Orgullo* Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

Como para demostrarlo, terminó de penetrarlo con una profunda estocada.

Leo arqueó la espalda con un jadeo ahogado, atrapado por la brutalidad del impacto, y ese estallido de entrega fue la señal que Dante necesitaba.

Las embestidas se volvieron más rápidas, más intensas, una cadencia perfecta que arrastraba a Leo hacia el precipicio.

Sus manos arañaron desesperadas las sábanas a los lados, arrugando la tela en un intento inútil de aferrarse al colchón mientras su cuerpo se mecía indefenso bajo el peso de cada embate.

Su polla, abandonada a su suerte y palpitando contra su vientre, estaba tan al límite que goteaba de manera constante sobre su abdomen.

Leo la rodeó y empezó a masturbarse con un ritmo frenético, salvaje, buscando un resquicio de control en medio de todo ese placer que lo estaba desintegrando.

Al ver a Leo masturbarse, los ojos de Dante se encendieron aún más.

Con los dedos hundidos en sus caderas, aceleró el ritmo con una urgencia indomable.

Cada embestida era más honda, más húmeda y más implacable, empujando su cuerpo contra la superficie blanda de la cama, obligándolo a acompasar el vaivén de su mano con el ritmo brutal de sus caderas.

—Leo, mírame… Joder, mírame. Córrete conmigo, cariño —gruñó Dante.

Leo, con los ojos anegados en lágrimas de puro placer, asintió, incapaz de apartar la vista del hombre que lo dominaba por completo.

Dante inclinó el cuerpo hacia delante, eliminando la poca distancia que los separaba, y Leo clavó las uñas en sus hombros, buscando su contacto desesperadamente.

Atrapó sus labios en un beso rabioso, posesivo, ahogando sus propios jadeos en la cresta del orgasmo y, con una violenta sacudida, se quebró del todo, derramándose sobre su ombligo en un estallido caliente y denso.

Al sentir los espasmos de su entrada aprisionándolo, Dante soltó un gemido ronco contra su boca y se vació dentro de él con dos estocadas, entregándose por completo a la tormenta que llevaba toda la noche conteniendo.

El silencio regresó al ático, roto tan solo por sus exhaustas y desacompasadas respiraciones.

Dante se dejó caer a su lado, abrazándolo por la cintura con una fuerza reconfortante, y pegó la frente contra el hombro de Leo, respirando el mismo aire, unidos por la humedad de sus pieles y el peso de una entrega absoluta.

Se quedaron un momento así, unidos, escuchando el latido desbocado de sus corazones.

Dante se alejó lo suficiente para quitarse el condón y volvió a tumbarse sobre él.

—Voy a mancharte —dijo Leo, sintiendo cómo la humedad de su abdomen quedaba atrapada entre sus cuerpos.

El peso de Dante extendió el fluido caliente por su vientre, creando un roce pegajoso e íntimo que atrapaba el calor de ambos.

—No me importa —afirmó Dante con pasión, besándolo de nuevo. Lo envolvió con sus enormes brazos y lo miró fijamente a los ojos—. ¿Vas a pasar la noche conmigo? —Leo asintió despacio—. ¿Y puedo volver a follarte?

—¿Aún tienes ganas de más, semental?

—Tú también tienes ganas de más —le contestó. Leo rio, incapaz de negarlo—. ¿Eso es un sí?

—Sí.

—Genial. —Dante volvió a agarrar una de sus cadenas y lo atrajo para volver a atrapar sus labios—. Entonces será mejor que no te las quites de momento.

Cuando Leo despertó a la mañana siguiente, se encontró con que Dante lo miraba. Estaba tumbado de lado frente a él, un brazo bajo la cabeza, el otro apoyado en su cintura. En cuanto vio que abría los ojos, lo rodeó para atraerlo hacia sí.

—Buenos días —le dijo con su voz dulce y grave, antes de besarlo.

A pesar de que acababa de tener la noche de sexo más intensa de toda su vida y de que se sentía agradablemente dolorido, el cuerpo de Leo respondió con entusiasmo bajo las sábanas.

El aroma amaderado de Dante, diluido con el más almizclado del sexo, se metía en su nariz, en sus poros, lo envolvía por completo.

Correspondió el abrazo, enroscando las manos alrededor de su cuello, metiendo los dedos en su pelo, rodeando su espalda mientras el beso se intensificaba.

Se sentía enamorado, más que nunca antes, pero eso no le causaba la menor desazón, quizás por la certeza de que Dante sentía exactamente lo mismo.

Dante rompió el beso y hundió su cara en el cuello de Leo.

—Acabo de pasar la mejor noche de mi vida —le oyó suspirar—. Eres el hombre más guapo, más sexi y más increíble que he conocido jamás.

—¿En serio? —ronroneó Leo—. Pensaba que no era para nada tu tipo.

Dante se separó de él para mirarlo con extrañeza.

—¿De qué hablas?

—Y un suicidio comunicativo —siguió. Las cejas de Dante se unieron aún más—. Un chico de periferia con un micrófono y muchas ganas de llamar la atención.

Casi pudo ver cómo el reconocimiento se dibujaba en su rostro.

—¿Escuchaste eso? —se sorprendió. Leo asintió y Dante cerró los ojos mortificado—. Solo lo dije porque… —Los abrió de inmediato—. ¿Por eso me odiabas? ¿Porque dije que no eras mi tipo?

Leo se encogió levemente de hombros.

—Que un tío tan bueno como tú diga esas cosas acerca de mí… —susurró juguetón, pegando aún más su cuerpo al de Dante—. Me dolió en el corazoncito.

Dante rio, apretándose contra él.

—No hablaba en serio. O en parte sí —le aclaró—. No es que no me gustaras, pero al verte supe que, si no tenía cuidado, iba a terminar loco por ti.

—¿Lo supiste nada más verme? —preguntó, dibujando círculos con la yema de los dedos en sus pectorales. Dante asintió—. Pero si fuiste superborde conmigo aquella noche.

—Ese era yo, intentando tener cuidado —repuso, agarrando su talle con más fuerza—. No me funcionó .

—¿Por eso escuchabas el podcast, porque yo te gustaba?

—Al principio no. Pensé que eso me daría argumentos para poder criticarte con conocimiento.

Pero todo lo que decías… Tus opiniones tan firmes, tus principios, la manera en la que te expresabas…

Supongo que, en parte, siempre sentí envidia de ti, de lo libre que eras, mientras que yo no me sentía capaz de mostrarme y…

No sé. Creo que eso fue lo que al final más me atrajo.

Para cuando volvimos a vernos en el Peacock’s, ya estaba bastante colado por ti.

Y encima estabas tan guapo aquella noche.

—No hice más que el ridículo —recordó.

—Eso no es cierto. Te mostraste tal y como eres, y no hay nada más sexi que eso.

—Eso no fue lo que dijiste en el baño.