Orgullo* Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

—¡Dante, a la derecha! —gritó el hombre de la barba, lanzándole un pase largo.

Dante se impulsó con fuerza, el agua saltando a su alrededor, y golpeó el balón con la palma de la mano, enviándolo directamente al otro lado de la piscina. Los chicos de su equipo estallaron en gritos de celebración, chapoteando y hundiendo a Dante en el agua a modo de broma.

—¿Acaso no sabes quién es? —preguntó Mario, señalando hacia él. Leo se mantuvo en silencio—. Es Dante Valcárcel, una leyenda del waterpolo nacional —dijo justo cuando el aludido marcaba otro tanto.

A Leo casi le llega la boca al suelo.

—¿En serio?

—Y tanto. Fue jugador profesional un montón de años y fue olímpico dos veces.

Aún tiene una energía incombustible. Y Samuel también —comentó Mario, señalando al hombre de la barba—, es el monitor de deportes.

Entre los dos se encargan de que los chavales lleguen a la cama rendidos.

Nos hace a los demás el trabajo mucho más fácil.

—¿Y cómo colabora él en la ONG? Quiero decir, ¿desde cuándo…?

— Ufff , Dante lleva con nosotros desde siempre. Era universitario cuando empezó como voluntario. Luego fue cogiendo más y más responsabilidades y ahora es nuestro Director de Estrategia Institucional.

—¿Eso qué es?

—Él se encarga de las relaciones de la ONG con las instituciones. Básicamente, habla con ayuntamientos, empresas, fundaciones… y consigue que el proyecto siga a flote.

En ese momento, Dante emergió del agua sacudiéndose la cabeza, con el pecho agitado por el esfuerzo y una sonrisa que no desaparecía de su rostro. Se pasó las manos por la cara para quitarse el cloro de los ojos y, al hacerlo, su mirada barrió la orilla y se detuvo en Leo.

Leo sintió un calor que no tenía nada que ver con el sol de julio y desvió la mirada. Verlo con aquel diminuto bañador negro le estaba afectando más de lo que quería admitir.

—Los nadadores tienen los mejores cuerpos —suspiró Mario, que sí se permitió pasear los ojos por la anatomía de Dante. Luego pareció volver a la realidad—. Vámonos, anda. Tenemos que empezar a preparar el comedor para la cena.

Leo asintió y empezaron a caminar de vuelta hacia el edificio principal, pero el sonido del agua chapoteando y los gritos de júbilo de los chavales parecían llamarle y no pudo evitar echar una última mirada por encima del hombro.

Dante seguía allí, al borde de la piscina, secándose con una toalla blanca, mientras bromeaba con Samuel. Desvió de nuevo la vista con rapidez.

«Solo es una semana», se recordó Leo, apretando el paso para alcanzar a Mario. Pero, muy en el fondo, mientras el sol terminaba de hundirse tras los picos de Guadarrama, Leo supo que aquel campamento no iba a ser el retiro espiritual que le había prometido su tía.

Tumbado en su cama aquella noche, Leo se dijo que era un completo imbécil.

Que Dante fuera un atleta olímpico no debía haberle pillado por sorpresa.

No si hubiera hecho la más mínima búsqueda de su nombre en internet.

Pero no lo había hecho, no había googleado el nombre Dante Valcárcel porque, como Lara le había reprochado meses antes, se había hecho una idea de quién era con solo mirarlo.

Hasta hacía no mucho tiempo, se había jactado de ser capaz de calar a las personas en diez segundos.

Ahora creía que, en realidad, tenía demasiados prejuicios.

Maldiciendo de nuevo, se dio la vuelta en su cama. Si no había buscado información sobre Dante, había sido porque no creía que nada de lo que pudiera aprender sobre él le haría cambiar la opinión que ya tenía formada. O quizás, porque temía descubrir algo que la contradijera.

Con un suspiro, cogió su móvil y lo desbloqueó.

Entró en el navegador e hizo una rápida búsqueda.

Ahí estaba su palmarés con la selección española de waterpolo, entrevistas y reportajes sobre su actividad deportiva.

Había también varias noticias que le mencionaban por su actividad como asesor político en los últimos años y un perfil sobre su figura.

Así descubrió que Dante era huérfano desde que, a los diez años, sus padres murieron en un accidente de tráfico.

Que habían sido su tía Cayetana y su difunto marido quienes lo criaran desde entonces.

Que al no tener Cayetana hijos propios ni más sobrinos, Dante era su único heredero.

También encontró información acerca de su colaboración con Proyecto Nexo y se topó con una publicación de la revista GLAM que lo mencionaba, relacionándolo sentimentalmente con una tal Dolores Castro Mendoza.

Abrió la publicación y ahí vio de nuevo la fotografía que había visto en la cocina de su madre meses antes: Dante y una mujer alta y morena saliendo juntos de un restaurante.

Era Loli y Leo se dio cuenta entonces de por qué el rostro de la mujer le había resultado tan familiar.

Que los medios relacionaran a Dante con una mujer con la que se le había visto le había parecido una prueba más de su hipocresía, de querer aparentar ser algo que no era.

Ahora que sabía quién era la mujer en cuestión y a qué se dedicaba, ¿no era más lógico pensar que aquella cena hubiera sido para tratar algún tema relacionado con la ONG?

—Si es que soy gilipollas… —se dijo, mirando aún la fotografía.

Luego entró en el perfil de Instagram de Dante, ese mismo que él nunca había querido curiosear porque «no le interesaba su vida».

Como era de esperar, había muchas publicaciones de Dante en eventos políticos, inauguraciones, mítines…

Pero también había fotos más personales: con amigos, cenando o tomando copas; de su actividad en Proyecto Nexo, incentivando la participación económica o el voluntariado, publicitando programas y acciones de la ONG.

Siguió bajando, para ver las publicaciones más antiguas, y se encontró el comunicado que hizo al dejar el waterpolo profesional, su diploma olímpico de Tokio 2020, su medalla de plata en un campeonato mundial…

Había una fotografía que le llamó muchísimo la atención: era un selfie, sacado aparentemente tras un entreno.

Dante tenía el cabello húmedo, el rostro congestionado y las gafas de natación, que ahora colgaban de su cuello, le habían dejado unas marcas rojas alrededor de los ojos.

Pero Dante sonreía mientras miraba a la cámara. Bajo la foto decía :

@Dante_valcarcel A por el oro

Eso había sido justo antes de ganar una nueva medalla de plata en Budapest. Leo se quedó mirando largo rato aquella fotografía de un Dante cansado, mojado, joven y más feliz de lo que Leo lo había visto nunca.

La sonrisa de la imagen le recordó a la que había adornado su rostro cuando lo había visto salir de la piscina aquella tarde.

O a la que esbozó cuando Leo había accedido a salir del Sodoma con él.

Con un gruñido, bloqueó el móvil y lo guardó bajo la almohada. Se dio la vuelta de nuevo.

— Pst , ¿qué te pasa? —le susurró Mario, que dormía en la cama contigua.

—Nada, lo siento.

—Duérmete, o mañana no tendrás energía para enfrentarte a las fieras. Y yo tampoco.

—Vale, lo siento.

Mario le lanzó una última mirada antes de girarse en la cama, dándole la espalda.

Leo volvió a coger el móvil una última vez, lo desbloqueó y ahí seguía Dante, sonriendo con los surcos de las gafas rodeándole los ojos.

Suspiró y apretó el móvil contra su pecho.

Le costó un buen rato poder conciliar el sueño.

Los siguientes días fueron una vorágine.

Las convivencias de Proyecto Nexo estaban pensadas para dar ocio y actividades al aire libre a los jóvenes, pero para los voluntarios aquello era una carrera de fondo de dieciséis horas diarias.

Pronto, Leo se vio ayudando en la organización de una gincana, vigilando que los chavales no se desviaran del camino y fueran encontrando las pistas escondidas en una caza del tesoro, participando en talleres o dinámicas de grupo o simplemente jugando al fútbol o haciendo manualidades.

Pero también tuvo que consolar a un chaval de diecisiete años que recibió un mensaje de odio de su padre o mediar en una pelea por un turno de ducha que escondía capas de frustración acumulada durante años .

Y Dante siempre estaba por ahí: coordinando las actividades deportivas, hablando con los chavales, cargando cajas de comida, almorzando junto a los monitores y, sobre todo, en la piscina.

Aquel se había convertido en el momento favorito del día para todos, incluido Leo.

Observar a Dante en el agua era un placer inesperado, y no solo por el escultural cuerpo que dejaba a la vista aquel ridículo bañador negro, sino por la elegancia de sus movimientos, su trato con los jóvenes y esas sonrisas que Leo nunca le había visto en Madrid.

A menudo sentía que Dante le devolvía la mirada, sosteniéndola el tiempo justo para que Leo tuviera que apartar la suya, con el pulso acelerado y la certeza de que aún le debía una disculpa.

Para cuando llegó la noche del sábado, Leo estaba físicamente agotado, tenía los brazos llenos de picaduras de mosquito y la piel bronceada por el sol de la sierra.

Aquella noche, había planeada una gran fogata y la promesa de una cena al aire libre e historias de terror junto al fuego tenía a la chavalada revolucionada.

El ambiente estaba cargado y no fue hasta que los primeros troncos comenzaron a arder que la tensión se disipó un tanto.

Todo el mundo se arremolinó alrededor de la fogata mientras los monitores repartían las cenas.

Las voces y risas se empezaron a elevar hacia el cielo, junto al humo.

Leo, que ya había terminado de repartir, se sentó junto a Conchi sobre una de las mantas con un plato en el regazo y empezó a comer.

Mario sacó una guitarra y un grupo de chicas empezó a cantar.

—Esto es superagradable, ¿verdad? —le preguntó su tía. Leo asintió, con la boca llena de comida—. ¿Cómo lo estás pasando?

Leo tragó.

—Bien, pero te sacan el cuero que no veas —se quejó medio en broma.