Orgullo* Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—Gracias, pero ya lo sabía. Álvaro me escribió ayer. No me va a pillar por sorpresa verlo aquí.

Germán se encogió levemente de hombros.

—Por si acaso. No me costaba nada avisarte. Tengo que seguir —les dijo en cuanto vio cómo otro de los artistas de la exposición entraba en el edificio—. Os veo luego.

Ambos asintieron y se despidieron de él.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Leo mientras se cerraban las puertas del ascensor.

—No es la primera vez que expongo mi obra, Leo.

—Por ver a Álvaro, idiota.

Lara puso los ojos en blanco.

—No —aseguró con firmeza.

—¿Seguro que no vas a necesitar apoyo moral?

—Para ya. Está superadísimo —le pidió ella. Leo no insistió, aunque había notado que su amiga llevaba un par de días más alterada de lo habitual y con un humor algo cambiante—. Tú primero —le dijo en cuanto las puertas volvieron a abrirse.

Frente a ellos se extendía un distribuidor de techos altos y paredes blancas, atravesado por una luz limpia que hacía brillar el suelo pulido. A un lado, un panel vertical anunciaba el nombre de la exposición junto a una discreta flecha negra que indicaba cómo llegar a la sala sur.

Siguieron la flecha negra por el distribuidor hasta que los paneles de pladur blanco empezaron a acotar el espacio, creando un pasillo que desembocaba en la sala sur. El sonido de un taladro resonó al fondo, seguido por el golpe seco de un martillo y el murmullo de varias voces.

Al doblar la última esquina, la sala se abrió ante ellos.

Era un espacio amplio, bañado por una luz cenital que los técnicos estaban terminando de ajustar.

En el centro de la estancia, Álvaro estaba junto a un operario que, subido a una escalera de mano, movía con cuidado uno de los focos de carril para que el haz de luz bañara uno de los retratos de Lara.

—Un poco más a la izquierda, ahí… Perfecto —decía.

A su lado, observando con atención lo que ocurría a su alrededor, estaba Dante.

El corazón de Leo dio un vuelco. No había esperado encontrárselo allí y verlo fue toda una sorpresa.

Vestía una camisa azul claro, impecable a pesar del calor, con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes que recordaban sus años de entrenamiento.

Lo que, inevitablemente, le recordó también a su famoso selfie.

Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, retrocedió hasta que uno de los paneles lo ocultó de la vista. Lara lo siguió.

—¿Estás bien? Te has puesto pálido.

—Sí —repuso sin mucho convencimiento.

—¿Sabías que iba a estar aquí? —le preguntó Lara, aparentemente igual de sorprendida que él.

—¿Por qué lo iba a saber? No mantenemos el contacto ni nada por el estilo.

—Así que por eso estás así. —La sonrisa de Lara mostraba algo de burla—. ¿Necesitas apoyo moral?

—No, joder… Es solo que… —se interrumpió.

Nunca había encontrado el momento de contarle a Lara o a Lucas el papel que había jugado Dante durante la desaparición de Lidia.

Tampoco lo que había ocurrido aque lla semana en el campamento ni el cambio que sus sentimientos habían experimentado en el último mes.

—Leo, hace… ¿Cuánto? ¿Seis meses desde que te liaste con él? Nunca te había visto así por un simple ligue.

—Ya. Es que no esperaba encontrármelo aquí y me ha dado corte —soltó. Lara lo miraba extrañada—. En serio, es solo eso.

—Vale. ¿Qué crees que hace aquí? —se preguntó, asomándose por el panel para mirar en su dirección—. ¿Habrá venido a acompañar a Álvaro?

Leo había saltado rápidamente a la conclusión de que Dante había querido encontrarse con él, pero se lo pensó mejor. Era lógico que el asesor acompañara a su mejor amigo cuando este estaba a punto de enfrentarse a su ex por primera vez en meses.

—A lo mejor es él quien sí que necesita apoyo moral —propuso Leo.

—Eso pensé. —Lara se mordió el labio inferior—. ¿Crees que él está nervioso por tener que verme?

Leo sonrió.

—Así que ya no sientes nada por él, está superadísimo y puedes mantener la calma —fue su turno de burlarse.

—Eres un imbécil —le recriminó ella—. ¿Tú te puedes poner pálido por un tío con el que te acostaste una sola vez, y yo no puedo ponerme nerviosa por ver a mi ex?

—Nadie ha dicho que no te puedas poner nerviosa. Lo que ocurre es que no dejas de negarlo.

—Estoy nerviosa, ¿vale? Ya está, ya lo he soltado. ¿Contento?

Ella le miraba con los brazos en jarras y los ojos en llamas.

—Sí. Ya estoy contento.

Lara desvió la mirada e hizo una mueca.

—¿Nos damos apoyo moral mutuamente? —propuso.

—Claro que sí, no me separaré de ti si no quieres.

—Gracias. —Lara lo cogió del brazo y lo guio hacia la entrada de la sala—. Y yo tampoco de ti.

Leo fue a replicar cuando escuchó una voz conocida que los llamaba.

—¡Lara! Leo —los saludaba Álvaro. Se había encaramado a la escalerilla para hacer un ajuste él mismo, y al verlos se apresuraba a bajarse para acercarse a ellos. Parecía feliz y rebosante de entusiasmo, pero había cierta cautela en su expresión—. Es un placer veros aquí.

Lara fue la primera en reaccionar. Se separó de Leo y avanzó con paso firme hacia él, haciendo que el eco de sus sandalias resonara sobre el suelo pulido, y le plantó dos besos en la cara.

—Si llego a saber que te interesaba trabajar de técnico de luces, te habría traído un mono de trabajo —bromeó.

—Solo quería asegurarme de que la luz captara bien las texturas de los óleos. —Álvaro se ruborizó visiblemente—. Estoy impaciente por que todo el mundo pueda admirar tu obra.

Dante se acercó también y Leo sintió que el pulso se le aceleraba.

—Hola —les dijo.

Saludó a Lara con dos besos y le dio a Leo un breve apretón de manos.

Leo buscó su mirada, pero la de Dante pasó por la suya un instante antes de desviarse.

Leo sintió la decepción como una piedra que le caía en el estómago.

Se había dicho a sí mismo que, dependiendo de cómo Dante se acercara a él, sabría a qué atenerse, pero la reserva con la que lo había tratado no era nada prometedora y le dejaba más dudas que certezas.

—Dante me está ayudando con algunos detalles de la inauguración —explicó Álvaro, tratando de llenar el silencio con su habitual energía—. Ya sabéis, como la exposición es una iniciativa del ministerio, me viene bien tener a alguien de dentro para ayudarme.

—Yo no trabajo para el ministerio —concretó Dante en tono serio—. No exactamente.

Se formó un silencio incómodo.

—En todo caso —siguió hablando Álvaro, con su desparpajo habitual—, Dante me sirve de mucha ayuda.

Venid conmigo, tengo que enseñaros cómo está quedando esto.

Lara, espero que quedes satisfecha con cómo hemos dispuesto tu obra —añadió mientras avanzaban—.

De no ser así, haremos cualquier cambio…

todo lo que esté en nuestra mano para tenerte satisfecha.