dirigió hacia la puerta.

Al salir de la cafetería, la lluvia de Meridia la recibió con una frialdad renovada.

Vega caminó hacia el coche con la mano apretada sobre el recorte.

Sabía que buscar a Paolo la llevaría de vuelta a los muros de piedra de su infancia, como también que no era la única búsqueda en la que se iba a embarcar.

Había otro nombre de rostro anónimo con el que tenía una cita pendiente y estaba convencida de que también terminaría dando con él.

Estaba convencida de que, más pronto que tarde, encontraría a El Secretario.