Orgullo* Capítulo 17 #4
83%

Capítulo 17 #4

—No te enfades. No seas infantil —le amonestó—.

Mira, él fue quien… Desde que se enteró de que Lidia había desaparecido, empezó a mover sus contactos, gente que conoce por medio de Proyecto Nexo, y alguien le avisó de que una joven sin identificar y más o menos de la edad de Lidia había ingresado en el hospital en el que trabajaba.

Dante llegó allí antes que la policía y fue él quien la identificó cuando aún estaba sedada —le contó mientras sacaba las croquetas, ya cocinadas, una a una y apagaba la cocina.

Leo sintió cómo algo se le tensaba en el pecho, una mezcla incómoda de sorpresa y desconcierto—.

Cuando Lidia despertó, Dante le dijo que trabajaba con una ONG y que quería ayudarla. Y tu hermana aceptó. No hay más.

—¿Cómo que no hay más? Lidia me dijo que él fue quien gestionó lo del centro. Yo pensaba que habíais sido vosotros.

—No. Fue él.

—¿Por medio de la ONG? —inquirió Leo con suspicacia.

—Eso es lo que él le dijo a tu hermana. Pero Proyecto Nexo solo ayuda a menores de edad, Leo.

Lo miró, esperando que el significado de lo que acababa de decir calara en él.

—El dinero salió de su propio bolsillo —dedujo. Conchi asintió, confirmando su suposición—. ¿Por qué hizo todo eso?

Su tía lo miró directamente.

—¿No me lo deberías decir tú a mí? —contraatacó.

En ese momento, la puerta de la cocina se abrió y Maribel entró en la casa.

—Aquí huele de maravilla —dijo con deleite, saludando a su hermana.

Poco después, todos se sentaron a comer, pero Leo no podía dejar de darle vueltas a lo que le había dicho su tía.

Se excusó en cuanto pudo, alegando que tenía que terminar de cerrar el artículo para el día siguiente, y se encerró en su cuarto.

Se dejó caer sobre la cama. El calor de la tarde se filtraba por las persianas y Leo prendió el ventilador de techo.

Mientras miraba cómo las aspas se movían, recordó las palabras de su tía: «Desde que se enteró de que Lidia había desaparecido, empezó a mover sus contactos».

Se recordó a sí mismo llorando sin consuelo en brazos de Dante.

El resto de acontecimientos de aquella noche le resultaban confusos.

Recordaba haber hablado con Mario, y haber visto a Dante muy pendiente de ellos, acompañarles al coche y hacer llamadas de teléfono.

¿Habían estado aquellas llamadas relacionadas con Lidia?

Lo que no entendía era por qué Dante estaba dispuesto a hacer algo así.

Entendía que, como víctima del mismo hombre, Dante se sintiera concernido por lo que le había pasado a Lidia, pero aquel sábado, cuando la noticia de la desaparición de Lidia se hizo conocida, nadie sabía de la implicación de Oliver en el asunto.

Así que, si no tenía nada que ver con Oliver, ¿por qué había intervenido Dante?

«Creo que tú lo sabes». Aquella frase, dicha a media voz, volvió a él con nitidez. Y con ella, la imagen de una piscina a oscuras, el olor del césped húmedo y la mirada de Dante clavada en él, retándole a admitir de una vez por todas lo que hacía meses que sabía.

Leo se cubrió los ojos con el antebrazo, sintiendo el peso del aire caliente de la tarde.

Durante meses, se había convencido de que su encuentro en aquel hotel por horas no había sido más que un juego de poder entre dos hombres que se odiaban.

Recordó cómo había intentado humillarle, cómo había buscado desesperadamente reafirmar que era él quien tenía el control.

Pero la mirada de Dante cuando se arrodilló ante él no había sido la de un hombre derrotado, sino la de alguien que estaba exactamente donde quería estar.

Recordó la forma en que Dante lo había sostenido, la lentitud casi reverencial con la que lo había poseído, con una ternura que Leo no supo, o no quiso, procesar. Y luego, cuando Dante le había ofrecido ser su pareja, Leo le había devuelto un insulto tras otro, juzgándolo sin misericordia.

Había sido él quien decidió que aquella noche solo había sido sexo.

Él, quien le puso una etiqueta fría y sucia y banalizó sobre aquella noche en su podcast. Porque era más cómodo convencerse de que Dante lo despreciaba tanto como Leo lo despreciaba a él.

Al menos después de cómo lo había tratado.

Porque esa simetría era lo único que lo mantenía a salvo.

Y ahora tenía que enfrentarse no solo al hecho de que Dante hubiera salvado a Lidia, sino a la posibilidad de que lo hubiera hecho porque sentía algo por él.

Se incorporó y se sentó en el borde de la cama.

Sacó el móvil del bolsillo y buscó el perfil de Dante.

Nada le impedía escribirle un privado, preguntarle por qué lo había hecho, pero no era capaz de hacerlo.

La sola idea de ver su nombre y sus fotos en la pantalla le provocaba un vértigo paralizante.

Leo dejó caer el móvil sobre el colchón y volvió a tumbarse.

¿Y si ya era demasiado tarde? ¿Y si Dante, después de haber sido humillado y rechazado, había decidido que Leo no valía la pena?

Quizás solo había ayudado a Lidia por el respeto a lo que había habido entre ellos, y no por la esperanza de lo que podría suceder.

Un escalofrío le recorrió a pesar del calor.

Sentía que, por primera vez, se había atrevido a mirar a Dante sin el filtro de sus propios prejuicios, y lo que veía le gustaba tanto que le asustaba, sobre todo porque la posibilidad de que fuera demasiado tarde le resultaba insoportable.

Se dio la vuelta en la cama, hundiendo la cara en la almohada con la aterradora certeza de que deseaba al único hombre al que le había jurado desprecio, y con la duda, aún más negra, de que ese deseo no fuera ya correspondido.