Capítulo 16 #2
—Lo sé .
—Buen chico —le dijo su tío, como cuando con diez años le enseñó a jugar al futbolín—. Te llamaré en cuanto sepa algo.
Julián salió de la habitación y Leo lo oyó despedirse con una excusa inventada. Él se quedó unos minutos en su habitación, intentando recomponerse un tanto. Se secó los ojos con las manos y suspiró profundamente, antes de volver al salón, preparado para pasar la noche en vela.
La noche pasó larga y agónica. Maribel acabó venciéndose al cansancio pasadas las cuatro y se quedó dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Conchi.
Leo no pegó ojo. Se quedó sentado en la alfombra, con la espalda apoyada contra el radiador apagado, viendo cómo la vela que su tía había hecho en el campamento se consumía hasta convertirse en un charco de cera y cómo la noche se transformaba en una madrugada gris y pastosa.
A las siete y media de la mañana, cuando el primer calor del día empezaba a colarse por las persianas a medio bajar, el móvil de Leo vibró en su mano. Se levantó de un salto, esquivando con cuidado las piernas de su tía, y se refugió en la cocina antes de contestar.
—Dime —contestó, con la voz rota por la noche pasada en silencio y sin dormir.
—Es él, Leo. —Julián sonaba cansado y el ruido de fondo de la comisaría se filtraba en la conversación—.
Tus sospechas eran ciertas. El número está a nombre de un tal Oliver José Villagrán Santos.
—A Leo se le revolvió el estómago al escuchar por primera vez el nombre completo de aquel hombre—.
Como me dijiste, tiene antecedentes penales —continuó Julián, bajando la voz—.
Y de los graves. Estuvo implicado en un caso de drogas y corrupción de menores, aunque se quedó en grado de tentativa por un defecto de forma en la instrucción y porque sus abogados dijeron que su adicción a las drogas fue el motor de sus actos.
Se fugó del centro de desintoxicación en el que tenía que internarse por mandato judicial y no se ha vuelto a tener pista acerca de él hasta ahora.
Pero no dudo de que sea un elemento de cuidado.
Y hay indicios claros de relación continuada.
Lidia y ese hombre han estado en contacto casi a diario durante los últimos seis meses.
—Joder… —Leo se apoyó contra el mármol de la encimera, sintiendo un sudor frío—. ¿Dónde está? ¿Han ido a buscarlo ?
—Ya hay una patrulla de camino a su domicilio para hablar con él.
Al existir este historial y comprobarse la relación, se ha elevado el nivel de riesgo y se ha iniciado un operativo de búsqueda activa.
Estamos en ello, chico. No le digas nada a tu madre todavía, mantén la calma en casa.
Tampoco le he dicho nada a Conchi. Me va a matar —suspiró—. Te llamaré en cuanto sepa algo más.
—Gracias.
Cortó la comunicación y volvió al salón, donde las hermanas Gallardo empezaban a despertar.
—Ay, mi cuello —se quejó Maribel—. Lo tengo todo contracturado.
—Tenías que haberte ido a la cama, mamá —la amonestó.
—¿Era tu tío quien llamó por teléfono? —preguntó Conchi.
—Aún no saben nada —mintió.
Pasaron el resto del día en la casa. Leo llamó a Lucas y Lara para hacerles conocedores de la situación y, por la tarde, ya todo el barrio sabía de la desaparición de Lidia: La casa se llenó de gente que venía a ver cómo estaban, a ofrecer un túper con comida o simplemente a curiosear.
Mari Carmen, la madre de Lucas, que siempre había sido una de las vecinas más cercanas a Maribel, se encargó de que aquello no se convirtiera en un circo y mandó a muchos de vuelta a sus propias casas.
Luego, se encargó de preparar un almuerzo tardío mientras Conchi convencía a Maribel para que se diera una ducha.
Aquella tarde, en el refugio de su habitación, y acompañado de sus dos mejores amigos en el mundo, Leo se permitió el lujo de derrumbarse. Les contó todo lo que sabía con respecto a Oliver.
—Mi tío llamó de nuevo hace un rato —relató, las lágrimas corriendo por sus mejillas—. El muy hijo de puta admite que estaba en una relación con ella y que la vio el viernes por la noche. Pero dice que ella se sentía mal y que cogió un taxi para volver a casa, que no la ha vuelto a ver.
—¿Y qué dice la policía? —le preguntó Lara.
—Que no se creen ni una palabra, pero que, de momento, no pueden hacer nada más.
El lunes amaneció con el mismo cielo de plomo.
Lucas se había ido a casa la noche anterior, porque tenía que estar a primera hora en el trabajo, pero Lara se quedó con Leo y compartió su cama con él mientras que Conchi hacía lo propio por Maribel.
Por la mañana, la atmósfera en la casa era tan densa que costaba respirar.
Maribel, recién salida de la ducha y con los ojos hinchados, se pasaba las horas pegada al teléfono fijo, sobresaltándose con cada ruido de la escalera.
Leo sentía una constante opresión en el pecho que le recordaba a la crisis de pánico que había sentido tras su único encuentro sexual con Oliver.
Y pensar que Lidia había pasado los últimos seis meses liada con aquel hombre, y que había desaparecido estando con él, no hacía más que revolverle el estómago y llenar su cabeza de posibilidades cada vez más sombrías.
Por la tarde, Julián hizo su aparición en la casa con cara de circunstancia.
—¿Qué? —Maribel se acercó a él, ansiosa, en cuanto lo vio llegar—. ¿Qué ha ocurrido?
Leo, Lara y Conchi también se habían acercado en cuanto oyeron cómo se abría la puerta. Julián no perdió el tiempo.
—La han encontrado. Está bien. Se ha suspendido el operativo de búsqueda.
Maribel se abrazó a Julián y lloró de alivio. Leo escuchó a Conchi sollozar:
—¡Menos mal!
Lara se abrazó a su espalda y le estaba diciendo palabras de ánimo, pero Leo no les prestó atención, pendiente aún de la expresión de su tío.
—¿Qué ocurre, Julián?
El policía lo miró y apartó a Maribel un poco.
—Vamos al salón, anda. Tenemos que hablar.
Leo sintió que el nudo de angustia que había empezado a aflojarse, se apretaba aún más que antes. Una vez estuvieron sentados todos alrededor de la mesita de café, Julián habló de nuevo:
—Lidia está bien. Está viva y a salvo.
—¿Dónde está ?
—Eso es lo que no puedo deciros.
—¿Cómo que no…? —Maribel se indignó—. ¿Cómo que no me puedes decir dónde está mi niña?
—Porque «tu niña» es ya mayor de edad y ha pedido expresamente que no se informe a su familia de su paradero.
—Ay, Lidia… —gimió Conchi, llevándose las manos a la cara.
Leo seguía en silencio. Maribel se puso de pie y empezó a gritar:
—¿Cómo no me vas a decir dónde está? ¡Julián, que soy su madre! ¡Tengo derecho a saberlo! ¡Me da igual lo que ella diga!
—Maribel, cálmate.
—¿Que me calme? ¿¡Que me calme!? Claro, como tú no eres padre, no sabes lo que se siente. Y encima que tú sí sabes dónde está, ¿me dices que me calme?
—Lidia está a salvo. Está en un lugar seguro y bajo supervisión.
Pero ante la ley, si un adulto es localizado con vida y se encuentra en pleno uso de sus facultades, tiene el derecho de exigir que no se revele su paradero, ni siquiera a sus familiares directos.
La policía no puede saltarse esa orden, Mabel. Si lo hacemos, vulneramos sus derechos.
—¿Y mis derechos como madre, qué? ¿Qué pasa con ellos? ¿Por qué me hace esto mi propia hija? ¿Por qué no quiere volver a casa? ¿Acaso no sabe lo mal que lo estoy pasando, lo destrozados que tengo los nervios?
Maribel siguió así un rato, desahogándose con el pobre Julián, que aguantó el arrebato como un campeón. Cuando no tuvo más que decir, se sentó en el sillón muy dignamente, girando el rostro para no mirar a su cuñado a la cara.
—¿Nos puedes contar algo más? ¿Algo que explique por qué Lidia no quiere que sepamos dónde está, o sobre la investigación?
Julián inspiró hondo y Leo supo que el hombre estaba a punto de romper alguna regla.
—Le han tomado declaración. Y hay un detenido. No puedo deciros mucho más. Yo, aparte de policía, soy también familiar de Lidia. Mi posición es complicada.
—¿Un detenido? ¿Es el tal Oliver? —preguntó Conchi.
—Cariño, eso no te lo puedo decir ahora mismo.
Ella asintió y desvió la mirada hacia su sobrino. Ninguno de los dos necesitaba más confirmación que esa.
Un rato más tarde, cuando consiguieron que Maribel se echara un rato a dormir, Lara y Leo se retiraron al cuarto de este a charlar.