Orgullo* Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—Sí. El resto ya lo sabes: la policía me encontró, me tomó declaración.

Aquel hombre estuvo conmigo todo el rato, menos cuando la policía le decía que tenía que salir o algo, ¿sabes?

—Leo no sabía a quién se refería, supuso que a algún psicólogo o trabajador social del hospital.

Asintió—. Me dijeron que podían avisar a mi familia, pero yo no quería.

—Porque te daba vergüenza.

—Aún me da —afirmó, bajando la mirada.

—No tienes por qué. No has hecho nada malo.

—Ya. Eso me dice Elena. Y aquel hombre en el hospital también. Fue él quien me consiguió la plaza en este centro. Y quien me convenció de que os llamara.

—¿Quién?

—Ese hombre, el que estaba conmigo. Me dijo que no debía preocuparme, que conociéndote como lo hacía, sabía que tú lo ibas a entender. No sabía que tuvieras tanta confianza con él.

Leo la miró confuso.

—¿De quién estás hablando? ¿Quién me conocía?

Lidia chasqueó la lengua.

—Ese tío, no sé cómo se llama. El amigo de Álvaro. Ese tan serio de las gafas

Hubo un segundo de silencio .

—¿Dante? —preguntó Leo. Lidia asintió—. ¿Dante estuvo contigo en el hospital?

Ella se encogió de hombros, como si fuera obvio.

—Todo el rato, te lo acabo de decir. Me explicó que trabajaba con una ONG que ayudaba a jóvenes en problemas. Y yo soy joven y tenía problemas, así que me dejé ayudar.

Leo se incorporó y empezó a caminar por el césped.

—¿Qué ocurre? —Su hermana lo miraba como si no entendiera nada.

—¿Dante? —volvió a preguntar él.

—Sí, joder, no le gastes el nombre. —Leo se tapó la cara con las manos—. Leo, ¿qué pasa? —Lidia se puso de pie a su lado y lo miraba preocupada.

—No es nada. —Respiró hondo y la abrazó diciendo a sí mismo que no era el momento de centrarse en eso. No después de todo lo que Lidia le había contado—. Es solo que me ha sorprendido. Eso no lo sabía.

—Yo creía que sí. Ya que tienes tanta confianza con él, pensé que te lo habría dicho… —dejó caer ella con una sonrisita.

—No tengo confianza con él.

—Pues es una pena, es buen tío —repuso ella—. ¿Estás enfadado conmigo?

—No —le aseguró. Lidia intensificó el abrazo.

—No sé cómo contárselo a mamá. El tío Julián dice que habrá un juicio y no quiero que se entere por otros de que yo…

—Aún tienes tiempo. Cuéntaselo cuando te sientas preparada. Pero mamá no te va a juzgar. Eres la víctima aquí, Lidia.

—Eso fue exactamente lo que Dante me dijo —susurró ella. Se separó de su hermano y lo miró a los ojos—. Si al final vas a tener más en común con el estirado ese de lo que te piensas.

Leo suspiró.

—Vamos a tu cuarto, anda, que empieza a hacer un calor…

Se quedaron un segundo en silencio antes de echar a andar.

Lidia seguía muy cerca de él, como si estuviera necesitada de su contacto.

Leo la rodeó con el brazo y emprendieron el camino de vuelta.

Cuando un rato más tarde salía del centro, Leo se preguntó cómo encajar todo lo que acababa de descubrir…

y qué tendría que ver Dante en todo esto.

Arrancó el motor con las manos todavía temblorosas, incapaz de decidir qué le quemaba más: si el odio hacia el hombre que había roto a su hermana, o la deuda impagable con el hombre al que él mismo había intentado romper.

Leo no conseguía concentrarse en nada.

Había pasado todo el trayecto en coche desde Los Alcorques pensando en todo lo que Lidia le había contado y cómo se había derrumbado en sus brazos.

Cuando llegó a casa, la cosa no mejoró. Abrió el portátil con la intención de terminar su artículo del día siguiente, pero era incapaz de releer lo que ya llevaba escrito, mucho menos añadir una sola palabra más.

Se quedó mirando el cursor parpadeante del procesador de textos, pero la imagen de su hermana volvía una y otra vez a su cabeza: sus palabras, su dolor, la manera en la que hacía una pausa antes de cada confesión, como si cada frase le costara una vida entera.

Maribel seguía en el Beautifuck y no saldría hasta mediodía.

Le había mandado un mensaje un rato antes para decirle que sus tíos vendrían a comer.

Ahora la casa estaba en silencio, salvo por el ruido habitual del barrio que entraba por la ventana abierta, junto con el calor de finales de julio.

Se levantó para cerrarla y volvió a sentarse.

No podía dejar de pensar en Oliver y en todo el daño que le había hecho a su hermana.

Recordaba su único encuentro con él con una mezcla de culpa, remordimientos y vergüenza y se preguntaba hasta qué punto había estado él mismo en riesgo de caer en las redes de ese manipulador, como le había pasado a Lidia.

Como le había pasado a Dante.

De nuevo se levantó y empezó a vagar por la casa.

Debería estar aprovechando el tiempo a solas para escribir, antes de que sus tíos y su madre llegaran y el almuerzo familiar se lo llevara por delante, pero sentía una angustia y una intranquilidad que le hacían imposible sentarse de nuevo.

Al final, se quedó paralizado, apoyado contra el respaldo del sofá, mirando hacia el vacío.

No salió de ese estado hasta que sonó el timbre. Abrió la puerta para encontrarse con Conchi, que traía unas bolsas de plástico transparentes que dejaban ver las bandejas perfectamente apiladas que contenían. Detrás de ella, venía Julián, llevando una cacerola con las dos manos.

—He traído croquetas —anunció Conchi, levantando una de las bolsas, como para demostrarlo.

—Deja, que te ayudo. —Leo le quitó una de las bolsas y la llevó hasta la cocina. Conchi le siguió llevando la otra.

—¿Pero cuántas croquetas has hecho? —se sorprendió Leo.

—Cincuenta y tres —repuso, orgullosa.

—Lleva toda la mañana en la cocina —añadió Julián, posando la cacerola en la mesa con excesivo cuidado.

—Es que nunca tengo tiempo para cocinar estas cosas. Tengo que aprovechar cuando estoy de vacaciones.

Leo levantó la tapa de la cacerola para ver una sopa de pollo con fideos que olía a gloria.

—¿A cuántas personas tienes intención de alimentar hoy? —bromeó.

Ella chasqueó la lengua.

—Es para que tu madre congele, idiota. No quiero que tenga que estar preocupándose de esas cosas. —Conchi ya estaba abriendo la nevera, inspeccionando el contenido con familiaridad—. ¿No tienes un vinito?

—En la despensa.

—Pues ponlo a enfriar mientras yo frío las croquetas.

Conchi empezó a trastear en la cocina mientras que Julián se escabullía hasta el salón y encendía la tele. Leo metió una botella de vino en la nevera y volvió a la cocina. Conchi canturreaba mientras ponía una sartén a calentar, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo.

—¿Estabas trabajando?

Leo se apoyó contra la encimera.

—Lo estaba intentando. Sin mucho éxito —confesó.

—¿Estás bien? —le preguntó ella con ese tono maternal que tanto la hacía parecerse a su hermana. Leo negó con la cabeza—. ¿Ha pasado algo con Lidia? —preguntó al fin.

Leo tardó un segundo en responder.

—¿Qué sabes tú del caso? —preguntó a su vez.

Conchi soltó un bufido.

—¿Oficialmente? Nada.

El aceite empezó a calentarse y Leo se quedó mirando cómo su tía colocaba las croquetas en la sartén con precisión.

—Lidia me lo ha contado todo. O eso creo, al menos —dijo. Conchi no levantó la vista—. La policía fue a verla ayer otra vez y… No sé, supongo que la removieron lo suficiente como para que se animara a contármelo.

Conchi meneó lentamente con la cabeza mientras se limpiaba las manos en un paño de cocina.

—Si ya decía yo que el Oliver ese no me gustaba nada…

—Joder, ya te podíamos haber hecho caso.

El aceite crepitó en la sartén.

—No te puedo dar mi opinión, dado que, como te acabo de decir, no sé nada del caso —remarcó su tía.

—Ya. Lidia me contó también otras cosas —dejó caer. Conchi empezó a girar las croquetas con una espátula—. ¿Tú sabías que Dante había estado en el hospital con ella?

—Sí —dijo sin más.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—¿Qué importancia tiene eso ahora? —Conchi volteó la última croqueta y se giró hacia su sobrino.

—Si no tiene importancia, ¿qué más te da contármelo?

Suspiró y dejó la espátula en la encimera.

—Dante me pidió que no te dijera nada.

—¿Dante te pidió que…? O sea, que lo viste allí, en persona.

—Sí. El día que le dieron el alta a tu hermana, cuando fui a hablar con los médicos que la habían atendido.

—¿Y se puede saber qué hacía Dante en el hospital? —preguntó cruzando los brazos sobre el pecho.