Orgullo* Capítulo 17
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Capítulo 17

Capítulo

Diecisiete

El coche ascendía lentamente por una carretera que atravesaba un pinar.

A aquella hora de la mañana, el calor aún no había terminado de asentarse sobre el paisaje y una neblina ligera parecía suspendida entre los árboles.

Maribel no había dejado de hablar desde que salieron de Valdemora, preocupada acerca de si Lidia estaría comiendo bien, si habría dormido o si le habían traído suficiente ropa y efectos personales.

Leo apenas contestaba. Tenía la sensación de que, dijera lo que dijese, sería inapropiado, así que se limitaba a conducir en silencio y asentir de vez en cuando.

Reconoció el logo de Los Alcorques y dirigió el coche hacia el aparcamiento que había ante el edificio principal.

El centro se alzaba algo apartado de la carretera principal, oculto tras un camino de grava y un muro bajo de piedra clara.

El silencio era apenas roto por el canto de las cigarras y el rumor lejano de un riachuelo.

En el amplio aparcamiento había varios vehículos, algunos bastante caros y lujosos.

Aquel centro era célebre por ser el lugar donde gente de la farándula y el famoseo en general desaparecía un par de meses para «descansar».

Mientras aparcaba el coche, Leo empezó a encajar el hecho de que su hermana estuviera en un lugar así. Y por qué razón.

—¿Y si no quiere verme? —preguntó Maribel de repente, cuando Leo apagaba el motor.

Leo la miró .

—Claro que quiere verte.

—Pues no lo parecía cuando prohibió que me dijeran dónde estaba.

Leo soltó un suspiro agotado.

—No se te vaya a ocurrir soltarle eso cuando la veas.

—Pero…

—Mamá —dijo con dureza.

Maribel frunció los labios y desvió el rostro.

—Es que estoy nerviosa —confesó al final, con un leve temblor en la voz.

—Ya lo sé. Seguro que ella también lo está. Se lo tenemos que poner fácil —recalcó.

Su madre lo miró con ojos llorosos y asintió.

Luego bajó la visera para mirarse en el espejito y asegurarse de que no había rastro de las lágrimas.

Asintió a su reflejo, como para darse ánimos a sí misma, y abrió la puerta para apearse del coche.

Leo la imitó. Maribel caminó con determinación hacia la entrada del centro y Leo la siguió a un par de pasos de distancia.

Llevaba las manos en los bolsillos y la mirada fija en la nuca de su madre, evitando cruzarse con su propio reflejo en la puerta acristalada.

Nada más entrar, el frescor del aire acondicionado les dio una agradable bienvenida.

El hall parecía el de un discreto resort de montaña.

Había sillones tapizados en lino claro, una librería baja con revistas y alguna que otra novela, y un enorme ventanal desde el que se veía la sierra extendiéndose al otro lado de los jardines.

Tras el mostrador de recepción, una mujer de unos cincuenta años, impecablemente peinada, levantó la vista hacia ellos y les dedicó una sonrisa blanda y profesional.

—Buenos días —dijo Leo—. Somos la familia de Lidia Sáez Gallardo.

—Por supuesto —respondió la mujer, y sin perder nunca su sonrisa les pidió ver sus carnés de identidad—: Si me dais un momento, voy a avisar al equipo.

Los invitó a sentarse en una pequeña zona de espera junto al ventanal. Maribel obedeció sólo a medias: se sentó al borde del sillón, retorciéndose las manos sobre el bolso. Leo permaneció de pie unos segundos antes de dejarse caer a su lado .

—¿Crees que habrá perdido mucho peso? —preguntó ella en voz baja.

Leo se pasó una mano por la cara.

—Mamá, por favor.

—Es que ya sabes cómo es la comida de los hospitales. Cuando estuve ingresada, para parirte a ti, y luego a tu hermana, la comida era malísima y…

—Mamá —siseó Leo con la voz tensa.

Maribel lo entendió como la petición de silencio que en realidad era, y cruzó los brazos sobre el pecho.

Leo se planteó disculparse con ella, pero antes de que pudiera decir nada, apareció ante ellos una mujer bajita de unos cuarenta años, vestida con ropa sencilla y una acreditación colgada del cuello.

Sonreía poco, pero había algo tranquilizador en su expresión.

—Buenos días, Maribel. Hola, Leo. Soy Elena, la psicóloga del centro. Si os parece bien, antes de ver a Lidia quería hablar un minuto con vosotros.

Maribel se puso de pie tan deprisa que casi volcó el bolso.

—¿Ha pasado algo?

—No, no —la tranquilizó enseguida—. Lidia está preparada para veros. Solo quiero preparar un poco este primer encuentro. Venid conmigo.

La acompañaron por un pasillo hasta una sala y ella cerró la puerta. Tomó asiento en uno de los sillones y los invitó a hacer lo mismo.

—Estos primeros días suelen ser emocionalmente intensos. Mi recomendación es que hoy intentéis centraros en estar juntos. No hace falta hablar de todo lo que ha pasado ni buscar explicaciones. Ya habrá tiempo para eso más adelante.

Maribel asintió con tanto ímpetu que Leo supo que estaba conteniendo las lágrimas otra vez.

—¿Podemos abrazarla cuando la veamos? —preguntó casi en un susurro.

La psicóloga sonrió entonces.

—Claro que sí. —Procedió entonces a darles algunas pautas y a explicarles cómo sería la estancia de Lidia en Los Alcorques. Luego consultó su reloj—. A esta hora ya debe haber terminado el taller de la mañana. Iré a buscarla .

Los dejó a solas en la sala y Leo entendió entonces que el encuentro se produciría ahí. Sintió un escalofrío.

—¿Estás bien? —preguntó a su madre.

—Estoy nerviosa.

—Yo también —susurró él.

En ese momento, la puerta se abrió y Lidia entró acompañada por Elena. Vestía una sudadera gris que le quedaba algo grande y tenía el pelo recogido en una coleta alta, tirante, que acentuaba sus pómulos. Maribel soltó un gemidito.

—Mamá… —A Lidia le tembló la barbilla al mirar a su madre con tanta violencia que Leo recordó vivamente a la niña que había sido no hacía tanto tiempo. Maribel se levantó de su silla y se fundió en un abrazo con su hija.

—Lidia, mi niña. Mi niña… —decía, mientras la mecía en sus brazos.

Leo se puso de pie, sintiéndose incómodo de repente. Sintió los ojos de Elena sobre él y sacó las manos de los bolsillos, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Aún abrazada a su madre, Lidia levantó el lloroso rostro y lo miró.

Aquella mirada lo atravesó. Había inseguridad en los ojos de Lidia, vergüenza y culpabilidad, y entendió, de golpe, que ella tenía tanto miedo de acercarse a él como él lo tenía de acercarse a ella.

Dio dos pasos hacia adelante y cogió la mano que Lidia le tendía.

Antes de poder darse cuenta, Lidia ya había soltado a Maribel para apretar su cuerpo contra el de Leo.

Leo correspondió al abrazo despacio, sintiendo cómo las costillas de su hermana se le clavaban en el pecho, lo pequeña que parecía entre sus brazos, y supo que Maribel había estado acertada en su preocupación acerca del peso de Lidia.

La rodeó con más fuerza y notó cómo ella suspiraba de alivio contra su cuello.

Sintió un desagradable escozor en los ojos y los cerró, sintiendo que una lágrima le corría por la mejilla.

—Lo siento —gimió ella, tan bajito que apenas lo escuchó.

—Yo también lo siento.

—No, yo lo siento más —la oyó llevarle la contraria.

—Yo más —contraatacó él.

—Pues yo, infinito —remató ella.

—Serás idiota —rio Leo, separándola un poco de sí para mirarla.

Lidia estaba demacrada, el rostro afilado por la pérdida de peso, las ojeras marcadas y no llevaba ni una sola gota de maquillaje, pero la tímida sonrisa que había en sus labios fue suficiente para tranquilizarlo.

Leo le dio un beso en la frente y volvió a abrazarla, sintiéndose un estúpido por haber temido acercarse a ella.

—Os dejaré a solas un rato —escucharon que Elena se despedía.

Poco a poco, los tres se tranquilizaron lo suficiente como para sentarse. Un incómodo silencio se estableció en la sala hasta que Maribel habló:

—¿Te dan bien de comer? ¿Estás durmiendo? —Lidia asintió—. Estás muy flaca, hija.

—Mamá —se quejó Leo otra vez.

—No pasa nada. Es verdad —dijo Lidia—. He perdido algo de peso, pero no es tanto. Dos o tres kilos nada más. Con la comida tan rica que sirven aquí, seguro que lo recupero enseguida.

Leo supo que Lidia lo estaba minimizando para no preocupar a su madre. Dudaba mucho que, en su estado actual, tuviera mucho apetito.

—¿Y te tratan bien aquí?

—Estoy de lujo.

Luego empezó a hablar acerca de lo cómoda que era su habitación, de lo chulas que estaban las instalaciones, de los famosos a los que había visto «recuperándose» y de lo mucho que le gustaba el té de hierbas que les daban antes de dormir.

Maribel parecía tener muchas preguntas y Lidia las iba respondiendo una a una con una calma que a Leo le resultó intranquilizadora, solo de pensar lo falsa que debía de ser y lo mucho que a su hermana le debía estar costando mantener esa fachada ante ellos.

Durante las siguientes semanas, fueron a visitarla cuantas veces pudieron.

Poco a poco, Lidia recuperó parte del peso perdido y empezó a parecerse de nuevo a la joven alocada que había sido siempre, pero había una nueva seriedad en sus ojos que se negaba a desaparecer del todo.

Había días en los que, como en la primera visita, les hablaba con ligereza y lo minimizaba todo.

Otros, se mostraba taciturna, triste o enfadada y, o bien se quedaba en silencio durante largos ratos, o bien se movía de forma errática y les hablaba con un sarcasmo seco, nada propio de ella.

Elena les aseguraba que todo era parte del proceso, que había que respetar sus tiempos y que, en general, Lidia evolucionaba bien.

Maribel oscilaba entre el alivio y la vigilancia.

Cada avance de su hija le parecía un milagro; cada mal gesto, una posible recaída.

Leo, en cambio, aprendió a leer las pausas, a no presionar, a simplemente estar a su lado, disfrutar de sus buenos momentos y aguantar los no tan buenos con el mejor talante posible.