Orgullo* Capítulo 19 #2
90%

Capítulo 19 #2

El final de agosto trajo consigo un pequeño cambio de temperatura que Madrid agradeció con creces, pero para Leo, el verdadero alivio no vino del cielo, sino de una llamada de Los Alcorques confirmando el alta definitiva de Lidia.

El día del regreso, el sencillo piso de Maribel pareció recuperar un bullicio que hacía meses se había extinguido.

Maribel se había pasado la mañana cocinando los platos favoritos de su hija, y el olor a sofrito, a canela y a hogar flotaba en el pasillo como una bienvenida.

Lidia entró junto a su hermano, arrastrando su maleta, con el pelo algo más largo que a principios de verano y una expresión en los ojos que, aunque conservaba su chispa habitual, tenía un anclaje nuevo, una serenidad antes desconocida en ella.

—Madre mía, qué bien huele —dijo Lidia, soltando el bolso en el suelo y abrazando a su madre con una fuerza que hizo llorar a Maribel al instante—. No llores, mamá, que ya estoy aquí. Y vengo muerta de hambre, que nadie me hace comidas como las tuyas.

Leo las contempló desde el umbral de la cocina, con los brazos cruzados y una sonrisa que le nacía del pecho, dando gracias secretamente porque todo el horror de julio hubiera quedado atrás.

Después de una comida ruidosa, en la que Lidia acaparó la conversación contando las anécdotas más absurdas de sus terapeutas y compañeros, Maribel empezó a recoger la mesa mientras los hermanos se quedaban sentados frente a los restos del café.

Fue entonces cuando el tono de la tarde cambió de manera natural, volviéndose más íntimo .

—Ayer hablé con la abogada —les contó Lidia, bajando la voz y jugando con el asa de su taza—. Me dio algunas noticias.

Leo se apoyó sobre la mesa, prestando toda su atención. Maribel detuvo el tintineo de los platos en el fregadero, escuchando también.

—¿Y bien? —preguntó Leo.

—Sheila ha denunciado formalmente —anunció Lidia.

Una pequeña sonrisa, mezcla de orgullo y alivio, asomó a sus labios—.

Parece ser que después de hablar conmigo y de ver que yo no me echaba atrás, se armó de valor.

Y no es la única, Leo. La policía ha estado tirando del hilo del entorno de Oliver y han localizado a otras dos chicas que…

Pasaron por lo mismo que yo con Oliver, pero que tenían demasiado miedo para hablar.

Leo sintió una oleada de calor en el pecho.

—Eso cambia las cosas por completo —dijo, asimilando la información.

—Sí —Lidia asintió—. Dice la abogada que eso demuestra un patrón. Unido a unos antecedentes que ya tiene y al riesgo de fuga, la jueza ha decretado que se quedará en prisión provisional hasta que se celebre el juicio.

Maribel se giró desde el fregadero, secándose las manos en el delantal, con los ojos empañados pero una expresión de firmeza que Leo rara vez le veía.

—Pues espero que se pudra en la cárcel —sentenció con voz trémula.

—Para mí, esto ya es una victoria —confesó Lidia, mirando a Leo directamente a los ojos—. Saber que no está en la calle y que… que otras chicas se hayan animado a denunciarle. Siento que he conseguido algo.

Leo le tendió la mano por encima de la mesa y Lidia se la apretó con fuerza.

—Es que has conseguido algo. Eres muy valiente, Lidia.

Ella le sonrió con ojos llorosos.

—Gracias por todo, a los dos —dijo tendiendo una mano hacia su madre—. Sé que no os lo he puesto fácil. Pero habéis estado a mi lado y… —La voz se le rompió—. Gracias.

Maribel no tardó ni un segundo en cruzar la cocina para envolver a su hija en un abrazo apretado, llorando esta vez de puro alivio.

Leo se sumó, rodeándolas a las dos con sus brazos, sintiendo el calor de su familia y la certeza de que, aunque el camino judicial sería largo, el primer asalto lo habían ganado.

Más tarde, cuando Lidia se retiró a su habitación con la excusa de empezar a organizar la ropa y los apuntes del módulo que retomaría en octubre, Leo se quedó a solas con su madre en la cocina.

Maribel terminaba de colocar los vasos en el armario con una parsimonia que delataba que tenía algo rondándole la cabeza.

—Leo —dijo de pronto, sin mirarlo—, supongo que ahora que tu hermana está en casa y que parece que las cosas se están encauzando, querrás retomar tus planes.

Leo la miró, confuso, mientras dejaba el trapo de cocina sobre la mesa.

—¿Qué planes?

—Los de buscar piso y eso. —Maribel se dio la vuelta, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—.

Sé que antes de que pasara todo esto estabas pensando en independizarte, que ya tienes una edad y un buen trabajo en el periódico…

No quiero que sientas que tienes que quedarte aquí a cuidarnos.

Lidia y yo vamos a estar bien. Yo me apaño, te lo prometo.

Leo se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros con suavidad.

—Mamá, mírame —le pidió. Maribel levantó la vista—. No tengo ninguna prisa por irme de aquí.

—Pero, Leo, necesitas tu libertad y tener tu propio espacio.

—Aquí siempre he tenido libertad. Lo del espacio está más complicado, pero…

—Sonrió, haciéndole ver que estaba bromeando—.

No estoy mirando pisos, ni me estoy planteando mudarme.

Aún nos queda pasar por el juicio y quiero ver que Lidia esté totalmente asentada en su rutina.

No me voy a ir, no de momento —sentenció.

Maribel suavizó la mirada, y la tensión que llevaba acumulada en los hombros pareció evaporarse—.

Y además —añadió Leo con una sonrisa pícara para romper el drama—, Lidia lo acaba de decir: nadie cocina como tú. ¿Qué voy a hacer yo sin tus tortillas?

Su madre soltó una pequeña risa ahogada y le dio un golpe cariñoso en el brazo antes de abrazarlo por la cintura.

—Eres un buen hijo, Leo.

Leo le devolvió el abrazo, mientras su mirada se perdía hacia los tejados del Perchel a través de la ventana de la cocina, y sintió cómo la normalidad volvía a asentarse entre aquellas paredes.

Desde el cuarto de Lidia se escuchaba la música que acababa de poner, a un volumen extrañamente moderado.

Y supo que, en ese momento, no necesitaba nada más.

La última semana de agosto trajo consigo un amago de rutina que empezó a animar el ambiente.

En La Redacción se notaba ya el regreso escalonado de la plantilla de vacaciones, y aunque la actualidad política seguía a medio gas, Leo empezó a encadenar un artículo tras otro mientras empezaba a pensar en la nueva temporada del podcast. Sin embargo, la calma que por fin respiraba en casa no terminaba de trasladarse a su cabeza, que seguía fija en el Palacio de Cibeles.

El último viernes del mes, mientras Leo apuraba un café frente a la pantalla de su ordenador, el móvil vibró sobre la mesa. Era Álvaro.

—Leo, buenas noticias —anunció el comisario en cuanto descolgó—. Me acaban de llamar de la Secretaría de Cultura. Dicen que ha habido un error administrativo con los contenidos de las cartelas. Que lamentan la confusión y que reinstaurarán tus textos originales de inmediato.

Leo arqueó una ceja, dejando la taza sobre la mesa.

—¿Un error administrativo? —dijo, escéptico.

—Ya, yo pensé lo mismo —suspiró Álvaro al otro lado de la línea, bajando la voz—.

Por eso les he dicho que de acuerdo, pero no me fío un pelo de ellos.

No voy a dejar que vuelvan a tocar esos archivos.

Pásame ahora mismo los textos definitivos en PDF por correo.

Yo mismo me voy a encargar de llevarlos a la imprenta de confianza con la que trabajo habitualmente y yo en persona pegaré las cartelas de metacrilato en los paneles.

Si vuelven a intentar cambiarlos, tendrán que arrancar el pladur de la pared.

Leo soltó una risita. Sentía una enorme gratitud por la implicación personal de Álvaro en solucionar todo este desagradable asunto. Su firmeza demostraba que, como comisario de la exposición, estaba dispuesto a quemar sus naves por defender la integridad de su obra.

—Muchas gracias. Te los mando en cinco minutos —respondió Leo.

—No, gracias a ti. Y mis disculpas por la parte que me toca.

Me siento profundamente avergonzado por todo esto…

Sólo queda una semana para la inauguración, pero me aseguraré de que todo esté listo.

Te llamaré en unos días, quiero que Lara y tú vengáis a hacer una última revisión a puerta cerrada.

Me da igual lo que digan desde el Ministerio, no pienso abrir al público hasta que me deis el visto bueno, ¿de acuerdo?

Leo no pudo más que darle las gracias.

El miércoles de la semana siguiente, Leo y Lara cruzaron de nuevo el umbral del Palacio de Cibeles.

El ambiente en la tercera planta era muy distinto al de mediados de agosto; el polvo del pladur había desaparecido, el suelo brillaba pulido y un silencio imponente envolvía las salas, roto solo por el eco lejano de sus propios pasos.

Álvaro los recibió a la entrada de la sala sur con una carpeta bajo el brazo y unas ojeras que delataban las pocas horas de sueño de los últimos días, pero con una sonrisa de auténtica satisfacción.

—Todo vuestro —dijo, señalando la galería—. Revisad lo que queráis.