Orgullo* Capítulo 18
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Capítulo 18

Capítulo

Dieciocho

Cuando Leo y Maribel llegaron aquella tarde a Los Alcorques, Lidia estaba sentada en el césped bajo la sombra de uno de los árboles del jardín, con una revista abierta sobre las rodillas.

Junto a ella había otra de las internas, una chica que debía rondar los veinticinco y que se reía de las ocurrencias de Lidia con una risa ligera.

—Que es toda naturalidad y belleza, dice aquí. Te digo yo que esta se ha operado por lo menos la nariz. Y las tetas, ¡antes era una tabla!

La chica volvió a reír y ambas levantaron la vista al verlos llegar.

—Mamá —dijo Lidia, tendiéndole la revista a su madre—. ¿A que la hija de la Montoya está toda operada?

Maribel cogió la revista y frunció los ojos para ver las fotografías. Se había dejado sus gafas de presbicia en casa.

—Uy, sí, muchísimo. Con lo feíta que era de pequeña. Si es que parece otra…

—¡ Shhh ! Calla, mamá —rio Lidia por lo bajini, señalando algo tras su madre.

—¿Qué pasa, niña? —preguntó Maribel, girándose.

—Que ese es primo suyo. —Lidia bajó la voz y señaló disimuladamente a otro de los internos que paseaba cerca—. Ya sabes, el aspirante a DJ.

—¿Y ese está interno también aquí? —se asombró Maribel.

La amiga de Lidia soltó una risita.

—Por cuarta vez —les cuchicheó. Se incorporó sacudiéndose la hierba de los pantalones y les hizo un gesto de despedida antes de alejarse hacia el edificio.

Leo se sentó en la hierba, junto a su hermana, contentándose con observar mientras Lidia seguía pasando hojas de la revista y comentaba con su madre las vacaciones de un famoso en Santorini.

Cuando se cansó del cotilleo, Lidia se echó hacia atrás apoyando las manos en la hierba, estiró las piernas con una calma casi perezosa y le dio un suave codazo en las costillas a su hermano.

—Y tú, ¿qué? ¿Qué te cuentas?

—Nada —dijo él.

Y era verdad. Agosto estaba siendo un mes lento, tanto en su vida como en el periódico.

Aunque seguía trabajando, el final del curso político y las vacaciones habían vaciado la agenda de acontecimientos, eventos culturales y noticias que comentar.

Cada vez le costaba más encontrar de qué escribir.

Lo normal, le había dicho Leguina, era no estar a pleno rendimiento en agosto; la presión de producción era también mucho menor.

Incluso le había insinuado que, a partir del año siguiente, quizá lo más sensato sería reservarse las vacaciones para ese mes tan vacío.

Leo estaba empezando a pensar que el director tenía razón.

Mientras tanto, se había dedicado a escribir piezas más introspectivas.

Habría quien podría considerar sus últimos artículos casi como de relleno, pero Leo estaba usándolos para explorar temas que le preocupaban o que no dejaban de rondarle la cabeza últimamente.

Como las deudas que se podían contraer con aquellos que te hacían un favor inesperado.

O la obsesión que podía desarrollar alguien con las publicaciones en redes sociales de una persona que le gustara.

Como le había pasado a él.

Dante había hecho una única publicación en su Instagram en todo el mes: un selfie recién salido del agua, muy parecido al que se había sacado cuando aún era jugador profesional y que tanto había cautivado a Leo en el campamento.

Aunque más de cinco años separaban ambas fotografías, eran muy parecidas: las aguas azules de una piscina al fondo, el cabello húmedo pegado a la frente, aquella expresión de calma y seguridad que Dante parecía conservar incluso cuando sonreía.

En esta última imagen, las marcas de las gafas de natación apenas se intuían y guiñaba un ojo a la cámara.

O quizás lo había cerrado porque una gota de agua se le había metido justo cuando tomó la instantánea.

En todo caso, el gesto cautivaba a Leo, que había observado el selfie durante horas.

Pero no era la imagen en sí lo que le tenía completamente obsesionado, sino el pie de foto:

@Dante_valcarcel El deporte me ha enseñado que a veces se gana y a veces se pierde. Y que la derrota es más amarga mientras más cerca estás de la victoria. Es curioso, porque ya debería estar acostumbrado a las medallas de plata

La primera vez que vio la publicación fue una noche de insomnio, tumbado en la cama. Leo leyó la frase y después volvió a mirar la imagen. La belleza de Dante le pareció más insoportable que nunca, quizás porque aquellas palabras tenían algo del mismo derrotismo que él llevaba días arrastrando.

«La derrota es más amarga mientras más cerca estás de la victoria». ¿A qué se refería Dante? ¿Qué era lo que había perdido? ¿Una oportunidad laboral? ¿A alguien importante?

¿A él?

El pensamiento apareció sin permiso y le provocó un vuelco al corazón.

Leo soltó el móvil sobre la cama, pero apenas unos segundos después volvió a cogerlo.

Releyó el pie de foto, esta vez más despacio, como si variar la velocidad de lectura pudiera alterar el significado de las palabras.

No era un mensaje enrevesado. Quizás no significaba nada.

Quizás solo era una reflexión que había tenido mientras nadaba.

Y, aun así, le parecía demasiado precisa, demasiado pensada como para ser algo que simplemente pones en redes sociales.

Leo no conseguía convencerse de que Dante hubiera escrito aquello por casualidad.

Soltó una exhalación por la nariz, una risa que no llegó a formarse. Claro, sólo pensaba eso porque era lo que necesitaba creer: que Dante se dedicaba a dejarle pistas, que cada frase ambigua que soltaba debía estar dedicada a él. Si Dante quisiera decirle algo, lo habría hecho, se dijo Leo.

O quizás no, pensó. Quizás no se atrevía, igual que él tampoco se atrevía a enviarle un privado.

Pero, ¿qué se suponía que iba a decirle?

¿Sé lo que hiciste por Lidia, muchas gracias?

El mero pensamiento le produjo una vergüenza instantánea.

Cualquier cosa que pudiera decirle sería ridículamente insuficiente.

Además, la deuda que había contraído con Dante no se pagaba con un simple mensajito.

Y, en todo caso, dudaba mucho de que Dante quisiera saber nada de él a esas alturas.

Apagó la pantalla y se dio la vuelta en la cama, dispuesto a quedarse dormido de una vez por todas.

Pero su cabeza parecía empeñada en seguir pensando.

A lo mejor Dante sí que quería algo con él.

Después de cómo lo había tratado en el campamento, de cómo habían hablado aquella noche junto a la piscina…

Leo sintió la cara enrojecer de vergüenza al recordar el momento en el que creyó que iba a besarle, pero eso no le impidió fantasear con qué podría haber ocurrido, en cómo habría respondido Dante si hubiera sido él quien diera el primer paso.

Dudaba mucho que lo hubiera rechazado. A lo mejor, Dante también imaginaba lo que podía haber ocurrido aquella noche; a lo mejor había escrito aquello pensando en él.

Quizás ese guiño hacía referencia al secreto que compartían, a lo que había pasado en marzo, a lo que podía haber pasado en julio.

A lo que, tal vez, todavía podría volver a ocurrir.

Volvió a desbloquear el móvil y la luz de la pantalla le iluminó el rostro en la oscuridad de su dormitorio.

Buscó de nuevo la publicación y, al verla, sintió unos deseos irrefrenables de tocarlo, de poder acariciar ese rostro mojado y sonriente que tenía ante sí, de haber estado a su lado cuando salió de aquella piscina para abrazarse a aquel cuerpo grande y musculoso que con tanta asiduidad plagaba sus fantasías.

Antes de que pudiera pensarlo demasiado, ya había dado dos rápidos toques sobre la foto. El icono del corazón se volvió rojo.

Durante un segundo no sintió nada. Luego imaginó la notificación viajando hacia el móvil de Dante: a @leo_gallardo le ha gustado tu publicación. El estómago se le encogió y retiró el dedo como si la pantalla quemara.

—Mierda —siseó.

Pensó en deshacer el «me gusta», pero la notificación ya había sido enviada y Dante la vería. A lo mejor ahora sí que debía enviarle un privado. Abrió el chat, el campo en blanco como una provocación.

Hola. ¿Podemos hablar?

No, demasiado básico. Lo borró.

¿Va por mí?

Peor. Lo borró también, cerró el chat y bloqueó la pantalla.

Se sentía enfadado de repente, consigo mismo sobre todo.

Intentó convencerse de que se olvidaría de la publicación, y de su propia estúpida reacción, si dejaba de mirarla de una buena vez.

Pero, incluso sin verla, la imagen seguía ahí, tras sus párpados, negándose a abandonarlo, y durante los siguientes días, se vio condenado a mirarla una y otra vez, hasta que harto de andar buscándola en redes sociales, había hecho una captura de pantalla, para luego ocultarla de su carrete, temeroso de que alguien pudiera ver por accidente la fotografía que tanto le obsesionaba.

—¿Me estás escuchando, Leo?

La voz de Lidia, nítida y cercana, rompió el hilo de sus pensamientos. Leo parpadeó, apartando la mirada del vacío para enfocar de nuevo a su hermana. Lidia le sostenía la mirada con una ceja arqueada y la misma expresión de suficiencia de siempre.

—Perdona —dijo él, aclarándose la garganta y reincorporándose un poco en la hierba—. Estaba pensando en mis cosas.

—¿No me digas? Estabas en babia.

—Lo siento.

—¿En qué pensabas? ¿Algún tío buenorro en el horizonte? —preguntó ella, siempre hambrienta de chisme.

La imagen de Dante, guiñándole el ojo a la cámara, volvió a invadir sus retinas.

—No, qué va. ¿Qué me decías?

—Nada. Estaba contando una cosita sin importancia que Elena me dijo esta mañana.

—¿Ah, sí? ¿El qué?

—Que, posiblemente, salga en breve de aquí —soltó ella con naturalidad.

Leo sonrió y miró a su madre, que también sonreía, pero con los ojos húmedos por la emoción.

—¿En serio? ¿Te dan el alta?