Orgullo* Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo

Diecinueve

La mañana siguiente encontró a Leo tumbado en su cama, un brazo bajo la cabeza, mirando al techo.

Había pasado la noche casi en vela, a causa de lo ocurrido el día anterior.

Al llegar a casa, furibundo, había empezado a escribir un artículo sobre la censura institucional del Ministerio de Cultura que quedó inacabado.

En cuanto se le enfriaron los ánimos, se lo pensó mejor.

Aunque era esto precisamente el tipo de cosas contra las que llevaba años luchando, desde su podcast, sus artículos y su último libro, escribir sobre una situación concreta que le afectaba a él, sin saber siquiera cómo se resolvería el asunto, no era una buena idea.

Y aunque se pusiera en el peor escenario posible y se viera obligado a participar en una exposición que había mutilado sus textos, debía tener mucho cuidado de que cualquier cosa que escribiera al respecto no pareciera una vendetta personal.

Lara lo había llamado un rato más tarde.

—He estado revisando el contrato con Álvaro —le dijo como saludo—.

Él tenía razón: no sería nada fácil salir de «Miradas diversas» así como así.

Aunque la ley nos ampara en contra de la censura de tus textos y podríamos alegar eso o incluso incumplimiento de contrato, tendríamos que contratar un abogado para litigar y…

—Y la exposición se inauguraría antes de que hubiéramos conseguido nada —terminó Leo .

—Exacto. —Lara suspiró al otro lado de la línea—. Álvaro dice que el lunes, a primera hora, empezará a hacer llamadas, a ver qué ha pasado y de dónde ha salido la orden, aunque…

—Esto huele a Cayetana Valcárcel —escupió Leo con amargura.

—¿Tú crees?

—Con la manía que me tiene desde lo de la entrevista… ¿Y viste lo callado que estaba Dante?

—El que calla, otorga —afirmó Lara—. Pero no creo que él lo supiera.

—No sé. Espero que no —había dicho.

Después de aquella conversación se había metido en la cama, pero apenas había conseguido dormir.

Daba vueltas y más vueltas al asunto; cuando dormía, solo conseguía un sueño ligero y lleno de pesadillas.

Ahora, por la mañana, se sentía ansioso y algo triste, y no sentía ningún deseo de levantarse de la cama.

Tampoco era que tuviera mucho más que hacer un sábado a mediados de agosto.

A lo lejos, escuchó cómo el timbre del portal sonaba.

Eran poco más de las nueve y no sabía quién podría estar tocando a esa hora.

Una amiga de su madre, quizás, o el cartero.

Escuchó a su madre moverse por la casa y contestar al telefonillo y no le dio más importancia hasta que los pasos apresurados de su madre se acercaron a su habitación y se abrió su puerta de golpe.

—Leo, la policía está preguntando por ti.

Se incorporó como un resorte.

—¿Cómo?

—Me dijo que era un escolta oficial. No sé, cariño.

Preguntaron por ti y les abrí. Mejor vístete, por si acaso.

—En ese momento sonó el timbre de la casa y Maribel se sobresaltó—.

Voy a abrir. Ponte algo decente. —Su madre volvió a cerrar la puerta, pero Leo la pudo escuchar mascullar—: A ver en qué problema nos habremos metido ahora…

Leo se apresuró a salir de la cama. Se vistió con unos vaqueros y una camiseta mientras oía voces provenientes de la cocina. Salió del dormitorio y se dirigió hacia allí. Nada lo había preparado para lo que encontraría.

En la cocina de su casa, flanqueada por dos policías nacionales, estaba la mismísima Cayetana Valcárcel .

La ministra llevaba una blusa de seda blanca y unos impecables pantalones beige, y lo miraba con severidad.

—Señor Gallardo, buenos días.

Leo desvió un segundo la mirada hacia su madre, que se cerraba la bata sobre el cuerpo y parecía cohibida por el policía que tenía junto a ella, que debía medir casi dos metros.

—¿Qué puedo hacer por usted, señora ministra? —preguntó, intrigado y enfadado a partes iguales por la intrusión de aquella mujer en su hogar.

—Necesito tener con usted unas palabras. En privado, por supuesto.

Leo asintió y la guio hacia el salón, tras hacerle un gesto a su madre para asegurarle que todo estaba bien, aunque él estuviera muy lejos de estar seguro de eso.

Cerró la puerta tras de sí y vio cómo Cayetana observaba con disgusto el sillón desordenado, la palangana con la colada por colocar, los cojines de ganchillo que había hecho su madre.

Leo carraspeó para atraer su atención hacia él.

No iba a permitir que aquella mujer siguiera juzgando, aunque fuera en silencio, su casa.

—Usted dirá.

Cayetana dio un paso hacia él, como si quisiera intimidarlo. Leo no se movió un ápice.

—Supongo que ya sabrá por qué he venido.

Leo negó con la cabeza.

—Lo siento. Pero no tengo la más remota idea.

—Deja de jugar conmigo, jovencito. —El cambio al tuteo no fue casual.

Era una sutil forma de humillarlo—. Desde que nos conocimos no has hecho otra cosa que intentar engañarme, pero no, conmigo no vas a poder.

Voy a ser sincera contigo, aunque tú no me extiendas a mí la misma cortesía.

Me ha llegado el rumor de que tienes una relación con mi sobrino.

Aunque estoy segura de que no es más que una calumnia, pues es imposible que sea cierto, he venido a decirte lo que pienso.

Leo no se permitió reaccionar.

—Si tan convencida está de que tal rumor es mentira —dijo despacio—, no veo por qué tiene la necesidad de hablar del tema conmigo.

—Porque necesito que me confirmes que, como sospecho, es una falsedad.

Leo le sostuvo la mirada.

—Si hay algo que pueda dar credibilidad a ese rumor, si es que de verdad existe, es justamente su presencia hoy aquí.

—¿Si es que de verdad existe? —Las cejas de la ministra se elevaron en un gesto de indignación—. ¿Intentas hacerme creer que no fuiste tú quien lo puso en circulación?

—Ni siquiera lo conocería si no fuera por usted —negó él.

—Entonces, ¿puedes confirmarme que no hay ninguna relación entre mi sobrino y tú?

—No presumo de ser tan honesto como usted y no tengo ninguna intención de contestar a su pregunta.

—Tu insolencia es insoportable. ¿Tienes o no una relación con Dante?

El nombre pareció quedarse suspendido un momento en el aire.

—Usted misma acaba de decir que eso es imposible.

—Lo es, por supuesto que lo es. Pero… No sería mi pobre sobrino el primero en caer en las malas artes de un hombre como tú.

—Si hubiera recurrido a las malas artes —hizo el gesto de las comillas— para seducir a su sobrino, créame que no lo confesaría.

Cayetana dio otro paso hacia él, su rostro muy cerca ahora.

—¿Sabes con quién estás hablando, jovencito?

—Perfectamente. Es usted Cayetana Valcárcel de la Serna, Ministra de Cultura y Patrimonio Nacional, Vicepresidenta segunda del gobierno, viuda de Federico Ramírez de Haro, nuera de Fernando Ramírez Montenegro, primer marqués de Hinojosa por la gloria de Franco. ¿Me olvido de algo?

Cayetana entrecerró los ojos y esbozó una sonrisa siniestra.

—Voy a ser muy clara: no puedes estar con Dante. Es imposible. Él no es… como tú.

Leo recordó la carta de Dante y cómo este le confesaba que su tía lo sabía todo sobre él…

y le había pedido que guardara silencio al respecto.

Cayetana le estaba mintiendo a la cara, intentando hacerle creer la falsedad de algo que ella sabía que era cierto.

Pero Leo también sabía jugar al despiste.

—Pues si tan segura está de que Dante no es homosexual, no entiendo cuál es la razón de su desasosiego —dijo como si tal cosa.

—Dante es mi único heredero. Será el próximo marqués de Hinojosa y su hijo será el siguiente. Así es como debe ser. Mi sobrino es un hombre brillante, podría tenerlo todo: una carrera política impecable, una familia, dinero, conexiones… Todo —remarcó la mujer.

—Por supuesto. Dante puede tener todo aquello que se proponga tener, siempre y cuando sea lo que él desee.

—Claro que él quiere tener esas cosas. ¿Y por qué no iba a querer? ¿Por un homosexual muerto de hambre como tú? —le espetó.

Leo elevó las cejas, casi divertido por aquel intento de insultarle.

—Bueno, estoy seguro de que cualquier homosexual que estuviera con Dante dejaría de ser, inmediatamente, un muerto de hambre —bromeó.

Cayetana apretó la mandíbula.

—¿Así es como me lo agradeces? Todo lo que tienes ahora, tu nuevo trabajo en el periódico y tus apariciones en radio y televisión, es gracias a mí, a la entrevista que te di.

—No, no se equivoque, yo no le debo nada. Mi popularidad se debe al trabajo duro que he hecho durante años y al buen uso que hice del tiempo que usted me concedió para entrevistarla.

—Dímelo de una vez: ¿tienes o no una relación con él? —se exasperó la mujer.

Leo dio un paso hacia atrás y negó con la cabeza.

—No —dijo al final, cansado de la conversación—. No la tengo.

—¿Y me prometes que no te acercarás nunca más a él?

—No pienso hacerle a usted ningún tipo de promesa.

—Te advierto, jovencito, si tú…

—No —la interrumpió Leo—. No se lo voy a permitir. Ha venido usted a mi casa para insultarme de todas las maneras que ha podido y no tengo más que decirle. Por favor, váyase.

—Pero…

Leo se dio la vuelta y abrió la puerta del salón, en una muda invitación. Ella lo miró unos segundos más. Su rostro, terco y serio, debió ser suficiente para convencerla de que no iba a sacar nada más de él. Pasó a su lado de camino a la cocina y le dijo:

—Esto no se va a quedar así.

Leo asintió, tenso y sin mirarla, y escuchó cómo la mujer y los policías salían de su casa, acompañados del torpe intento de despedirse de su madre. Pocos segundos después, Maribel apareció en el salón.

—Hijo, ¿qué ha pasado? —Sintió la mano de su madre sobre el antebrazo y por primera vez se dio cuenta de que estaba temblando—. ¿Qué quería la ministra?

—Nada, ha sido un malentendido.

—Pero, ¿qué…?

—Mamá, por favor —pidió saliendo del salón—, ahora no.

La voz le salió más baja de lo que quería. Cruzó el pasillo, entró en su habitación y cerró la puerta. No volvió a salir en toda la mañana.