Orgullo* Capítulo 20 #3
95%

Capítulo 20 #3

Dante soltó un gruñido sordo cargado de un deseo y una docilidad que encendieron la sangre de Leo, y frotó la nariz contra su creciente erección, aspirando su aroma. Luego elevó la mirada como pidiéndole permiso.

Aún con los dedos enredados en su cabello, Leo asintió levemente.

Dante abrió la bragueta con manos expertas, lo tomó por la base y empezó a lamerle el glande, recorriendo la carne con maestría, para luego engullirlo hasta el fondo.

Succionaba con una pasión que dejaba a Leo sin aliento, demostrándole una vez más que dominaba cada rincón de su cuerpo.

Con la cabeza apoyada contra la pared, Leo sintió cómo el placer le recorría toda la espalda. El eco de sus jadeos empezó a llenar el ático, y solo se extinguió cuando Dante se detuvo y se puso de pie.

Fue en ese instante cuando la chaqueta esmeralda de Leo terminó de resbalar por sus hombros, siseando al caer al suelo.

Dante se quedó sin aliento. La luz de la calle se filtraba por el ventanal, haciendo que las cadenas doradas destellaran sobre el torso desnudo de Leo, subiendo y bajando al ritmo de su agitada respiración.

Dante clavó la mirada en el metal que acariciaba aquella piel y sus ojos se oscurecieron por completo.

—Eres un provocador —gruñó con la voz rota.

Estiró la mano y atrapó entre los dedos una de las cadenas.

Tiró de ella, haciendo que el metal se tensara sobre la piel de Leo, obligándolo a inclinar el pecho hacia delante.

Con la otra mano, se desabrochó la camisa con una lentitud deliberada y volvió a tirar de la cadena, haciendo que el torso de Leo se apretara contra el suyo.

El roce del metal entre sus cuerpos provocó en Leo una punzada de deseo tan repentina que tuvo que contener el aliento.

Dante bajó la cabeza y lo mordió en el cuello, justo en la unión con el hombro, arrancándole un gemido ahogado .

—Me has tenido toda la puta noche al borde del colapso con estas cadenas —le susurró contra la oreja, haciéndolas tintinear entre sus manos y manteniéndolo aprisionado contra su cuerpo—. Me has creado un nuevo fetiche.

—No sabía que te iba la bisutería barata.

—Pues no sabes lo cara que te va a salir la ocurrencia.

Leo soltó una risita, pero el sonido se le ahogó en la garganta cuando Dante retrocedió, alejando el cuerpo del suyo pero sin aflojar su presa.

Los eslabones tiraron de su cuello, obligándolo a avanzar.

Con erótica lentitud, Dante enroscó el extremo de las cadenas alrededor de sus propios dedos, tensando el metal hasta que este se ciñó a la piel de Leo como un collar brillante.

Sus ojos se clavaron en los de Leo, fijos, oscuros, prometiendo tormenta.

—A la cama —ordenó Dante con voz grave.

Retrocedió hacia el dormitorio principal, arrastrando a Leo consigo palmo a palmo a través del pasillo.

El sutil tintineo del metal guiando sus pasos era lo único que rompía el silencio del ático.

A Leo las piernas le temblaron, pero no opuso resistencia; fascinado por el peso de la sumisión y por el fuego que le recorría el vientre, avanzó un paso tras otro, con la vista clavada en los anhelantes labios de Dante, sabiendo que acababa de perder el control por completo. Y que le encantaba.

Cuando entraron en la habitación, Dante los hizo girar y lo empujó para que cayera sobre la cama.

Bajo la tenue luz, Dante terminó de desvestirse con movimientos pausados, casi solemnes, sin romper en ningún momento el contacto visual.

Leo admiró la firmeza de su abdomen y la anchura de sus hombros, la rotunda enormidad de su extensión, pero fue la fijeza de esos ojos castaños lo que le hizo contener el aliento: había una adoración tan absoluta y voraz en ellos que a Leo se le encendió la piel antes de que volvieran a tocarse.

Dante regresó a la cama, se deslizó sobre él, atrapándolo entre su cuerpo y el colchón, y lo reclamó con un beso largo, hambriento, que se alimentaba del roce de sus pieles desnudas.

Las manos de Dante bajaron por el torso de Leo, reconociendo cada relieve con una delicadeza que le hizo temblar, hasta que, con un movimiento fluido, volvió a deslizarse hacia abajo, le quitó los pantalones y la ropa interior, y se acomodó entre sus piernas.

Cuando los labios de Dante volvieron a rodearlo, Leo echó la cabeza hacia atrás contra las sábanas, ahogando una imprecación.

Enredó los dedos en el pelo oscuro, arqueando la pelvis, perdiéndose en aquella perfecta cadencia.

Con una devoción implacable y carnal, su boca siguió descendiendo, dejando un rastro húmedo por la base de su dureza hasta detenerse en los testículos, lamiéndolos con pasadas largas, deliberadas, que le arrancaron a Leo un ronco gemido.

Apretó las sábanas con las manos, buscando un anclaje, pero Dante no le dio tregua, le sujetó las piernas por las corvas y las abrió aún más, elevando sus caderas para enterrar el rostro entre sus nalgas.

Cuando aquella lengua rozó su entrada, Leo gritó y arqueó la espalda.

—Dante… Joder… —gimió, más allá de todo control sobre sí mismo.

Sus muslos temblaban mientras Dante seguía explorándole, abriéndole.

El placer era abrumador, la intimidad tan salvaje y desarmante que lo desmanteló por completo.

Su polla empezó a gotear bajo la cadencia de aquellas pasadas firmes y expertas.

Dante devoraba su resistencia hasta hacerle perder la noción de dónde estaba.

Con la cabeza echada hacia atrás, Leo gemía con abandono, completamente entregado al dictado de esa boca.

Y justo cuando Leo iba a perder el sentido, cuando ya jadeos involuntarios abandonaban sus labios, devorado por la inminencia de su orgasmo, Dante se detuvo en seco.

El repentino vacío hizo que Leo soltara un sollozo de pura frustración. Abrió los ojos, con la vista nublada por la excitación, justo a tiempo de ver a Dante trepando por su cuerpo. Sus ojos brillaban de deseo, los labios húmedos y enrojecidos entreabiertos, la respiración acelerada.

—Te lo advertí —susurró Dante, su voz una vibración grave contra la piel de Leo—. Te dije que te iba a salir caro.

Sin darle tiempo a procesarlo, avanzó sobre él, deslizando las rodillas a ambos lados de su torso hasta acorralarlo entre sus muslos.

Presionó su polla contra los labios de Leo, no como una petición, sino como una orden silenciosa.

Y Leo, con el corazón golpeándole las costillas y la sangre encendida por esa deliberada humillación, entreabrió la boca de par en par, rindiéndose por completo a sus deseos.

Dante se inclinó sutilmente y, con un movimiento de sus caderas, lo invadió, obligándolo a engullirlo despacio.

Leo ahogó un jadeo al sentir el grosor ocupando su garganta, intentando abarcarlo por completo.

Al ver que era incapaz, Dante sujetó su nuca con firmeza, guiando el ritmo, mientras Leo usaba los labios y la lengua con una desesperación y una destreza que hicieron a Dante ahogar un gemido estrangulado, pero sin ceder ni un milímetro de su control.

Con los ojos abiertos de par en par, Leo soportó el embate mareado de placer, fascinado por la estampa que se erguía sobre él bajo la luz del ventanal: la silueta recortada de Dante, con el abdomen tenso, el pecho agitado por una respiración cada vez más rota y esos ojos clavados en los suyos, devorando cada uno de sus jadeos, embriagado por el poder de someterlo por completo.

Dante se retiró de su boca con un suspiro ronco, dejando un hilo de saliva plateada que brilló un instante en la penumbra.

Leo se quedó tendido, con los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando con violencia, mendigando aire y anhelando su mirada y aprobación.

Unas manos calientes descendieron por sus costados, estrujándole las nalgas.

Encendido por completo, Leo arqueó las caderas buscando la fricción y Dante, con una autoridad implacable, le sujetó los muslos para arrastrarlo hacia el borde del colchón.

Sin prisa, disfrutando de cada milímetro de poder, Dante estiró el brazo hacia la mesilla para alcanzar el lubricante sin romper el contacto visual.

Vertió una cantidad generosa sobre sus propios dedos y los llevó a la entrada, acariciándolo con paciencia antes de levantar la vista.

Una expresión increíblemente cálida asomó a sus ojos mientras lo abría con una cadencia implacable y experta, estirando el músculo, presionando ese punto exacto que hacía que la cabeza de Leo se vaciara por completo.

No se apresuró; esperó a que Leo estuviera blando y abierto bajo su tacto, saboreando el control de hacerle esperar.

Solo cuando el gemido de Leo se volvió un ruego sordo, Dante se retiró el tiempo justo para desenrollar el preservativo por su extensión. De inmediato, volvió a posicionarse entre sus piernas, le aferró las caderas con dedos firmes pero delicados y lo miró desde arriba.

—Quiero que me mires mientras te hago mío —dijo, su voz una caricia de puro acero.

Se alineó con él, presionando el glande contra su entrada, pero contuvo el avance un momento, obligando a Leo a sostenerle la mirada en una muda súplica.

Solo cuando Leo se relajó, entregándose por completo, empezó a llenarlo despacio.

Leo abrió la boca al sentir la insoportable y maravillosa plenitud de tenerlo dentro.

Dante comenzó a moverse con un ritmo lento, un vaivén corto que fue ganando profundidad y potencia, abriéndolo con una paciencia exquisita.

—No me vayas a preguntar si estoy bien —alcanzó a bromear Leo, con la voz rota por el placer.

Dante soltó una risita, acomodando una de las piernas de Leo sobre su hombro.

—No hace falta. Sé perfectamente cómo estás.