Capítulo 15 #2
—No me lo puedo creer —siseó.
—¿Qué pasa? —Conchi siguió su mirada—. ¿Es un ex? —preguntó, divertida.
—¡No! —se apresuró Leo a responder.
Leyla, que caminaba unos pasos por delante y seguía hablándoles del recinto, no se enteraba de nada. Conchi sonrió, maliciosa.
—Lo has negado demasiado rápido.
Leo resopló, pero no tuvo tiempo de replicar.
Dante ya estaba frente a ellos. Llevaba una camiseta con el logo de Proyecto Nexo, bermudas y las botas de senderismo manchadas de polvo.
Al ver a Leo, colgó el teléfono. Su expresión era neutra, pero sus ojos se clavaron en los de Leo con esa intensidad que siempre lo dejaba sin aliento.
—Leo, qué sorpresa verte aquí —dijo, tendiéndole la mano.
—Hola, Dante. —Leo se la estrechó, algo rígido—. Eeeh … esta es mi tía, Conchi.
—Encantado —respondió Dante, girándose hacia ella.
—Lo mismo digo —saludó ella, apretándole la mano con energía.
—¿Os conocéis? —preguntó Leyla, algo asombrada.
—Leo es periodista —dijo Dante, como si eso bastara para explicarlo todo—. Y muy bueno, por cierto .
Leo sintió que se le subían los colores.
—Eso dice siempre Conchi, pero yo pensaba que solo era orgullo de tía. Voy a tener que empezar a creerlo —rio.
Dante esbozó una sonrisa cálida.
—Pues créelo —contestó—. Sigo, que hay mucho trabajo —se excusó él, aún con esa media sonrisa—. Nos veremos luego.
Leo se quedó clavado en el suelo de tierra, con el calor de julio pesándole en la nuca y el pulso desbocado.
No había esperado encontrarse con él allí y estaba seguro de que Dante tampoco lo habría visto venir, pero la normalidad con la que se había tomado el encuentro lo descolocó por completo.
No sabía qué esperaba de él si alguna vez volvía a verlo; en todo caso, no aquella cortesía relajada con la que lo había saludado.
Sintió una punzada de rabia hacia sí mismo por haber reaccionado como un adolescente asustado ante su simple presencia.
—¿Quién es ese hombre, Leo? —le susurró Conchi, dándole un leve empujón para que espabilara.
—Es un asesor político. Trabaja para el Gobierno.
Conchi pareció pensárselo un momento, divertida.
—¿Y por eso parece que has visto un fantasma, porque es de derechas? —se rio.
Leo negó con la cabeza.
—Es el mejor amigo del ex de Lara.
—Ah —dijo Conchi en tono apenado, pero aparentemente satisfecha por la respuesta.
Todo el mundo en su entorno sabía lo que había pasado entre Lara y Álvaro, sobre todo porque él se había hecho querer por toda la familia y amigos de ella, lo que hizo que la ruptura fuera aún más dolorosa.
Leo y Lucas habían adivinado aquella noche, en el rooftop bar, que Álvaro llamaba a Lara para explicarse y, aunque ella le dio la oportunidad de hacerlo, las cosas entre ellos no habían quedado bien.
Tampoco es que nadie esperara otra cosa; por muy enamorados que hubieran estado el uno del otro, la cobardía con la que Álvaro actuó no era fácilmente perdonable.
Y que Dante fuera su cómplice silencioso, al menos a ojos de Leo, solo emponzoñaba más el recuerdo.
—Vamos —le animó su tía a seguir caminando.
Siguieron avanzando hasta entrar en el edificio principal, un bloque de piedra y vigas de madera vista que conservaba el frescor gracias a sus anchos muros.
El vestíbulo era amplio, con un suelo de baldosas de barro cocido y paredes cubiertas de corchos llenos de horarios, fotos de veranos pasados y dibujos hechos a mano.
Al fondo, se adivinaba el traqueteo de platos de la cocina y el eco de un comedor inmenso.
—Dolores, ¿tienes el papeleo que te pedí? —preguntó Leyla en voz alta.
Una mujer joven, de unos treinta y pocos, salió de una de las salas laterales con una carpeta bajo el brazo y el teléfono encajado entre el hombro y la oreja.
Al colgar, les dedicó una sonrisa. Era alta y morena, y tenía el mismo cabello rizado que su madre, pero vestía de manera más urbana, con unos pantalones de lino y una camisa impecable a pesar del calor.
Leo sintió que la había visto en alguna parte, pero era incapaz de ubicarla.
—Aquí tienes, mamá. Tú debes ser Conchi.
—Sí, encantada, Dolores.
—Loli, por favor —pidió ella. Le dio dos besos a Conchi y luego a Leo, quien también se presentó. Loli lo miró con más atención al escuchar su nombre—. Claro, eres Leo Gallardo, si te vi el otro día por la tele.
Leo asintió, algo avergonzado. Aún no estaba muy acostumbrado a que la gente lo reconociera.
—Es que mi sobrino es famoso —dijo Conchi en tono algo burlón, revolviéndole el cabello como cuando tenía diez años y bajándolo al suelo de un plumazo. Leo lo agradeció: por nada del mundo querría que su éxito profesional se le subiera a la cabeza.
—Loli es abogada —explicó Leyla—. Yo no quería que estudiara derecho, pero ahora me viene genial, porque lleva todo el asesoramiento legal de la ONG.
—Gratis, además. —Loli puso los ojos en blanco, como si quisiera dar a entender que lo hacía con cierto fastidio para agradar a su madre. A Leo le cayó bien de inmediato—. Bueno, os dejo. Tengo que revisar unos contratos con el ayuntamiento. Nos vemos en la cena.
Leyla asintió y señaló a un hombre que bajaba por las escaleras de madera con un walkie-talkie en el cinturón.
—Y ese es Roberto, nuestro responsable de logística en los campamentos —lo presentó Leyla—.
Si se rompe un grifo o si un chaval decide que no quiere comer lentejas, es a él a quien os tenéis que quejar.
¡ Rober! —lo llamó. El tal Roberto se dirigió hacia ellos y, tras las presentaciones, le dijo—: Llévate contigo a Leo y ponlo a trabajar antes de que se nos acomode.
—Luego se volvió hacia Conchi—. ¿Sabes hacer velas?
—No, pero me muero de ganas por aprender —respondió Conchi, ya totalmente integrada.
—Perfecto, ven conmigo. Tenemos en marcha un taller alucinante.
Ambas se alejaron hablando y riendo, y Leo siguió a Roberto hasta los pabellones.
—Este es el pabellón masculino —explicó Roberto llevándolo hacia el interior de uno de ellos—. Aquí los voluntarios, allí los chicos. Los baños están al fondo.
Mientras caminaban, Leo notó unas banderas del arcoíris colgadas en una esquina, delimitando un espacio aparte.
—¿Separáis a los chicos por orientación sexual? —preguntó.
—Nosotros no —respondió Roberto—. Lo hacen ellos. Dicen que se sienten más tranquilos durmiendo juntos. Que los hombres hetero a veces podemos ser algo intimidantes.
—Sí, a veces podéis serlo —dijo Leo, sin pensarlo demasiado.
Roberto lo miró sorprendido.
—Oh. Vaya, lo siento.
—¿Qué es lo que sientes?
—Dar por sentado que… bueno, ya sabes —titubeó, muy azorado. Leo se rio—. Te juro que no soy homófobo ni nada de eso.
—No pasa nada. La heterosexualidad es el default mode en nuestra sociedad. Por eso somos nosotros los que tenemos que salir del armario. Una y otra vez.
—Lo siento —repitió Rober.
En ese momento, se oyeron voces y risas del grupo que estaba tras las banderas. Un hombre hablaba con ellos, animado, con un humor contagioso. Era uno de los monitores, alegre y muy expresivo. En cuanto los vio, se acercó a ellos.
— Uuuuh , ¿qué traes ahí, Roberto? —dijo con tono zalamero—. ¿Un nuevo voluntario y te lo quieres quedar para ti?
—Ni de broma —rio Roberto—. Leo, te presento a Mario.
Mario le tendió la mano con entusiasmo.
—Te voy a secuestrar. ¿Te importa mucho?
Leo supo que Mario lo iba a secuestrar, fuera cual fuera su respuesta .
—Dime dónde puedo dejar mi maleta, y soy todo tuyo.
—Trato hecho.
Se despidieron de Roberto y Mario lo llevó hasta una de las camas en la zona de monitores.
—Esta está libre, puedes dejar tu maleta debajo —le explicó. Leo hizo lo que le dijo y se giró hacia él—. Vamos a ponerte a trabajar.
Leo acabó pasando el resto del día con él. Mario tendría en torno a los cuarenta, era psicólogo y llevaba colaborando con la ONG desde su fundación, hacía más de quince años.
—Siempre hay chicos que necesitan nuestros recursos. Ni te imaginas la de distocias sociales que vemos aquí: abusos familiares, drogadicción, situaciones de maltrato, abandono, negligencia paterna… Y cuando hablamos de jóvenes con problemas de salud, física o mental, o LGTBI, todo se dispara.
Le habló de Proyecto Nexo, de cómo se había fundado la ONG, dónde operaban, que su enfoque era el acompañamiento integral a jóvenes en riesgo de exclusión y que tenían multitud de programas: pisos tutelados, inserción laboral, acompañamiento psicológico, talleres creativos y campamentos de convivencia.
—Como este —concluyó tras haberle enseñado todas las instalaciones del campamento—. ¿Qué te parece?
Ya estaba atardeciendo y se habían parado delante de una piscina. El suelo que la rodeaba estaba cubierto por un suave césped y varias personas tomaban el sol en él. En la piscina, un grupo de chicos jugaba con una pelota. Leo tardó un momento en darse cuenta de qué estaban haciendo. Y con quién.
—¿Están jugando al waterpolo? —preguntó extrañado.
—Claro, ¿y a qué pretendes que jueguen si no? —espetó Mario.
La piscina era una estructura amplia, semicubierta por una techumbre de madera y policarbonato.
En cada extremo, había una portería flotante, sujeta a los bordes con unos tensores metálicos, y un montón de chavales luchaban por la posición de un balón amarillo, intentando estrellarlo en la portería contraria.
En el centro de todo aquel barullo estaba Dante.
Leo se quedó parado junto al borde, observando.
Dante estaba en el equipo de los que defendían la portería norte.
El agua le llegaba por el pecho, dejando al descubierto sus hombros anchos y los músculos de la espalda, que se tensaban cada vez que saltaba para interceptar el balón.
Estaba empapado, con el pelo castaño pegado a la frente y una risa franca, casi juvenil, que Leo nunca le había visto.
Jugaba con otros seis chicos y chicas. Un segundo monitor, un hombre de complexión fuerte y barba cerrada que parecía liderar el otro equipo, competía contra Dante con una ferocidad amistosa.