Orgullo* Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

A Conchi, quizás por su edad, su disposición o por su amistad con Leyla, le habían dejado tareas más tranquilas, como caminatas por el campo, talleres de manualidades, meditaciones conjuntas…

Ella acusaba el cansancio de los días pasados allí, pero no podía compararse al tute que Leo se estaba metiendo.

Aun así, no podía negar que todo esto era muy divertido.

Su tía también lo estaba pasando genial: ya sabía hacer velas, marcos para fotos de papel maché, grullas de origami y llevaba un montón de pulseras de la amistad en ambas muñecas.

El propio Leo ll evaba varias que le habían regalado algunas de las chicas: una en tonos azules, con su nombre; otra azul medianoche y lavanda con el título de un álbum de Taylor Swift y una tercera —su favorita— que iba del rojo al violeta, formando un arcoíris y cuyas cuentas deletreaban la palabra «orgullo».

Al otro lado de la fogata, distinguió a Dante. Estaba cerca de Mario y de las chicas que cantaban y reían, entonando la letra de «La perla». Sus miradas se cruzaron y Dante no la apartó. En sus ojos había una pregunta muda. Leo bajó la vista, avergonzado por haberlo juzgado con tanta saña.

—¿Qué ocurre? —preguntó Conchi, mirando hacia el otro lado de la fogata, buscando la causa de la repentina zozobra de su sobrino.

—Nada —dijo Leo.

En ese momento, se escuchó el sonido de un teléfono móvil y Dante se puso en pie para atender la llamada, alejándose del círculo de luz. Leo no se dio cuenta de que sus ojos lo estaban siguiendo hasta que oyó cómo Conchi decía.

—Pues ese nada está como un tren. Tienes buen gusto, sobrino —le chinchó, dándole un leve codazo en las costillas.

Leo decidió dedicarse con mayor ahínco a su comida y no dijo ni una sola palabra más.

La piscina, a oscuras, parecía un espejo de obsidiana. Leo estaba sentado en el borde, con las piernas colgando y metidas en el agua fresca, cuando oyó los pasos sobre el césped. No necesitó girarse para saber quién era.

—¿Quieres? —preguntó Dante, tendiéndole una cerveza, ya abierta, antes de sentarse a su lado en la piscina.

Leo cogió el botellín y se lo llevó a los labios. En los cinco días que había pasado ya en el campamento, se las había arreglado bastante bien para no estar ni una sola vez a solas con él. O bastante mal, según cómo se mirara.

—¿Conque hate fuck , eh? —comentó como si nada.

Leo inhaló profundamente.

—Siempre se me olvida que escuchas el podcast —se quejó. Dante lo miraba en la oscuridad y dio un sorbo a su propia cerveza, pero no dijo nada—. ¿Te diste por aludido?

—Era difícil no hacerlo cuando dijiste eso solo dos días después de que folláramos. Aunque el podcast se estrene los jueves, sé que las grabaciones son los lunes.

—¡Pero si eres superfan! —exclamó Leo, sorprendido de que Dante conociera un detalle como ese.

—Podría decirse que sí.

—Lo siento, no… —Leo chasqueó la lengua—. No tenía pensado decirlo… Quiero decir… No era algo que estuviera en el guion ni nada por el estilo.

—¿Lo improvisaste?

—Estaba pensando en ti… En lo que había pasado —se apresuró a aclarar—, y lo solté sin más.

Dante le sonrió de tal manera que Leo dio otro sorbo, a ver si se ahogaba con la cerveza y se moría ahí mismo. No lo consiguió.

—¿Y de verdad es eso lo que crees que ocurrió entre nosotros?

—¿No lo fue? —contrarrestó.

—No. Para mí no, al menos. Y creo que tú lo sabes.

Leo volvió a guardar silencio.

—Oye, siento lo de… —Sintió que le estrangulaba la voz—. Siento lo que dije, cuando te acusé de haber tratado mal a Oliver, yo no sabía que…

—Ya lo sé.

—Él me lo contó, ¿sabes? Pero de una manera tan retorcida que te hacía quedar a ti como al malo de la película. Nunca se me pasó por la cabeza que él… —Se detuvo y bajó la mirada—. Siento también lo que te hice yo.

—¿Qué fue lo que me hiciste? —había genuina sorpresa en la voz de Dante.

—Cuando nos liamos, yo no sabía por lo que habías pasado… Con Oliver, quiero decir. Y yo… —No sabía cómo explicarse y se le atropellaban las palabras—. No fui muy agradable contigo, al principio, sobre todo, cuando yo…

—No pasa nada, Leo.

—Ya, pero es que …

—No fuiste desagradable —le aseguró Dante cogiéndole de las manos, la voz muy seria—.

Ni violento. Fuiste descarado e increíblemente sexi.

No tienes por qué disculparte por eso. —Le soltó y Leo expulsó el aire que no sabía que había estado reteniendo—.

Además, no estoy hecho de porcelana, ¿sabes?

Oliver no me rompió. No lo consiguió, en todo caso.

Leo volvió a bajar el rostro. Sintió el móvil vibrarle en el bolsillo, pero lo ignoró.

—Me lié con él —susurró—. Antes de las navidades, cuando aún pensaba que… Me lié con él.

—Me lo imaginaba —repuso Dante. Hizo una pausa durante la que escrutó el rostro de Leo con mucha cautela—. ¿Y no fue como esperabas que sería? —preguntó con sumo tacto. Leo negó con la cabeza—. ¿Abusó de ti?

Casi fue un susurro. Leo lo miró a los ojos y, por primera vez, se permitió a sí mismo hacerse esa misma pregunta.

¿Había sido él otra víctima de Oliver? ¿De verdad había accedido él a hacer todas las cosas que habían ocurrido en aquel baño?

Dante le sostenía la mirada con calma, sin juicios, sin presiones, solo esperando la respuesta más sincera que Leo pudiera darle.

—No lo sé —dijo al fin. Su móvil volvió a vibrar, y de nuevo lo ignoró—. Hubo un momento en el que sentí que… Sentí que me estaba usando, que yo… —Suspiró—. Que lo que yo quería y sentía no importaba para él, que solo quería satisfacerse a sí mismo.

—Lo siento —musitó Dante.

El silencio se estableció entre ellos dos. Una ráfaga de viento acarició las copas de los árboles, arrancándoles susurros a sus ramas y levantando algunas hojas caídas. Se miraron en silencio.

—¿Por qué escuchas el podcast?

—¿Qué?

—En tu carta, me dijiste que escuchabas el podcast por una razón que no me querías decir —explicó Leo. Luego repitió—: ¿Por qué escuchas el podcast?

Sus ojos no habían abandonado el rostro del asesor en todo el rato.

Dante estaba ahora más cerca de él que nunca y había tal tensión entre ambos que el aire parecía vibrar a su alrededor.

Dante se inclinó hacia él, levantó la mano y el corazón de Leo se desbocó cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir.

Él también se inclinó, muy levemente, y entreabrió los labios.

Los dedos de Dante rozaron la mejilla de Leo… y, en seguida, se apartaron.

—Tenías una brizna de hierba —le dijo, enseñándosela.

—Vaya, gracias. —Su voz salió un poco más aguda de lo que había pretendido.

Se sentía como el mayor idiota del universo.

Había pensado que Dante iba a besarlo. El mismo Dante al que él había rechazado y llamado «hipócrita despreciable hijo de puta».

¿Se habría dado cuenta de que Leo se había preparado para recibir un beso que no merecía?

Sentía cómo el cuello le ardía de la vergüenza.

El móvil volvió a sonar y esta vez, Leo se levantó como accionado por un resorte y se lo sacó del bolsillo.

—Es mejor que conteste. —Miró la pantalla—. Mi madre me ha llamado como tres veces ya.

—Claro. —Dante también se puso de pie, y se sacudió los pantalones.

Leo se alejó un poco y contestó.

—Dime, mamá. —No se escuchó nada al otro lado—. ¿Mamá?

Escuchó un sollozo y luego la voz de su madre cargada de pánico.

—No sé dónde está Lidia —la oyó articular antes de que rompiera a llorar.

Un sudor frío le recorrió la espalda.

—¿Cómo dices?

—Que Lidia no aparece. Salió anoche y no ha vuelto. Su móvil lleva todo el día apagado… El de Sheila también.

—Mamá, tienes que ir a la policía. —Esas palabras pusieron en alerta a Dante, que lo miró alarmado.

—Ya he ido —gimió Maribel—. Me llevó tu tío.

Nos recogieron la denuncia y dicen que pasarán sus datos, pero que no pueden iniciar una búsqueda si no hay sospecha de peligro.

Pero a mi niña le puede haber pasado cualquier cosa…

—Su madre rompió a llorar de nuevo y Leo no supo qué decir, se sentía paralizado.

—¿Qué ocurre, Leo?

Leo bajó el teléfono antes de hablar.

—Mi hermana ha desaparecido.

Justo entonces vieron a Conchi corriendo hacia ellos y por la cara que traía, Leo supo que ella ya conocía la noticia, seguramente por medio de su marido. Estaba llorando y Leo no entendió por qué él no lo estaba haciendo también.

—¿Está tu madre al teléfono? —preguntó Conchi. Leo le tendió el móvil.

—Hermana, acabo de hablar con Julián. Ya, ya lo sé, cariño. Ya verás cómo todo sale bien…

Y mientras Conchi le decía a su madre las palabras de consuelo que él no podía decir, Leo se quedó clavado en el sitio.

—¿Leo? —Dante se aproximó a él, como si fuera un animal salvaje—. ¿Estás bien? Dime qué necesitas.

—Le dije que era una imbécil.

—¿Cómo?

Leo se giró hacia él.

—Le dije que era una imbécil y una niñata. —Su voz se rompió y sintió el escozor de las lágrimas, pero se obligó a seguir hablando—. Que desapareciera de mi vista.

—Leo.

—Le dije que no quería volverla a ver.

Dante avanzó hacia él y Leo se dejó rodear. Hundió la cara en su cuello y el aroma amaderado de su perfume lo envolvió. Se aferró con fuerza a la espalda de Dante, y allí, en mitad del bosque, y en los brazos del hombre que creía que odiaba, Leo lloró como no lo había hecho nunca antes en su vida.