Capítulo 18 #4
Leo lo siguió, sonriendo internamente ante la actitud de Álvaro.
Ahora estaba más convencido que nunca del error que había cometido al romper con Lara, porque estaba clarísimo que seguía enamorado de ella.
Caminaron hacia la pared del fondo. El montaje era impecable.
Los óleos de Lara, de gran formato, cobraban una vida nueva bajo los focos de carril.
Lara se quedó absorta, con los brazos cruzados, asintiendo para sí misma mientras Álvaro le explicaba con entusiasmo los detalles de la museografía.
Mientras Álvaro continuaba hablando y los guiaba hacia otra zona, Dante los seguía en silencio, a un paso por detrás de Leo.
Podía sentir su presencia todo el rato, pero no se atrevía a girarse para mirarlo.
Finalmente, llegaron hasta el retrato titulado Maricón y pobre .
Al ver de nuevo el lienzo, Leo recordó la dignidad de aquel hombre mientras les había contado su historia, así como el agradecimiento en sus ojos llorosos cuando había visto expuesta esa misma historia en Nave 8 el otoño anterior.
Se separó un par de pasos del grupo, encaminándose hacia la cartela de metacrilato fijada a la pared.
Había repasado por encima los otros textos mientras paseaban por la exposición, solo para asegurarse de que el formato fuera el adecuado, pero se detuvo a leer este con más atención, queriendo recordar las palabras de aquel hombre.
Leo empezó a leer y, al principio, parpadeó confuso.
Volvió a empezar. A medida que sus ojos recorrían las líneas impresas con una tipografía elegante y sobria, la confusión se transformó en indignación.
Buscó la palabra «tortura». No estaba. Buscó «persecución sistemática».
Había desaparecido, así como la confesión de haber terminado cayendo en la prostitución para sobrevivir.
En su lugar, leyó algo sobre «tiempos de transición» y «los desafíos de la época».
Sintió un pitido en los oídos. Se movió rápido, casi tropezando, hacia el siguiente cuadro: la mujer superviviente de violencia de género.
El texto original de Leo, que señalaba con el dedo la negligencia institucional, había sido sustituido por un párrafo almibarado sobre la «resiliencia femenina».
—¿Pero qué…? —susurró para sí mismo, con la voz quebrada.
Sintió una presencia a su espalda. No era Lara, ni Álvaro. El aroma amaderado y limpio lo delató antes de que hablara. Dante se había acercado, permaneciendo a una distancia prudencial, observando la rigidez en los hombros de Leo.
—¿Ocurre algo? —le preguntó.
Leo se giró hacia él y vio que Lara y Álvaro también lo miraban, extrañados.
—Álvaro, ¿puedes explicarme esto? —preguntó, señalando la cartela que tenía detrás .
—¿Qué ocurre, Leo? —El comisario se acercó a él—. ¿Algún problema con los textos?
—Sí, que los han censurado —afirmó con rotundidad.
Álvaro palideció.
—No puede ser…
—Ya te digo yo que sí. Al menos los dos que he leído con atención. Tengo que revisar el resto.
Leo recorrió de nuevo la sala, revisando esta vez con más atención los textos y comparándolos con los originales, de los que aún conservaba una copia en su móvil, para encontrar que prácticamente todos habían sufrido algún recorte.
—No sé qué decirte, Leo —suspiró Álvaro al final—. Esto no ha venido ni de mí ni de nadie de mi equipo. Puedo asegurártelo.
—¿Entonces de quién? —preguntó, indignado.
—No lo sé, pero… —Álvaro miró a su amigo en busca de respuestas y Leo lo entendió todo.
—Ah, claro. Esto viene de arriba, ¿no?
Dante guardaba silencio. Álvaro dijo:
—No lo sé con seguridad. Te aseguro que llegaremos al fondo de esto.
—No pienso exponer mis textos así. —Leo negó con la cabeza, notando cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos por culpa de la rabia que sentía. Parpadeó para disiparlas—. Si no están íntegros, me niego a participar en esto.
—Lo mismo digo. —Lara se puso junto a su amigo y se enfrentó a Álvaro.
—Lo entiendo. Veré qué puedo hacer. Pero habéis firmado un contrato y…
—¿Y? —lo retó Lara, poniendo los brazos en jarras.
—Y la verdad es que no concibo «Miradas diversas» sin vosotros dos.
Leo permaneció unos segundos sin moverse, con la mirada fija en la sala como si aún pudiera encontrar una explicación a lo que acababa de suceder.
El murmullo de los técnicos, el ajuste de los focos, o incluso las voces de Álvaro y Lara, que habían empezado una tensa conversación, le llegaban como si estuvieran muy lejos de él.
No era solo tanto el cambio de los textos como el descaro con el que se había hecho lo que le descolocaba.
Recordó su entrevista con Cayetana Valcárcel y se preguntó si la ministra tendría algo que ver con todo esto.
Sentía la presencia de Dante a unos pasos de distancia. No se había movido. O quizá sí, pero Leo no se giró para comprobarlo. Le bastaba con saberlo ahí para sentir cómo le hervía la sangre.
Y, sin embargo, lo único en lo que podía pensar con claridad no era en los textos amputados, sino en una frase que había leído demasiadas veces como para fingir que no la entendía.
«La derrota es más amarga mientras más cerca estás de la victoria».
Quizá, se dijo en silencio, todo cobraba sentido si se atrevía a admitir que Dante podía verlo así.
Como una derrota más en su vida. O, peor aún, como algo que nunca había llegado a ser una victoria del todo.