4
VEGA
El limpiaparabrisas iba y venía con un ritmo metronómico que, lejos de resultarle relajante, conseguía irritar a Vega. La ciudad había quedado detrás diez minutos antes y ahora solo tenía por delante la carretera solitaria y mojada de un día de lluvia.
Otro más.
Como el de unos meses antes, cuando se produjo su regreso a Santa Rosalía tras haber dejado de ser la «hermana María de la Vega» para convertirse en Vega Baker.
Pero hoy el paisaje se le antojaba distinto.
Ya no era la detective que acudía a resolver la desaparición de una novicia o la muerte de una persona muy querida; ahora era una mujer buscando el rastro de un fantasma llamado Paolo.
En el bolsillo de su cazadora, el recorte de la nota de suministros de 1994 parecía emitir calor.
Aquellos versos — «En este mundo de sombras y de olvido / tú eres el único secreto que he jurado custodiar» — se habían convertido en una obsesión.
Su tía Natasha, a la que apenas acababa de conocer, le había dado el nombre y una breve descripción: ojos color miel y un trabajo inconcreto en el convento. Nada más.
—Pero tendrá que ser suficiente —se dijo para sí mientras forzaba la vista para poder ver la carretera entre el aguacero que caía en esos momentos sin misericordia.
Vega hizo unos movimientos de cuello con el vano propósito de relajar los músculos.
Todavía le costaba procesar que sor Eloísa, la mujer que había regido su vida con puño de hierro y silencios calculados, le hubiera ocultado su origen durante treinta años.
Recordaba la confesión de la monja tras el caso de los Custodes: cómo ella y la hermana Ángela salvaron a Nadia en la biblioteca, cómo decidieron que el escándalo era inasumible y cómo le arrebataron a una madre su hija diciéndole que había nacido muerta.
«Lo decidí yo —le había dicho sor Eloísa con esa frialdad que pretendía pasar por piedad—, para salvar el convento».
Pero en aquella confesión faltaba una pieza. El hombre. El padre. Paolo.
Cuando el campanario de Santa Rosalía emergió entre la lluvia, Vega sintió una punzada de rechazo, como cada vez que regresaba. El edificio, con su campana caída y olvidada en un rincón del patio, seguía pareciendo una jaula de piedra diseñada para enterrar algo más que un viejo códice maldito.
Aparcó frente a la reja oxidada y se subió el cuello de la chaqueta.
Luego caminó lo más deprisa que pudo entre la cortina de agua y los abundantes charcos del suelo.
Llegó junto a la puerta con la incertidumbre de quien no sabe cómo va a ser recibida.
Esta vez no traía una placa de detective ni el beneplácito de las altas jerarquías eclesiásticas.
Traía una deuda de sangre.
Una monja que no recordaba de su última visita la recibió con el recelo de quien se encuentra ante una desconocida. Eso era Vega ahora en Santa Rosalía: una desconocida, una extraña, una intrusa incluso.
Vega no se molestó en las formalidades. Pidió hablar con la madre superiora y la monja la hizo pasar todavía con cierta sombra de duda en su rostro.
Ambas cruzaron el claustro ignorando el murmullo de las novicias que fregaban el suelo —como ella misma había hecho tantas veces en otra vida— y se dirigieron directamente al despacho de sor Eloísa.
La monja entró primero y, apenas un par de minutos después, abrió la puerta y se hizo a un lado para que Vega pudiera pasar.
La madre superiora estaba sentada tras su escritorio, rodeada de carpetas que parecían no tener fin.
Al ver entrar a quien había sido su discípula, levantó la vista con una lentitud exasperante.
El paso de los meses y, sobre todo, los acontecimientos que se desencadenaron tras la desaparición de Talía, no habían conseguido suavizar su expresión severa.
—Así que ya estás de vuelta —dijo la monja con un punto de sarcasmo, dejando el bolígrafo con una parsimonia estudiada—. Pensé que este capítulo de tu vida había quedado cerrado definitivamente.
La detective sintió cómo le ardía algo por dentro, pero no permitió que se reflejara en su rostro.
Se sentó frente a sor Eloísa sin esperar invitación y dejó que el silencio la ayudara a serenarse.
No había vuelto a Santa Rosalía movida por rencillas personales y no pensaba darle el gusto a la monja de enzarzarse en una discusión que no iba a conducir a nada.
—La última vez que hablamos, me dijo que no sabía quién era mi padre —arrancó Vega, lanzando las palabras con tanta serenidad como virulencia—. Y yo la creí porque una hermana de la orden de las clarisas no miente. Mucho menos su madre superiora.
—No mentía entonces y no miento ahora —replicó sor Eloísa, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Nunca supe quién era tu padre.
—¿Me puede decir entonces qué significa esto? —Vega sacó el recorte de 1994 y lo dejó sobre la mesa, justo encima del informe que sor Eloísa estaba leyendo—. Mi padre estuvo aquí. Trabajaba en Santa Rosalía. Se llamaba Paolo.
Por primera vez en años, Vega vio una grieta en la armadura de la monja. Fue un movimiento mínimo: una contracción de las pupilas, un leve temblor en las manos que Eloísa ocultó de inmediato bajo su hábito. La mención de aquel nombre era un conjuro que la monja no esperaba escuchar.
—¿De dónde has sacado esto? —preguntó sor Eloísa, señalando el papel con una voz que había perdido su habitual seguridad.
—Eso no importa. Lo que importa es que usted estaba aquí en 1994 y debió conocer a ese chico. ¿Cuántos hombres habría en aquella época en el convento? ¿Dos? ¿Tres? No me irá a decir que no conocía a ese Paolo que le escribía versos de amor a mi madre.
El silencio que siguió fue denso, cargado con el peso de tres décadas de secretos compartidos solo con las piedras. Sor Eloísa miró el papel amarillento, repasando los versos con expresión distante.
—Aunque no lo creas —dijo—, en aquella época había muchos muchachos por aquí. Era el precio que debíamos pagar por mantener abierto Santa Rosalía. De vez en cuando nos mandaban a un puñado de huérfanos para que les enseñáramos lo esencial.
—Y Paolo era uno de ellos.
—En realidad no. Él vino para ayudar en las labores de mantenimiento del convento. Lo mismo arreglaba una puerta que ayudaba en el huerto.
—¿Y cómo llegó aquí? —insistió Vega, inclinándose hacia delante—. Porque no querrá que me crea que simplemente apareció de un día para otro.
—Te recuerdo que entonces yo no era más que una joven monja.
—Eso no es una respuesta.
—Me temo que es la única que tengo.
En ese punto, las dos mujeres se miraron en el silencio del despacho, sin que ninguna de las dos pareciera dispuesta a ceder.
—Era un huérfano, Vega. Nada más. —La monja entrelazó sus dedos sobre la mesa—. Un chico que un clérigo generoso trajo aquí para que aprendiera humildad y contención. Un par de manos que nos ayudaban en todo lo que le pedíamos… Paolo era un joven serio, devoto. Solo eso.
—Supongo que debe quedar registro de ese generoso clérigo —aventuró finalmente Vega.
—Se trataba de un sacerdote de Meridia, según creo. Él trajo al chico y él se lo llevó de un día para otro sin dar ninguna explicación. No sé nada más.
—¿Entonces lo buscó? —A Vega se le encendieron los ojos al escuchar aquellas palabras—. ¿Buscó a Paolo?
—Hace algunos años.
—¿Y qué motivo podría tener la madre superiora del convento de Santa Rosalía para buscar en sus archivos a un chico que pasó apenas una temporada entre sus muros?
Un punto de rubor subió a las mejillas de la monja. También en este caso trató de disimularlo sin mucho éxito. Era un señal que indicaba algo más profundo, sentimental incluso, muy alejado de su carácter hermético.
—Sería irónico que sor Eloísa, la hermana que ha dirigido con puño de hierro las riendas de esta sagrada institución, que es incapaz de mostrar sentimiento alguno ni empatía por nadie, también se haya dejado llevar alguna vez por los instintos más terrenales.
La monja fulminó a Vega con la mirada. Le estaba costando mantener el tipo pero, aun así, y aunque el evidente nerviosismo de sus manos la delatara, consiguió mantenerse impasible.
—No tienes derecho a venir aquí y remover cenizas que no te pertenecen —sentenció sor Eloísa, tratando de recuperar su autoridad—.
Lo que ocurrió entonces es agua pasada. Y, de todos modos, Nadia fue una novicia que faltó a sus votos, que traicionó la confianza que Santa Rosalía había depositado en ella… Esa es la única verdad.
—¡Nadia solo era una niña! ¡Una niña a la que le robaron su vida! —le espetó Vega, poniéndose en pie de golpe.
Sor Eloísa se mantuvo inmóvil, pero su respiración seguía agitada.
—Vete de aquí, Vega —murmuró la monja, señalando la puerta—. No sé quién te ha llenado la cabeza con estos nombres, pero en Santa Rosalía ya no queda nada para ti.
—Se equivoca. Ahora es cuando realmente empieza mi búsqueda. Y si tengo que dar la vuelta a cada piedra de este convento para saber quién era mi padre, lo haré. Que no le quepa duda.
Vega salió del despacho dejando la puerta abierta de par en par. Mientras recorría los pasillos de vuelta a la salida, sintió que las paredes la observaban. Sabía que sor Eloísa no le contaría nada voluntariamente, pero su reacción había sido la confirmación que necesitaba.
Al cruzar el umbral del convento, la lluvia seguía cayendo. Se detuvo un instante bajo el arco de piedra tratando de recuperar el aliento. Luego entró en el coche y sacó su teléfono. Tenía varios mensajes de Argus que todavía no pensaba contestar.
Miró una última vez el convento bajo la lluvia y regresó a aquel trozo de papel de 1994. Contenía los versos juveniles de un chiquillo enamorado, pero había algo más. Al fin y al cabo, era una nota de registro para suministros de una empresa de Meridia.
La lluvia, como si se tratase de la banda sonora de su vida, tamborileaba sin cesar sobre el techo metálico del vehículo.
Dentro del mismo, la detective se enfrentaba a una disyuntiva de difícil solución.
Meridia al sur. La capital al frente. Un padre que debía dar respuesta a preguntas que hasta hacía poco no se había formulado.
Un fantasma cruel que había arruinado su existencia y había asesinado a su amigo.
Paolo.
El Secretario.
Vega introdujo la llave en el contacto, pero no arrancó de inmediato. Miró hacia la carretera que la llevaría a Meridia, al rastro de ese sacerdote y de una empresa de suministros que dejó de existir hace décadas. Era la llamada de la sangre, el deseo de ponerle un apellido a su propia existencia.
Sin embargo, al bajar la vista, vio sus manos sobre el volante y recordó el frío del cuerpo de la hermana Ángela y el sonido del último suspiro de Ferenc.
No podía permitirse el lujo de ser solo una hija.
El Secretario, ese nombre que Lucía había pronunciado con un miedo antiguo, no era un fantasma del pasado; era un asesino del presente.
Metió primera y giró el volante en dirección contraria, hacia la capital. Meridia tendría que esperar. Primero encontraría al hombre que había diseñado su desgracia y, solo cuando el último de sus cómplices estuviera en Vesení, se permitiría el derecho de buscar a Paolo.