Capítulo 16
Capítulo
Dieciséis
Leo siempre recordaría de manera muy confusa lo que ocurrió aquella noche tras la llamada de su madre.
Conchi y él recogieron sus cosas, pero, dado que ninguno de los dos estaba en condiciones para conducir, aceptaron la propuesta de Julián de ir a buscarlos.
En aquel momento, los monitores y la mayoría de los chavales estaban aún despiertos y la noticia de que le había pasado algo a la hermana de Leo corrió como la pólvora.
Leo recordaba haber tenido a Mario a su lado casi todo el rato, pero no lo que habían hablado, aunque sabía que la presencia del psicólogo a su lado le había resultado reconfortante.
También recordaba ver a Dante alrededor de ellos, animando a los chicos a que no agobiaran mucho a Leo y Conchi, haciendo llamadas y, cuando ya se iban, acompañándoles hasta la salida del campamento, cargando la maleta de Conchi hasta el coche de Julián.
Leo recordaba aquel camino hasta el aparcamiento de tierra, pero no haber llevado su propia maleta.
No podría recordar nunca quién lo hizo por él.
El trayecto fue miserable. Julián les contó cómo Maribel lo había llamado a última hora de la tarde, diciéndole que Lidia no había vuelto.
Julián quiso tranquilizar a su cuñada, pero tras comprobar personalmente que el móvil de Lidia estaba desactivado y que la amiga con la que había salido no daba, tampoco, señales de vida, había resuelto acompañar a Maribel a la comisaría más cercana a poner una denuncia.
Conchi se había vuelto a echar a llorar y Leo, que ocupaba el asiento de atrás, la vio agitar los hombros en su silencioso llanto.
Vio cómo Julián lo miraba por el espejo retrovisor y escuchó su apenado suspiro.
Leo no lloró más; se sentía vacío y una extraña calma se había apoderado de él.
«Quizás estoy en shock», se dijo con cierta sorpresa.
«Quizás esto es lo que se siente cuando no se siente nada».
Fuera del coche, el mundo estaba oscuro y sólo se podían distinguir las líneas de la carretera y los reflectantes que marcaban el recorrido del carril.
Leo apoyó la cabeza contra la ventanilla, dejando que aquellas líneas se desdibujaran ante sus ojos.
Intentó recordar las palabras exactas que le había dicho su madre, pero no conseguía reproducir la conversación en su cabeza.
Se culpó por no haber pedido más detalles, y por no tener información que ofrecer, y sobre todo, por no haber sido capaz de consolar a su propia madre.
Si no hubiera sido porque Conchi le quitó el teléfono para hablar con Maribel…
Porque lo que había ocurrido en aquel momento, eso sí que lo recordaba.
Cómo se había quedado en blanco. Cómo la culpa por las últimas palabras que le había dicho a su hermana cayó sobre él.
Y, especialmente, cómo se había derrumbado en brazos de Dante, permitiéndose el lujo de dejarse arrullar por él.
Y ahora lo que sentía era vergüenza. ¿Cómo podía ser eso lo único que sentía, lo que más le preocupaba, la noche que había sabido que su hermana estaba desaparecida?
Llegaron a Valdemora poco después de la medianoche y Conchi y Julián decidieron, tácitamente, subir con él y pasar la noche con ellos.
Leo no sabía bien qué le esperaba al llegar y mil escenarios se le pasaron por la cabeza mientras subía en el ascensor con sus tíos.
Pensaba que encontraría a su madre histérica, gritando desquiciada como la protagonista de una película de Almodóvar.
Quizás por eso, el silencio que los recibió en casa fue tan desolador.
La luz de la cocina estaba apagada, y Leo dejó su maleta junto a la puerta.
Confiando en que sus tíos sabían navegar por aquella casa como si fuera la suya propia, caminó hasta el dormitorio de su madre, de donde procedía el único punto de luz.
La puerta estaba entreabierta y Leo la abrió del todo, despacio.
Maribel estaba allí, sentada al borde de la cama, deshaciendo un pañuelo de papel con los dedos, el rostro manchado por el rastro de maquillaje corrido que habían dejado sus lágrimas.
La lámpara de la mesita de noche estaba encendida, iluminando la escena con una luz macilenta y pobre.
Leo avanzó hacia el interior y entonces Maribel pareció salir de su estupor, se puso de pie y abrazó a su hijo.
Su madre soltó un suspiro contra su cuello y Leo se aferró a ella.
—Por fin estás aquí —fue lo único que le dijo.
Leo escuchó sonidos de pasos tras él y vio que sus tíos se adentraban en la estancia. Conchi se acercó a Maribel, que seguía abrazada a su hijo y no parecía tener intención alguna de soltarlo.
—Mabel, dime qué necesitas. —Conchi le frotó la espalda, mirándola con cariño y preocupación.
—Deberías dormir algo —añadió Julián.
Maribel negó furiosamente con la cabeza.
—Pues si tú no duermes, no dormimos ninguno —sentenció su hermana—. ¿Quién quiere un chocolate caliente?
Poco después, los cuatro estaban sentados en el salón, con sus tazas en las manos.
No se habían atrevido a encender la lámpara principal, como si el hecho de que la casa estuviera a oscuras a esa hora de la noche tuviera algo de tranquilizador.
Leo había encendido una lámpara de lectura y Conchi prendió una de las velas que había hecho en el campamento.
Ahora los cuatro se miraban unos a otros en la semipenumbra.
—No me puedo creer que esto esté pasando…
—murmuró Maribel. Tenía una manta sobre los hombros, pues a pesar del calor del verano ella decía que sentía frío en los huesos.
Agarraba su taza de chocolate con ambas manos, pero no había dado ni un solo sorbo—.
Me parece que todo esto es un sueño, que me voy a despertar y voy a escuchar a Lidia, gritando por la casa y poniéndonos a todos de los nervios.
Sobre todo a ti —añadió, acariciando con suavidad el cabello de su hijo.
Leo se obligó a esbozar una pequeña sonrisa. Aquellas peleas que su madre evocaba ahora con nostalgia eran, para él, heridas abiertas. Recordó el tono de su propia voz gritándole insultos desde el pasillo, el estruendo del portazo y las últimas palabras que le había dicho. Se estremeció.
—Ella es fuerte, Mabel —aseveró Conchi—. Aparecerá. Seguro que solo es…
—Supongo que todos esperamos que esto no sea más que Lidia siendo Lidia —dijo Julián—, pero tengo que reconocer que lo de ese chico me preocupa un poco…
—¿Qué chico? —preguntó Leo.
Maribel lo miró de reojo, pero no dijo nada.
—Tu hijo tiene derecho a saberlo —opinó el policía—. Y se enterará de todos modos, tarde o temprano.
—¿Saber el qué? —exigió.
—El otro día, cuando tú ya te habías ido al campamento —empezó a relatar su madre—, Lidia me contó que se estaba viendo con alguien. Que eran novios desde hacía meses, pero que él quería mantenerlo en secreto. Me pidió expresamente que no te dijera nada, pero eso fue antes de que…
Leo sintió que se le erizaba el vello de los brazos. Eso no sonaba nada bien. Lanzó una mirada a su tío, que asintió apesadumbrado.
—¿Sabes algo más? —preguntó con cautela.
—Solo que se llama Oliver.
Conchi y Leo se pusieron alerta a la vez.
—¿Qué sabes de ese chico, mamá?
Maribel negó con la cabeza.
—Muy poco. Me dijo que era fotógrafo y…
—Mierda —siseó Leo.
—¿No creerás que es el mismo que…? —empezó Conchi, pero Leo se puso de pie.
—No lo sé. Pero no me extrañaría.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Julián. Maribel los miraba de hito en hito.
—Yo conozco a un Oliver. Lidia y yo lo conocimos hace meses, en El Disturbio.
—¿Pero tú no saliste con ese chico? ¿Cómo va a ser el mismo? —se quejó Maribel.
Leo quiso darle la razón a su madre, pero algo en su interior le gritaba que no iba desencaminado.
—¿Sabes su apellido? —preguntó Julián.
—No. Pero tengo su número de teléfono. De hecho… —Le hizo un gesto con la cabeza a su tío—. ¿Podemos hablar un momento a solas?
—Claro.
Julián lo siguió hasta su dormitorio y Leo cerró la puerta tras ellos .
—No estoy seguro de que sea el mismo, pero si es el Oliver que conozco, no es ningún chico. Debe tener unos treinta años.
—Vale —dijo Julián con cautela, presintiendo que Leo quería decirle algo más.
—Y trapichea con drogas. Y no es… Tsk . Tiene antecedentes.
—¿Por drogas?
—No. —Leo procedió a relatarle la historia de Dante, omitiendo su nombre y negándose a darle a su tío más información de la estrictamente necesaria, aunque sabía que si él empezaba a investigar acabaría dando con cada escabroso detalle.
Julián asintió con gravedad cuando Leo terminó de hablar.
—Si esto es verdad, y Lidia está con ese hombre…
—Lo sé. —Leo sintió que las tripas se le convertían en un nudo en el estómago.
—Dame su número de teléfono. Con suerte podrán identificarlo y corroborar si es verdad todo lo que me has contado. —Leo se fue a quejar, pero Julián le interrumpió—: Sé que tú crees que todo esto es verdad, pero hasta que no vean la ficha policial de ese individuo…
—¿Y luego?
—Y luego, si hay sospechas de que ese Oliver con antecedentes y el Oliver de Lidia son el mismo hombre, creo que habría razones para iniciar una búsqueda activa por existencia de riesgo real.
—Joder… —Leo se llevó las manos a la cara. No sabía si sentirse aliviado de que la policía fuera a buscar activamente a su hermana o aterrado por lo que ello implicaba.
—Hagamos una cosa: me voy a la comisaría y pongo sobre aviso a mis compañeros.
Si el número de móvil que me has dado está a nombre del tal Oliver, sabrán en un periquete quién es y qué antecedentes tiene.
Luego ya sería cuestión de relacionarlo con Lidia.
No le digas nada a tu madre de momento. Hasta que no sepamos nada en firme, es mejor no asustarla.
Leo asintió. Él opinaba lo mismo.
—Les diré que me voy a dar una vuelta en el coche patrulla a ver si la veo, o algo así. Tú quédate aquí. No te separes de tu madre. —Le puso una pesada mano en el hombro y lo miró por debajo de sus espesas cejas—. Te necesita ahora mismo.