Orgullo* Capítulo 20
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Capítulo 20

Capítulo

Veinte

El primer fin de semana de septiembre llegó envuelto en el bullicio propio de los grandes eventos de la capital.

El Palacio de Cibeles lucía imponente, con grandes banderolas que anunciaban «Miradas diversas» colgando de su fachada de piedra.

Para Leo, subir la escalinata principal flanqueado por las tres mujeres de su vida fue una victoria que se empeñó en saborear a cada paso.

Maribel, elegantísima con un vestido que se había comprado para la ocasión, caminaba del brazo de Lidia, luciendo un minivestido de lentejuelas magenta y unas sandalias joya que se enroscaban en sus pantorrillas como serpientes.

Lara y Leo iban uno al lado del otro; él, espectacular y descaradamente sexi, vestía una chaqueta color esmeralda, cuajada de brillos, que llevaba abierta sobre el pecho, cubierto tan solo por unas finas cadenas doradas.

Con un toque de eyeliner que resaltaba sus ojazos azules y unos pantalones negros de talle alto, Leo rompía cuellos a su paso.

A su lado, Lara, con un vestido en oro rosa que destellaba bajo los focos de la entrada, le apretaba el brazo de vez en cuando, compartiendo un nerviosismo que se respiraba en el aire.

—¡Hay muchísima gente! —le dijo ella mientras entraban.

—¿Nerviosa?

—¡Sí! —exclamó Lara, hundiendo la cara en el hombro de su amigo como si se sintiera avergonzada—. ¿Y tú ?

Leo asintió.

—También.

Pero sus nervios no tenían nada que ver con los focos, la prensa o las obras expuestas en el Palacio de Cibeles.

El nudo en su estómago y cada detalle de su vestuario tenían una única causa y objetivo: Dante estaría allí, y Leo quería asegurarse de que no pudiera apartar los ojos de él en toda la noche.

Las salas de exposición estaban abarrotadas.

Periodistas, críticos de arte, políticos de primera y segunda línea y un sinfín de rostros conocidos del Madrid cultural se mezclaban entre las obras.

«Miradas diversas» mostraría la obra de más de diez artistas que rompían con los cánones establecidos; un compendio de voces del colectivo LGTBI, creadores con diversidad funcional y realidades disidentes que utilizaban el arte como trinchera frente a la normalidad impuesta para mostrar todo lo que quedaba en sus márgenes.

El estallido libre y vanguardista de los creadores y sus acompañantes contrastaba violentamente con los trajes de chaqueta y corbata.

Había multitud de colores, maquillajes y cuerpos diversos junto a los que el atrevimiento de Leo no resultaba extraño, sino orgánico.

Se sentía a salvo entre los suyos, cómodo en su propia piel, lo que reducía sus nervios a una única e inevitable expectativa: encontrar los ojos de Dante entre la multitud.

El espacio era imponente; los techos altos de Cibeles albergaban desde macroinstalaciones fotográficas hasta proyecciones de vídeo en bucle que captaban la atención de los visitantes.

Unos metros más adelante, junto a la escalinata que conectaba con la siguiente planta, Álvaro los esperaba.

El comisario iba impecable, con un traje de chaqueta granate y, en cuanto vio aparecer a Lara, una enorme sonrisa se dibujó en su cara.

Se acercó a ellos y saludó al grupo, pero sus ojos no se apartaban de los de Lara con una devoción tan evidente que Maribel tuvo que disimular una sonrisa y se puso a cuchichear con su hija, ocultándose tras su folleto.

—Esto está siendo un éxito absoluto —les dijo Álvaro, acompañándolos hacia la tercera planta—. Y vuestra obra es la que está generando, con diferencia, mayor interés.

Al llegar arriba, Leo comprendió a qué se refería.

La sala asignada a sus piezas estaba de bote en bote.

Observó a perfectos desconocidos detenerse frente a las cartelas de metacrilato, leer sus palabras con el ceño fruncido o una mueca de emoción, y luego levantar la vista hacia los potentes retratos de Lara.

Ver aquello le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal.

No tardaron en encontrarse con Lucas y Germán, que se habían quedado rezagados contemplando una de las obras de mayor formato. En cuanto Lucas los vio, se acercó al grupo a saludarlos.

—¡Ey! —Abrazó a Leo—. ¡Pero si estás guapísimo!

—Gracias.

—Ten cuidado, que con esas pintas, a lo mejor mi novio te intenta besar otra vez —bromeó.

Leo sintió que se ruborizaba mientras le lanzaba una miradita a Germán.

—De hecho, no voy solo a intentarlo. —Germán lo cogió por los hombros y le plantó un beso en cada mejilla. Luego lo miró de arriba abajo—. Ciertamente, estás arrebatador: no había visto un atuendo tan atrevido en toda mi vida.

—Mi hermano, la estrella de cine —dijo Lidia con cierta sorna, saludando a la pareja y poniendo un brazo sobre los hombros de Leo. Con aquellos tacones era más alta que él—. A lo mejor, por fin le sale un novio esta noche.

—Calla —pidió él. Un nudo en la garganta le recordó que los deseos de su hermana no estaban tan lejos de los suyos propios.

Lara y Álvaro se acercaron al grupo y Lucas exclamó en dirección al comisario:

—¡Esto es una locura! Felicidades.

—Gracias. —Álvaro le estrechó la mano y saludó también a Germán—. Sí que lo es. —Rodeó a Lara por la cintura y añadió—: No podría estar más contento esta noche.

—¿Recuerdas cuando creíamos que había mucha gente en la inauguración de «Fuera de plano»? —soltó Lucas en tono jocoso.

—Sí —repuso Leo, dándose cuenta de que su amigo tenía razón. Hacía casi un año desde aquella otra exposición y no pudo evitar pensar cuánto habían cambiado las cosas para todos ellos desde entonces.

Lidia, entusiasmada, sacó el móvil para inmortalizar el momento.

—Poneos juntos, que os saco una foto con ese cuadro de ahí detrás —les pidió, orgullosa.

Leo y Lara se colocaron bajo los focos de la sala, sonriendo a la cámara mientras Lidia disparaba varias veces.

Fue justo en el segundo en que el destello del flash se apagaba cuando Leo sintió el peso inconfundible de una mirada clavada en su nuca.

Guiado por un magnetismo puramente instintivo, desvió la vista por encima de las cabezas de los asistentes hacia la galería abierta que daba al patio interior del palacio.

Dante estaba allí.

A solo unos metros de distancia, flanqueando la comitiva oficial del Ministerio, Dante iba impecable con un traje azul. Mantenía una postura formal mientras caminaba junto a un cargo público y asentía a sus explicaciones, pero sus ojos, muy abiertos, estaban clavados en Leo.

Sus miradas se cruzaron, amortiguando todo el ruido, los flashes y el murmullo de fondo.

A Leo se le cortó la respiración. Dante no apartaba los ojos de él; le sostuvo la mirada con una fijeza cargada de tensión antes de bajar por su torso.

Sus ojos brillaban con tal intensidad que hicieron que el vientre de Leo estallara en llamas.

Quiso moverse, avanzar hacia él para acortar la distancia, pero en ese mismo instante el tumulto se agitó a su alrededor.

Varios jefes de protocolo comenzaron a organizar a la gente; la megafonía del palacio anunció que los discursos institucionales iban a comenzar en el patio central y Dante se vio obligado a seguir los pasos de su comitiva.

La corriente de asistentes comenzó a descender hacia el patio central.

En el centro del espacio, sobre un pequeño estrado decorado con los logotipos del evento, Cayetana Valcárcel ya se colocaba tras el atril, impecable, rígida y exhibiendo un semblante tranquilo y amable que Leo sabía que solo era una fachada.

¿Cómo podía haber pensado alguna vez que Dante se parecía a ella?

La ministra empezó un discurso en el que elogiaba la «valentía, crudeza y necesidad» de las obras expuestas.

A Leo se le revolvió el estómago por la hipocresía que destilaban sus palabras, pero, pinkwashing o no, el Ministerio les había dado un escaparate impagable.

Miles de personas visitarían y admirarían aquellas obras gracias al talento de los artistas y a la integridad del comisario.

Al final, el arte había logrado colonizar las instituciones; nadie, ni los políticos ni la austeridad de la derecha, iba a poder quitarles el derecho a celebrar su propia existencia.

Cuando terminó el discurso y se sirvió el cóctel, la rigidez del protocolo se diluyó.

Leo aprovechó el revuelo general para escabullirse de los demás.

Al fondo de la sala sur, podía ver a Lucas y a Germán charlando junto a uno de los retratos.

Germán reía de algo que Lucas acababa de susurrarle al oído y le colocaba con suavidad el cuello de la camisa.

Ver a su amigo tan sumamente feliz, viviendo su amor a plena luz y sin disculparse ante nadie, le dio a Leo un vuelco de ternura en el corazón.

Unos metros más allá, Lara y Álvaro compartían confidencias cerca del pasillo de los ventanales.

No se tocaban, pero su lenguaje corporal, la forma de inclinarse el uno hacia el otro y la complicidad de sus risas hablaban por sí solas: volvían a estar juntos, y esta vez parecía de verdad.

Leo desvió la mirada de sus amigos, en busca de un impecable traje azul entre la multitud.

Recorrió la estancia, barriendo con los ojos el espacio en un intento casi desesperado por dar con él.

Se detuvo un instante junto a una de las piezas, conteniendo el aliento, maldiciéndose por haberlo perdido de vista.

—Felicidades, Leo.

La voz, grave y familiar, le llegó desde la espalda, erizándole la piel.

Leo se giró despacio. Dante estaba allí, a menos de un metro de distancia, con una copa de champán en la mano que ni siquiera parecía haber probado.

Tenía las mejillas encendidas y lo miraba con una intensidad que amenazaba con prender fuego a las paredes del palacio.