Capítulo 16 #3
—Me ha llamado mucha gente, ¿sabes? —dijo Lara.
Al ver la cara de confusión de Leo, aclaró—: Para saber cómo estás, si sabemos algo de Lidia.
Prefieren no llamarte a ti para no molestarte, pero supongo que te gustaría saber que hay muchas personas que se preocupan por ti.
—Lara empezó a enumerarle las personas que se habían puesto en contacto con ella para interesarse por el estado de la hermana de Leo, desde compañeros de PodStand a conocidos del mundillo artístico, como Rafa, el gestor de Nave 8, pasando por vecinos y amigos del barrio y de su época escolar, con los que ya no mantenía mucho contacto—.
También me llamó Álvaro —añadió al final, como si no le diera demasiada importancia—.
Me dijo que espera que la encontremos. Me pidió que os diera a ti y a tu madre un abrazo de su parte, que lo llamemos si necesitamos algo.
Que siempre recuerda con cariño lo espontánea y divertida que es Lidia y que es una pena que… —Lara calló de repente.
—¿Dónde crees que estará mi hermana?
Lara se encogió de hombros.
—Con una amiga, quizás. O en la comisaría. O en un hospital. Tu tío dijo que estaba bajo supervisión. —Lara suspiró—. Sinceramente, con saber que está bien, me quedo tranquila.
—Pues yo no —musitó Leo, con la vista clavada en la colcha de su cama y jugueteando con un hilo suelto—. Tengo la sensación de que ha pasado algo. Algo que hace que Lidia no quiera vernos, por alguna razón.
—No creo que sea por lo que le dijiste —musitó Lara, a quien Leo había contado la discusión que había tenido con Lidia el día que partió hacia el campamento.
—Ya, ni yo tampoco. —Leo esbozó una sonrisa amarga—. Aunque me encantaría, ¿sabes? Que fuera solo por eso. Que lo peor que le hubiera pasado esta semana fuera que su hermano la insultara. Pero discutimos tan a menudo que creo que ya le resbala todo lo que le digo.
—Es verdad que siempre estáis discutiendo —rio Lara con suavidad.
—Soy demasiado duro con ella. Siempre lo he sido.
Pensó que Lara le diría que no era así e intentaría consolarlo, pero en vez de eso, le dijo:
—Es verdad. Eres superduro con ella. —Leo levantó la mirada, algo mosqueado—. Pero está bien que seas así —continuó su amiga—. Porque tu madre es demasiado blanda. A veces creo que eres un poco más que el hermano de Lidia. Eres un poco padre con ella.
—Y por eso me detesta.
—Sí, pero también creo que te quiere por eso. Porque en el fondo, sabe que lo haces por su bien.
—Eso espero. Como también espero que nos diga dónde está. Por el bien de mi madre.
Lara lo miró muy seria.
—Y por el tuyo, cariño. Por el tuyo también.
Leo sólo pudo asentir.
Al día siguiente, por la tarde, llegó por fin la noticia que todos estaban esperando.
—Lidia ha levantado la restricción de información —anunció Julián nada más entrar él y Conchi en la casa—. Ha dado su consentimiento para que se os diga dónde está.
Maribel no dijo nada, aún indignada con Lidia, con Julián y con todas las leyes que impedían que se le hubiera dicho desde el principio el paradero de su hija.
—¿Y bien? —inquirió Leo.
Julián se sentó a la mesa de la cocina y Conchi se dirigió hasta su hermana.
—En un centro de desintoxicación. Ha admitido tener una adicción a las drogas y ha pedido ayuda —dijo.
Leo descubrió que no sentía sorpresa alguna por la noticia—.
El centro está en la sierra, Los Alcorques, se llama.
Es un centro privado de desintoxicación y asistencia psicológica. Ha ingresado por voluntad propia.
—Está estable —añadió Conchi—, y los médicos del hospital en el que ha estado ingresada desde el sábado dicen que es lo mejor para ella ahora mismo.
—¿La has visto? —preguntó Maribel .
—Yo no, pero Julián sí, esta mañana. Yo pude hablar con sus médicos.
—¿Por qué ingresó? —Leo cruzó los brazos sobre el pecho, esperando una respuesta que sabía que no le iba a gustar.
Julián lo miró como si eso fuera obvio.
—Sobredosis accidental.
Maribel hundió la cara en las manos y se echó a llorar. Conchi, que seguía de pie a su lado, le frotó la espalda.
—Podía haber sido mucho peor. Al menos ya sabemos que está bien. Tu niña está bien.
Maribel asintió, pero no podía dejar de llorar.
—¿Podemos ir a verla?
—A partir de pasado mañana. Las primeras cuarenta y ocho horas en el centro las visitas están prohibidas. Tengo que informaros también de que hay una investigación en marcha. Aún no puedo daros muchos detalles, pero Oliver está detenido y siendo interrogado.
Leo asintió, asimilando la noticia y encajando piezas en su mente. Conocía la reputación de Los Alcorques; era un centro de élite, conocido por ser el lugar de desintoxicación de algunas celebrities del país.
Miró de reojo a sus tíos y se preguntó de qué medios se habrían servido y cuánto dinero habrían tenido que desembolsar para conseguirle a su hermana una plaza en el centro y pagar su tratamiento.
Siendo Julián policía y Conchi médica, sabía que ellos tenían los contactos y medios económicos necesarios, pero se sintió inmediatamente en deuda con ellos.
No se quería ni imaginar por lo que habría pasado Lidia en manos de Oliver, y si lo estaban interrogando, sería por algo que le habría hecho.
Que su hermana hubiera acabado enganchada a las drogas era, para él, otro daño más que atribuir a aquel hombre.
Pero saber que Lidia estaba en las mejores manos posibles lo tranquilizaba un poco.
Mientras su madre se iba calmando y hacía planes de lo que haría y diría cuando pudiera ver por fin a Lidia, Leo se dijo, con un nudo de gratitud en la garganta, que tendría que hablar con sus tíos acerca de cómo devolverles el dinero cuando todo se hubiera calmado un poco.