Orgullo* Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Hola, Dante —respondió Leo, sintiendo la garganta repentinamente seca. Había mucha gente a su alrededor pero, como antes, cuando sus miradas se habían cruzado, Leo dejó de percibir todo lo que no fuera el hombre que tenía frente a él.

Dante se puso a su lado y, hombro con hombro, observaron la misma pieza: una escultura de metal que representaba a una mujer intentando entrar en el cajón de las convenciones estéticas.

—¿Cómo estás?

Leo elevó la vista para mirarlo.

—¿Te importa si no te contesto ahora mismo a esa pregunta?

—dijo. Un músculo pareció saltar en la mandíbula de Dante—.

Hay una cosa… Bueno, en realidad, dos cosas que necesito decirte.

—Dante giró el rostro para mirarle, pero guardó silencio—.

Tengo que darte las gracias. En primer lugar, claro, por lo que hiciste por Lidia.

La sorpresa se dibujó en el rostro de Dante.

—Oh, vaya, te has enterado de eso.

—Sí, me he enterado. —Se enfrentó a él—. Lo que no entiendo es por qué no querías que lo supiera .

—Porque no quería que pensaras que lo había hecho para obtener nada a cambio.

—¿Y por qué lo hiciste, entonces?

Dante giró del todo, quedando de frente a él.

—Tú sabes bien por qué.

Leo sintió que su corazón se aceleraba.

—¿Y fue esa la misma razón que te llevó a discutir con tu tía?

Dante cerró los ojos un segundo y negó lentamente con la cabeza, abrumado por la rabia y la vergüenza.

—Solo hice lo que consideré correcto —admitió, con la voz cargada de frustración—. Ella no tenía derecho a censurar tus textos, no porque esté en desacuerdo con ellos, y mucho menos por la antipatía que te tiene.

Leo bajó la mirada.

—Ya, ya me he dado cuenta de que no me soporta.

—Sé que fue a tu casa para hablar contigo. Leo, yo no sabía que ella haría algo así… Me siento tan avergonzado que no sé ni cómo disculparme.

Leo elevó el rostro.

—No tienes que disculparte conmigo. Ni por eso, ni por ninguna otra cosa.

—Ni tú necesitas darme las gracias. Por nada —le aseguró con pasión—.

Haría lo que fuera por ti. Leo, yo… —Dante dejó la copa en la bandeja de un camarero que pasaba junto a ellos, sin dejar de mirarlo ni un momento—.

Sigo sintiendo por ti lo mismo que en marzo, sigo deseando lo mismo.

Para mí no ha cambiado nada, pero… —Dante dio un paso más, quedando tan cerca que Leo pudo oler su perfume amaderado.

Sus ojos bajaron un segundo a los labios de Leo antes de volver a su mirada—.

Si para ti tampoco ha cambiado nada, por favor, dímelo ahora.

Una sola palabra tuya me callará para siempre.

—Todo ha cambiado, Dante. Todo —le aseguró. Dante esbozó una sonrisa cálida y sincera y se acercó un poco más a él—. Pero…

Dante cerró los ojos un momento.

—Por mi vida, que sabía que habría un pero.

Leo sonrió a su pesar. Sentía una creciente opresión en el pecho.

Sabía que estaban rodeados de prensa, de la familia y de los amigos de ambos.

Recordó las palabras de la ministra, sus advertencias y amenazas, pero todo eso le daría igual si no fuera porque, seis meses antes, Dante le había dicho que si quería estar con él, tenía que ser un secreto.

Y por muy enamorado que se sintiera en ese momento, sabía que ni sus principios, ni sus escrúpulos, ni su amor propio le permitirían aceptar las migajas de un romance clandestino.

—No estoy dispuesto a ser el secreto de nadie. Ni siquiera el tuyo —le dijo con suavidad.

Dante lo miró y su expresión no varió ni un ápice.

—Está bien.

Leo parpadeó, atónito.

—¿Está bien?

—Sí.

—Y no pienso ser nada discreto —añadió Leo, apretando los puños, queriendo asegurarse de que Dante entendía lo que le estaba diciendo.

—Lo sé. Tu outfit ya dejaba eso bastante claro, de todas formas —añadió con la sombra de una sonrisa bailándole en los labios.

Leo abrió la boca para decir algo más, dispuesto a soltar un torrente de advertencias sobre el escándalo, las consecuencias y su incapacidad de mantenerse callado, pero Dante lo interrumpió de la forma más inesperada.

Una sonrisa limpia, la primera sonrisa de verdad que Leo le veía en meses, iluminó su rostro antes de soltar una risa ahogada.

Verlo reír así, tan libre y tan ajeno al peso del mundo, derribó la última defensa de Leo.

—Leo, por favor, dime de una vez que quieres salir conmigo.

Los ojos de ambos se quedaron clavados en los del otro. Leo no sabía qué decir, así que no dijo nada. Dio el último paso que los separaba, lo agarró por la nuca y, atrayéndolo hacia sí, estrelló su boca contra la de Dante.

Él respondió al instante, soltando un suspiro contra sus labios. Le rodeó la cintura con los brazos, pegándolo contra su cuerpo y profundizando el beso.

A su alrededor, el murmullo de la sala se detuvo en seco, sustituido casi de inmediato por varias exclamaciones y el sonido rápido y rítmico de un montón de ráfagas de fotografías.

Los flashes empezaron a destellar a su alrededor, rebotando en las paredes blancas.

Leo sintió un segundo de pánico, pero Dante no le permitió dudar o alejarse; lo apretó tan fuertemente contra su cuerpo que sus pies se separaron un poco del suelo.

Ya no estaba dispuesto a ocultarse de nadie, y el entendimiento de que Dante había decidido ser libre y de que había decidido serlo con él le provocó una explosión de felicidad en el pecho.

Leo se olvidó de la prensa, de los fotógrafos, del mundo entero y se entregó a aquel beso con abandono, enroscando las manos en su pelo, aferrándose al hombre que estaba dispuesto a dinamitar toda su vida solo por poder estar con él.

Cuando el beso se rompió por fin, ambos se miraron, jadeantes. Eran conscientes de que se habían convertido en el centro de atención.

—¿Y ahora? —preguntó Leo con la voz trémula.

Dante lo miraba con una enorme sonrisa en los labios.

—Ahora sonreímos, saludamos y nos vamos de aquí con la mayor discreción posible.

Leo respondió a su sonrisa y se dispuso a hacer precisamente eso.

Dante había estado bastante desencaminado: ni todas las educadas sonrisas del mundo pudieron sacarlos del atolladero en el que ellos mismos se habían metido.

Intentaron salir del palacio con la mayor dignidad posible, pero terminaron a carrera limpia por el vestíbulo, evitando fotógrafos y esquivando invitados.

Se metieron en el primer taxi que encontraron libre al salir a la calle, cerrando las puertas de golpe para dejar atrás el acoso de los flashes.

Mientras el coche devoraba los semáforos en dirección al barrio de Justicia, Leo apoyó la cabeza en el respaldo del asiento, con el corazón desbocado y el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético.

Al girarse para mirar a Dante, que mantenía la vista fija en la ventanilla con una media sonrisa dibujada en los labios, los fogonazos de lo que acababa de ocurrir empezaron a reproducirse en su mente a cámara lenta.

Recordó la cara de Lucas, que se había quedado con la copa de champán a medio camino de la boca y los ojos como platos, antes de que una sonrisa de absoluto triunfo le partiera el rostro.

Recordó a Lara, que en mitad de la ráfaga de flashes le había lanzado una mirada cargada de un orgullo tan puro que a Leo casi se le saltaron las lágrimas allí mismo.

Había visto de reojo a Álvaro asentir con la cabeza, una muda aprobación, a Lidia, que lo miraba con la boca abierta, y a su madre, Maribel, llevándose las manos a las mejillas entre la estupefacción y el absoluto deleite de ver a su hijo besándose con un futuro marqués.

Y, por supuesto, recordó a Cayetana Valcárcel.

La ministra se había quedado rígida como una estatua a escasos metros de ellos, con la copa temblándole ligeramente en la mano y una expresión de horror pintada en el rostro.

Su heredero acababa de reventar el escaparate de la dinastía familiar delante de toda la prensa cultural de Madrid.

Dante estiró el brazo en el asiento y le buscó la mano. Sus dedos se entrelazaron con fuerza, trayendo a Leo de vuelta al presente.

—¿Estás preocupado? —le preguntó con dulzura.

—¿Lo estás tú? —contraatacó.

Dante negó suavemente.

—Ya no —le dijo.

El taxi acababa de detenerse en una calle tranquila y señorial, flanqueada por fachadas clásicas de balcones de forja y portales imponentes.

El portalón del edificio se abrió al instante.

El portero, un hombre maduro que saludó a Dante con un discreto cabeceo, ni siquiera pestañeó al ver la corbata torcida de Dante o la agitación del pecho de Leo, parcialmente al descubierto bajo la chaqueta, mientras cruzaban el umbral.

Subieron en el ascensor hasta el ático y, en cuanto la llave giró en la cerradura de la puerta y esta se cerró tras ellos, el aislamiento absoluto del piso los envolvió.

No llegaron ni a encender las luces. En mitad de la penumbra, Dante se giró hacia Leo y lo empujó contra la pared.

Se buscaron a tientas, con urgencia, y se besaron con hambre y anhelo.

Dante se quitó la americana y la corbata de un tirón, dejándolas caer al suelo, y volvió a abrazarlo, pero Leo, en vez de corresponderle, puso las manos sobre su pecho y lo apartó ligeramente.

Mientras sostenía la mirada de Dante, una sonrisa canalla y salvaje le cruzó el rostro.

—Así que quieres que te dé rabo otra vez… —susurró.

Dante sonrió con complicidad.

—Al menos me has besado primero.

—¿Quieres o no? —Su tono fue más firme esta vez.

Dante le rodeó el talle y gruñó con pasión.

—Sí, por favor .

Leo elevó la barbilla con chulería y le dijo:

—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

En un segundo se había quitado las gafas y estaba arrodillado ante él. Leo se desabrochó la chaqueta y Dante le acarició la cintura con las manos y le mordisqueó el abdomen.

—Qué fácil es ponerte de rodillas. Me encanta lo obediente que eres —ronroneó, acariciándole el cabello.