Origen (La monja detective 3) PRÓLOGO
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Origen (La monja detective 3)

Origen (La monja detective 3)

Por Fco J. Rodenas

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PRÓLOGO

Para Virginia e Ismael,

mis lectores cero .

La primera señal fue el parpadeo de la vela. Después, los pasos. Lejanos todavía. Apagados, tal vez, por la piedra y la distancia.

Pero inconfundibles.

El archivero levantó lentamente la vista del manuscrito que tenía abierto sobre la mesa. Permaneció inmóvil durante unos segundos, escuchando. Pese a todo, necesitaba confirmar lo que parecía un hecho: alguien recorría en esos mismos momentos el Salón Sixtino de manera apresurada.

No una persona.

Un grupo probablemente.

No mostró sorpresa. Tampoco miedo. Se limitó a cerrar el volumen con cuidado y luego abrió su bolsa de cuero.

Había imaginado aquel momento demasiadas veces como para permitir que lo pillara desprevenido.

Se puso en pie.

La sala permanecía sumida en una penumbra casi absoluta.

Decenas de lámparas de aceite iluminaban con enorme esfuerzo una pequeña parte de las galerías que se extendían más allá.

Estanterías interminables desaparecían en la oscuridad cargadas de pergaminos, registros, cartas y documentos acumulados durante siglos.

El corazón secreto de la Iglesia.

El lugar donde descansaban verdades que jamás debían ver la luz.

El hombre recorrió la estancia con la mirada y se permitió, pese a todo, que una sensación de tristeza le atravesara de parte a parte.

Había dedicado media vida a custodiar aquellos archivos. Conocía cada pasillo. Cada sala. Cada escondrijo.

Y también sabía qué merecía ser salvado.

Los pasos sonaron esta vez más cerca, más pesados. Aquellos que venían en su busca ya habían comenzado a descender las escaleras de piedra. Apenas disponía ya de unos minutos y no los pensaba desaprovechar.

Tomó una pequeña llave de hierro que colgaba de su cuello y abrió un compartimento oculto en una de las paredes. Dentro aguardaban varios documentos cuidadosamente protegidos. No eran muchos. Ni siquiera llenaban una caja.

Pero valían más que cualquier tesoro conocido.

Fue guardándolos uno a uno en la bolsa. Por sus manos pasó correspondencia privada entre pontífices, tratados desaparecidos, actas que jamás llegaron a hacerse públicas, confesiones, pactos. Nombres.

Miles de nombres.

Los verdaderos cimientos sobre los que se había construido el poder.

Vaciló apenas un instante antes de sacar el último volumen. Uno más grueso que los demás. Tenía la encuadernación ennegrecida por el tiempo y ningún título figuraba en la cubierta. Conocía aquel libro mejor que cualquier otra persona viva.

Pasó lentamente la mano sobre el cuero y luego lo guardó junto al resto.

Los pasos ya resonaban al otro lado de las galerías. Una luz apareció fugazmente entre las estanterías. Era el resplandor de las antorchas.

—Ya están aquí —susurró el archivero al tiempo que tomaba la vela con un gesto preciso.

Cerró la cartera y se la colgó al hombro. Después se dirigió hacia una pared aparentemente idéntica a las demás. Allí descansaba una pequeña figura de piedra representando a un ángel sin rostro. Apoyó la mano sobre ella y la hizo girar noventa grados.

Un sonido seco atravesó la estancia y las entrañas de la pared comenzaron a moverse. Muy lentamente, como si despertaran tras un sueño de siglos. Una de las estanterías se desplazó apenas unos centímetros. Los suficientes como para que un cuerpo pequeño como el suyo pudiera pasar.

Al otro lado había un pasadizo. El archivero observó una última vez la sala. Aquellos archivos habían sido su hogar durante años. Tal vez décadas. Había perdido la cuenta y tampoco importaba ya.

Las voces llegaron desde el extremo opuesto de la galería. Órdenes, pasos que sonaban apresurados, gritos, sombras oscilantes por debajo de la puerta…

Entró en el túnel y desapareció, devorado por las sombras del pasadizo. La estantería volvió a cerrarse tras él justo cuando las primeras antorchas irrumpían en la sala.

La oscuridad lo envolvió por completo.

Avanzó guiándose únicamente por la frágil luz que le proporcionaba la vela. El túnel descendía unos metros más adelante y luego giraba para bajar de nuevo. Un laberinto de humedad y piedra antigua, construido generación tras generación, que olía a muerte.

Nadie conocía aquellos pasadizos mejor que él. Los había recorrido tantas veces que podría haberlos atravesado con los ojos cerrados.

Por encima de su cabeza se extendía Roma, ajena a su huida, ajena a la verdad que llevaba consigo. Ajena a aquellas catacumbas olvidadas que en otros tiempos habían sido el refugio de muchos. Luego solo caminos que conectaban lugares que jamás deberían haber estado conectados.

El archivero siguió avanzando, siempre adelante, durante un tiempo que se le antojó eterno. Hasta que comenzó a escuchar algo diferente.

El murmullo del agua corriente.

El sonido de la vida siguiendo su curso.

La salida estaba cerca, lo sabía.  Finalmente llegó al pie de una escalera metálica fijada a la roca. Tan precaria como vital para su futuro. Comenzó a ascender con cuidado. Peldaño a peldaño.

Sin mirar atrás.

Cuando empujó la trampilla, la luz del amanecer lo obligó a entrecerrar los ojos. Ante él discurrían las aguas del Tíber. Grises. Lentas. Impasibles.

Roma despertaba a esas horas. Los comerciantes comenzaban a montar sus puestos. Los carros cruzaban las calles empedradas. Las campanas anunciaban la primera misa del día.

Y, a lo lejos, dominándolo todo, se alzaba la cúpula de San Pedro.

El hombre permaneció observándola durante unos segundos. No había rabia en su mirada. Tampoco resentimiento. Solo una extraña serenidad. Como la de quien ha aceptado hace mucho tiempo que ciertas guerras jamás terminan.

Ajustó la correa de la cartera sobre su hombro y comenzó a caminar.

Nadie reparó en él.

Era un hombre más.

Uno cualquiera.

Exactamente como debía ser. Como había sido siempre.

Se perdió entre la multitud mientras la ciudad continuaba con su rutina. Y cuando el sol terminó de elevarse sobre los tejados de Roma, el Archivista Fantasma había desaparecido.

En los pasillos del Vaticano comenzó a extenderse la leyenda de aquel hombre gris e indolente que había llegado a alcanzar una peligrosa influencia dentro del seno de la propia Iglesia. Un hombre que tenía en sus manos el mayor poder al que alguien puede aspirar: la información.

Unos decían que todavía estaba allí, vagando entre las sombras de las entrañas vaticanas.

Otros que huyó.

Otros que nunca existió.

Lo que nadie supo nunca es que, aquella mañana en la que se vio por última vez al Archivista Fantasma, esa figura difusa se había difuminado para dar paso a alguien nuevo.

Alguien que, décadas después, algunos empezarían a llamarlo de otra manera.

El Secretario.