Orgullo* Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

Leo no se lo pensó dos veces. Sacó el móvil para cotejar los archivos y se encaminó hacia la primera cartela.

Se tomó el encargo al pie de la letra, revisando minuciosamente hasta la última coma, la tipografía, los saltos de línea y el espaciado.

Avanzó panel por panel, absorto en la lectura, sintiendo cómo el nudo que llevaba albergando varios días en el estómago empezaba a deshacerse al comprobar que la crudeza, la dignidad y la verdad de sus palabras volvían a estar impresas allí, acompañando las potentes miradas de los retratos de Lara.

Cuando terminó con el último texto, Leo exhaló un suspiro de puro alivio y guardó el móvil en el bolsillo.

—Está perfecto, Álvaro. Está como…

Se interrumpió al darse cuenta de que estaba hablando solo. Álvaro no estaba a su lado, y Lara, que hacía unos minutos andaba revisando el marco de uno de sus óleos, también había desaparecido de su vista .

Leo caminó despacio por el distribuidor, rodeando el gran panel central que dividía la sala sur en dos ambientes. Justo al doblar la esquina, en el estrecho pasillo que quedaba oculto entre la estructura de pladur y los ventanales que daban a la calle Alcalá, los encontró.

Lara estaba acorralada contra la pared blanca y Álvaro la sostenía por la cintura. Ambos estaban en mitad de un beso tan apasionado que ni siquiera lo habían escuchado.

Leo dio un paso atrás, carraspeando ruidosamente para no prolongar su papel de voyeur .

El sonido hizo que la pareja se separara de un brinco. Lara se recolocó nerviosa el mechón de pelo tras la oreja, con las mejillas encendidas, mientras Álvaro intentaba recuperar la compostura, alisándose la camisa con una sonrisa culpable.

—Vaya, vaya… —dijo Leo, cruzándose de brazos y mirándolos con una ceja arqueada.

Álvaro se ruborizó y Lara bajó la mirada, muerta de vergüenza, pero con una sonrisa delatora en los labios.

—No os voy a interrumpir más. Álvaro, los textos están perfectos. Gracias por todo.

—Leo, yo… —empezó Lara.

—No, no digas nada, no hace falta —la interrumpió él, sonriendo y empezando a caminar hacia atrás—. Seguid a lo vuestro, como si yo nunca hubiera estado aquí.

Álvaro dio un paso al frente. Miró a Leo con una expresión más seria, desprovista de la timidez de un segundo antes.

—Leo, espera. Ya que estamos aquí los tres, en tanta confianza, creo que hay algo que debes saber. —Se giró a Lara—. Tú también, claro, pero esto va sobre todo para él.

Leo frunció el ceño, dando un paso hacia ellos.

—¿De qué hablas?

—¿Recuerdas el error administrativo? —preguntó con ironía—. No hubo ningún error —confesó, negando con la cabeza—. La orden de censura vino del gabinete de la ministra. Querían suavizarlo todo para la foto oficial, ya sabes.

—Ya —dijo Leo—, ya me lo imaginaba.

—Lo sé, yo también. Supongo que no era difícil de adivinar. Yo me planté, pero legalmente me tenían atado por el contrato de exhibición. No tenía herramientas para presionar.

—¿Entonces cómo se solucionó? —inquirió Leo, aunque el corazón empezó a latirle a toda velocidad en el pecho, intuyendo la respuesta.

—Gracias a Dante —soltó Álvaro con total naturalidad—.

En cuanto te marchaste de la sala aquella tarde, se plantó en casa de su tía.

Tuvieron una bronca monumental. Dante le dijo que si no restauraban tus textos, dimitiría de su puesto de asesor, airearía los motivos en la prensa y desvelaría ciertos trapos sucios.

Leo sintió que las piernas le flaqueaban.

La imagen de Cayetana Valcárcel irrumpiendo en su salón a la mañana siguiente, furiosa, severa y exigiendo un juramento de que no se acercaría a su sobrino, cobró un significado nuevo.

No había ido a su casa porque le hubieran llegado unos rumores, sino porque Dante la había desafiado abiertamente por él.

Había arriesgado su carrera y su posición familiar por proteger el trabajo de Leo.

—Supuse que debías saberlo —dijo Álvaro, dándole a entender que sabía bastante más de lo que Leo había supuesto—. Por si acaso fuera importante para ti.

Lara los miraba confundida.

—¿Pero por qué…?

Álvaro la cogió de la mano con una naturalidad que parecía confirmar que la reconciliación era total.

—¿Te parece si te lo cuento luego, mientras cenamos?

—Vale. —Lara parecía preocupada por su amigo, pero también ansiosa por irse con Álvaro—. ¿Estarás bien? —le preguntó.

—Sí, sí —se apresuró a contestar Leo—. Iros ya, tortolitos.

La pareja se fue y Leo se quedó un momento más en mitad del pasillo de pladur, rodeado por las imágenes de rostros valientes que no se habían escondido ante nada.

Miró sus propios textos impresos en la pared y, por primera vez en todo el verano, la frase de Instagram de Dante dejó de ser una losa amarga de derrota.

La victoria no estaba perdida. Dante seguía en la partida, y acababa de hacer el movimiento más audaz de todos.

Leo apretó los puños, sintiendo cómo el miedo que lo había mantenido paralizado todo el mes se transformaba en una urgencia abrasadora. Ahora le tocaba a él mover ficha.