Orgullo* Capítulo 20 #5
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Capítulo 20 #5

—Estaba enfadado. Contigo por ser tan atractivo. Conmigo mismo por no saber controlarme. Si no me hubieras rechazado con tanta firmeza, no sé lo que habría pasado.

Leo rio.

—Supongo que ya sentía cierta atracción por ti en aquel momento, pero la antipatía que te tenía era más fuerte.

—No sabía que fueras tan vanidoso —se burló Dante, regándole el cuello de besos.

—No fue solo por tu comentario, o por la manera en que me tratabas. Era que… —Leo chasqueó la lengua—. Te juzgué, sin conocerte, pensaba que no eras más que otro gay reprimido que usaba a las mujeres como tapadera mientras que…

Dante se detuvo para mirarlo.

—Pensabas que engañaba a Carolina.

—Sí. Pero ahora supongo que no.

—Ella siempre lo ha sabido. Álvaro también —aclaró—.

A Caro y a mí no nos venía nada mal que la gente pensara que estábamos juntos: yo quería seguir en el armario y ella…

Ella no quería que estuvieran dándole todo el día la vara con eso de que «se buscara un novio» cuando no quería tener nada formal con nadie.

Así que es verdad que ella era mi tapadera, pero yo también fui la suya y no hubo engaño por ninguna de las dos partes.

—Nunca entendí tu necesidad de permanecer oculto hasta que… —Se obligó a mirarle a los ojos—. Hasta que leí tu carta. Si algo así me hubiera pasado de adolescente…

—No le des más vueltas a eso. He perdido demasiado tiempo permitiendo que lo que ocurrió defina mi vida. No voy a seguir dándole a nadie ese poder sobre mí.

—Ya, pero sigo sintiéndome mal por cómo te traté la otra vez que nos acostamos.

—Yo también. Fui un imbécil. Y un arrogante.

Conocía tus principios, pero estaba tan convencido de que me deseabas que pensé que, por mí, estarías dispuesto a saltártelos.

Me avergüenzo tanto de haberte pedido que fueras un secreto…

No es eso lo que te mereces. E hiciste bien en rechazarme.

Tardé un tiempo en darme cuenta, pero comprendí que si quería merecer a alguien como tú, era yo quien tenía que cambiar.

—¿Y de verdad que ahora no te asusta ni un poquito haber salido del armario de la manera más escandalosa posible? —preguntó. Dante negó con la cabeza—. ¿Ni siquiera aunque nos hayan sacado como un millón de fotos? —Volvió a negar. Leo bajó el tono de voz—. ¿Ni por tu tía?

Para su sorpresa, Dante sonrió.

—Mi tía nos ha ayudado mucho, seguro que se alegra cuando se entere; le encanta sentirse útil —aseguró.

Leo frunció el ceño—. Piénsalo bien: de no ser por lo que hizo, ir a tu casa a hablar contigo…

Ella creyó que podría amedrentarte, pero no te conoce como yo: eso es imposible.

—Leo sonrió ante el halago—. Y también sé que tu honestidad te habría obligado a decirle que yo no te importaba si de verdad fuera así.

Al ver que te negaste a darle una respuesta cerrada, entendí que aún me quedaba una esperanza.

—Yo también lo entendí cuando Álvaro me contó que discutiste con ella por mí.

—Él sabe perfectamente lo que siento por ti.

Álvaro me conoce mejor que yo a mí mismo.

Supo que me ibas a gustar antes de que yo me diera cuenta.

Cuando te dije que es como un hermano para mí, no te mentía: siempre hemos cuidado el uno del otro de esa manera.

Por eso hice lo que hice con respecto a Lara.

—Pero también hiciste algo para que volvieran a estar juntos.

—No hice nada —negó—. Solo decirle a Álvaro que me había equivocado, que era un idiota y que no debería hacerme caso nunca más.

En cuanto entendió la profundidad de su…

de nuestro error, hizo lo posible por enmendarlo.

No sabes cuánto me alegro de que Lara haya podido perdonarlo, aunque supongo que yo también le debo una disculpa.

—Pero sí que hiciste algo con respecto a Lidia —musitó.

—Leo, mírame —pidió. Leo había bajado la mirada, pero le obedeció y se perdió en sus increíbles ojos castaños—.

Lo que te dije ayer es cierto: haría cualquier cosa por ti.

Y cuando, aquella noche, en el campamento, te echaste a llorar en mis brazos, supe lo que tenía que hacer y lo hice.

Y lo haría mil veces más si hiciera falta.

Leo se quedó en silencio un momento, asimilando la magnitud de lo que Dante había estado dispuesto a hacer por él. Sintió un nudo en la garganta y se apretó un poco más contra su pecho antes de volver a hablar.

—¿Entonces por qué estabas tan distante cuando me viste hace dos semanas en Cibeles?

—Porque estaba nervioso. No sabía cómo comportarme contigo, o qué esperar de ti. Solo quería tirarme a tus pies, pero temía que volvieras a rechazarme.

—¿Querías tirarte a mis pies? —Leo sonrió con lujuria, dejando que la lengua le asomara entre los labios—. ¿Arrodillarte de nuevo en frente de mí? —Dante asintió, sus manos descendiendo lentamente hacia sus nalgas—. Te morías por otro pollazo en la cara —ronroneó.

—Rabazo, querrás decir.

—¿Cómo?

—Yo tengo polla, tú, cariño mío, tienes rabo.

Leo puso los ojos en blanco.

—¿No me digas que vamos a ser una de esas parejas odiosas que les ponen motes a sus penes?

El rostro de Dante reflejaba la más absoluta felicidad.

—Mucho me temo que sí.