Capítulo 18 #2
—Un alta supervisada, o algo así —explicó Lidia, arrancando una brizna de hierba y dándole vueltas entre los dedos—.
Puedo volver a casa, pero tendré que seguir viniendo a terapia tres veces por semana.
Y en octubre retomo el módulo. Elena dice que tener una rutina me va a venir bien.
Y yo… bueno, yo tengo ganas de seguir. Y de hacer las cosas bien esta vez.
No hubo dramatismo en sus palabras, ni promesas vacías, ni victimismo, sino madurez y una nueva seriedad en sus ojos, que no borraba a la Lidia alocada de siempre, sino que la protegía, como un escudo invisible.
Quizás Oliver le había arrebatado la inocencia pero al mirar la firmeza con la que su hermana hablaba de su futuro, Leo entendió que no había logrado destruirla.
Y él no podía sentirse más orgulloso de ella.
—Ven aquí, enana. —Leo la atrajo hacia sí para abrazarla.
Ella se dejó hacer un momento, antes de apartarlo.
—Para ya, baboso —se quejó, pero, por primera vez en meses, la sonrisa que le dedicó fue completamente limpia y libre.
—A ver si cuando tu hermana vuelva a casa, os seguís llevando así de bien —les advirtió Maribel en un intento de ponerse firme con sus hijos, aunque solo consiguió que le temblara la barbilla—. Que estoy harta de tanta pelea.
—Pues ya sabes —le dijo Lidia, poniendo voz de marisabidilla—: vete preparándote para aguantarme otra vez, porque pienso seguir poniendo la música a tope.
—Qué cruz —bromeó él—, ¿por qué no te quedas a vivir aquí, y así me dejas en paz?
—Vente tú a vivir aquí, si quieres, so idiota.
—Niñata.
—Ya empezamos —suspiró Maribel, pero por la manera en la que lo hizo, no parecía nada descontenta por la situación.
Las teclas del ordenador sonaban amortiguadas en las oficinas de La Redacción aquella mañana de mediados de agosto.
Con la mitad de la plantilla de vacaciones y la actualidad política en vía muerta, el espacio parecía más grande, más silencioso y más frío, gracias al aire acondicionado, pero a Leo le agradaba poder ir allí a trabajar, aunque solo fuera una excusa para salir de casa.
Acababa de poner el punto final a uno de sus artículos, acerca de cómo los prejuicios son la peor venda para los ojos, cuando el móvil le empezó a vibrar. Era Lara.
—Dime —dijo como todo saludo al contestar.
—Me acaba de llamar la coordinadora de exposiciones —anunció—. Quiere que nos pasemos por Cibeles para supervisar algunos detalles del montaje de «Miradas diversas». Ya están empezando a montar la exposición.
Leo parpadeó, regresando a la realidad de golpe. La exposición había quedado relegada en su mente bajo el peso de los acontecimientos del verano, pero septiembre estaba a la vuelta de la esquina.
—No pensé que tuviéramos que hacer nada —admitió Leo, reclinándose en su silla.
—Es simplemente una revisión en sala. Nos piden a los artistas que supervisemos ciertos detalles con el comisario de la exposición.
Leo dejó la taza sobre la mesa y se concentró en juguetear con el asa. La conocía lo suficiente para saber que ese preámbulo ocultaba el verdadero motivo de su llamada.
—O sea, con Álvaro —concluyó Leo por ella, suavizando el tono.
—Sí.
—¿Y? ¿Cómo te sientes ante la perspectiva de tener que verle de nuevo? —preguntó con calma.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Al principio me dio un poco de vértigo, no te lo voy a negar. Pero… No sé. Supongo que sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano. Sabía que tendría que volver a verlo. Y no es como si no se hubiera disculpado.
Leo asintió. Desde que Álvaro se excusara con Lara de cómo habían dejado las cosas, ella había podido pasar página.
Lara nunca había querido contarle de qué habían hablado exactamente o si Álvaro le había dicho cuál era la razón de la ruptura, y Leo tampoco insistió.
Sabiendo lo que sabía, casi prefería no entrar en detalles con ella.
—Disculpa de por medio o no, ¿crees que vas a poder verle y estar tranquila?
—Supongo que sí. Vamos, eso espero —dijo ella—.
Al fin y al cabo, solo salimos durante un par de meses y lo dejamos el año pasado.
No es como si no hubiera tenido tiempo para superarlo.
—Leo la escuchaba en silencio—. Creo que ya no siento nada por él.
El rencor se ha ido, supongo. Y me veo totalmente capaz de tener una relación cordial con él, aunque sea en el ámbito profesional.
Al fin y al cabo, el proyecto es precioso y no voy a dejar que lo que pasó entre nosotros lo estropee, ¿sabes?
—Muy segura te veo… —dejó caer.
Escuchó a Lara resoplar al otro lado de la línea.
—Te paso los datos por correo. —Lara no cayó en su provocación—. Creo que lo que quiere la coordinadora es saber de antemano que ningún artista le va a poner pegas a la iluminación que han diseñado. —Soltó una risita—. Nos querrán presentes si les hacemos mover algún panel o ajustar algún foco.
—Vale.
—Nos vemos luego —dijo ella, antes de colgar.
Leo se quedó inmóvil, mirando la pantalla del ordenador donde su columna de opinión seguía abierta.
Lara se veía capaz de seguir adelante porque, de algún modo, su historia con Álvaro había encontrado un punto final.
Él le había pedido perdón, habían hablado y ahora ella tenía algo concreto a lo que aferrarse o contra lo que reaccionar.
Leo, en cambio, no tenía nada parecido. Sentía que tenía una conversación pendiente con Dante, pero no sabía si esa conversación era ya posible.
Tampoco tenía un horizonte a la vista, nada a lo que esperar.
Quizás no volvería a verlo nunca. Quizás se encontrarían casualmente en algún evento o entorno profesional.
¿Cómo se debería comportar él entonces, como si fueran extraños?
¿Como si nunca hubiera pasado nada entre ellos?
Porque en realidad, tuvo que admitir, no sabía qué había pasado entre ellos.
Nada concreto a lo que pudiera dar nombre.
Nada sólido a lo que aferrarse o contra lo que reaccionar salvo el recuerdo amargo de algo que se había quedado suspendido sin acabar de encajar en ningún sitio y que ahora no parecía tener resolución posible.
El Palacio de Cibeles se alzaba en el corazón de Madrid, justo en la confluencia donde el Paseo del Prado se cruzaba con la calle de Alcalá.
Frente a la fachada principal, el pesado y lento tráfico de agosto rugía alrededor de la célebre fuente, y los leones de piedra de la diosa parecían derretirse bajo el sol implacable de la tarde.
Tras esquivar a un grupo de turistas que se fotografiaban en la escalinata de la entrada, Leo se detuvo un segundo a mirar hacia arriba.
La presencia blanca y catedralicia del edificio, con su alta estructura central de crestas y sus múltiples pináculos y torrecillas, siempre le había recordado a la monumental Sacré-Cœur o a un castillo de cuento de hadas, aunque su función fuera más bien prosaica, siendo la sede del Ayuntamiento local.
Lara caminaba junto a él, abanicándose con un panfleto publicitario que alguien le había dado.
Iba embutida en unos cortos shorts y un jersey de rejilla que dejaba a la vista la sencilla camiseta de licra que llevaba debajo y que marcaba sus formas como una segunda piel.
El propio Leo se sentía asfixiado por el calor y notaba cómo su camiseta se le pegaba a la espalda cubierta de sudor.
Al cruzar el umbral, el bullicio de la ciudad se amortiguó de golpe, sustituido por el eco de los pasos sobre el mármol, y el aire acondicionado que refrescaba el ambiente era una bendición.
—Por Tutatis, ¡qué calor hace! —se quejó ella, aumentando la velocidad del panfleto para llevar hacia su rostro la mayor cantidad de aire fresco posible. Leo se arrimó a ella, en busca del mismo alivio, y ella giró el panfleto hacia su cara, abanicándolo—. Estás colorado —le hizo notar.
Leo se llevó las manos a las mejillas para comprobar su temperatura. No estaban especialmente cálidas.
—O me habré quemado.
—Puede ser —rio—. Se te ven un montón las pecas.
—Ya. —Leo puso una mueca—. Siempre se me marcan más en verano.
—Estás guapo de todas maneras —le aseguró ella, besándole con suavidad, sabiendo lo mucho que él las detestaba.
No tuvieron que caminar demasiado por el vestíbulo.
Junto al control de acceso de los ascensores, con una carpeta rígida bajo el brazo, un traje de lino gris que desafiaba las arrugas y una expresión de solemne eficiencia, se encontraba Germán.
En cuanto los vio aproximarse, el funcionario sonrió con esa pomposidad que tanto le caracterizaba, aunque en su mirada hacia ellos había un sincero afecto.
—Hola, chicos —los saludó—. Qué puntualidad, así da gusto. — Germán rebuscó en su carpeta—. Aquí tenéis las acreditaciones. Debéis llevarlas visibles; el personal de seguridad es bastante estricto durante la fase de montaje.
—¿Está todo listo? —preguntó Lara.
—Prácticamente —respondió Germán—. Los técnicos han estado trabajando a destajo.
Vuestra sección está en la tercera planta, en la sala sur.
Las obras ya están colgadas y las cartelas de texto fijadas —les explicó.
Mientras se colgaban las tarjetas de plástico del cuello, Germán aprovechó para rebajar el tono—.
¿Qué tal por casa, Leo? Todo mejor, espero.
Leo asintió.
—Esperamos que a Lidia le den el alta en breve.
—Oh, qué gran noticia. Me alegro muchísimo. Por favor, mándale saludos de mi parte, dile que siempre rezo por ella —dijo con afabilidad. Leo le miró con una ceja levantada—. Vale, no le digas que rezo por ella, si no quieres.
Lara rio.
—Tú sigue rezando, que igual ayuda en algo. Las buenas intenciones siempre vienen bien.
—Eso mismo pienso yo —convino Germán, sonriendo mientras los guiaba hacia el hueco del ascensor y pulsaba el botón—. Por cierto, Lara, el comisario de la exposición ya está dentro —añadió con sumo tacto.
Lara le sonrió y le puso una mano sobre el hombro.