Orgullo* Capítulo 15
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Capítulo 15

Capítulo

Quince

El aire acondicionado no daba abasto en pleno julio madrileño, o quizás era la tensión ambiental lo que elevaba la temperatura. Conchi esperaba en el salón, observando con una ceja levantada cómo Leo intentaba cerrar una maleta que parecía más bien llena.

—¿Seguro que necesitas tantas cosas para una semana en un campamento de verano, Leo? —preguntó Conchi con ese tono suyo, una mezcla de sorna y cariño.

—¿Qué? —se quejó él—. Necesito ropa. Y algo de abrigo. Y unos libros y mi cuaderno. Y mi portátil por si necesito escribir algo…

—¿No se supone que estás de vacaciones?

—Si se me ocurre alguna idea, no la voy a dejar de escribir porque esté de vacaciones.

—Como quieras —lo dio por imposible su tía.

Habían pasado tres meses desde que Leo firmara su contrato, y se había convertido en el chico de oro de La Redacción .

Su artículo diario solía generar bastante tráfico en la web y, en ocasiones, conversación en redes y titulares de prensa.

Poco a poco, Quique le había ido guiando para empezar a aceptar llamadas de programas de radio o televisión para comentar determinados temas, sobre todo actualidad y activismo LGTBI, y sus primeras apariciones televisivas habían hecho que su madre casi se desmayara.

Aún se sentía un poco incómodo en los platós, y le costaba acostumbrarse a que hubiera gente que quisiera escuchar su opinión.

En aquellos meses había terminado, también, su libro, y su editor se apresuró a prepararlo para su publicación, aprovechando el boom mediático de Leo.

Como le anticipara a Leguina, había encontrado en la entrevista con Cayetana Valcárcel ese punch que le faltaba al libro: aquella manera suave, casi amable, de hablar de la homosexualidad como algo que debía integrarse o hacerse tolerable mientras apelaba a la «convivencia» y la «normalización», como si la existencia de las disidencias sexuales fuera algo que hubiera que negociar con la mayoría.

Las ventas no estaban siendo millonarias, ni mucho menos, pero sí mejores que las de sus otros dos libros, que habían pasado casi desapercibidos.

Por otro lado, su nómina había sido un desahogo.

Aunque el temor de Maribel estaba fundado, pues Leo pensaba en independizarse, había decidido aportar un poco más a la economía familiar, lo que había permitido a Maribel hacer algunos arreglos en el Beautifuck.

A Leo le pareció bien; no tenía prisa en irse de casa.

No, al menos, mientras la situación con Lidia siguiera como hasta ahora.

Su hermana estaba completamente perdida.

Leo podía verlo por su falta de rutinas, su apatía y su constante malhumor.

Ya ni siquiera fingía que iba a clases y había suspendido el curso, pero decía que le daba igual.

Seguía empecinada en hacerse modelo, aunque no estuviera dando ningún paso para conseguirlo.

Siempre hablaba de que Sheila le iba a conseguir una oportunidad o que había conocido a tal representante o hablado con tal agencia, pero nunca nada se materializaba en nada concreto.

Lidia apareció en la puerta de su dormitorio, bostezando, con el pelo revuelto y cara de estar recién despierta, lo cual no sería destacable si no fuera porque eran casi las tres de la tarde.

—¿Ya te vas a salvar el mundo? —le soltó Lidia, apoyándose en el marco.

—Búrlate todo lo que quieras. Al menos yo estoy haciendo algo con mi vida.

Ella volvió a bostezar.

—Yo también estoy haciendo algo con la mía.

—Colocarte hasta caer desmayada no cuenta —espetó con dureza.

—Oye, que estoy trabajando —saltó ella, poniéndose a la defensiva—. Sheila me ha dicho que el fotógrafo ya tiene casi listo el book . Dice que mi perfil es muy vendible para moverlo por agencias y…

Conchi, que volvía a pasarse por ahí para vigilar el progreso de su sobrino, intervino con su pragmatismo habitual:

—Lidia, cielo… ¿Y cómo funciona eso? ¿No te cobran por las fotos? ¿Tienes algún contrato firmado con una agencia o un representante que no sea tu amiga?

Lidia hizo un gesto vago de la mano, como si nada de eso tuviera importancia.

—Sheila se encarga de todo. Ella sabe cómo funcionan las cosas, ¿vale? Si ella me dice que esto sale, es que esto sale.

—Ya, claro —resopló Leo—. De lo que diga Sheila me voy a seguir fiando. Tu amiguita tiene más cuento…

— Mimimimimimimimi —dijo, imitando el tono de voz de su hermano.

Leo se detuvo para mirarla.

—Te lo digo en serio. Estás haciendo el gilipollas fiándote de esa chica.

—Gilipollas lo serás tú.

—Niñata.

—¡Subnormal!

—¡ Arrggrr ! —gruñó Leo, cerrando su maleta—. Desaparece de mi vista, que no te quiero ni ver.

—Yo soy la que no te quiere ver a ti —empezó a decir Lidia—. No sabes cuánto me alegra que te vayas al campamento una semana. Ya te podrías ir un mes. —Se dio la vuelta para dirigirse de vuelta a su habitación—. O un año. ¡O para siempre!

Se oyó un fuerte portazo y tía y sobrino intercambiaron una mirada. Leo respiró profundamente para no ir tras ella y darle dos collejas.

Maribel apareció en el pasillo, proveniente de la cocina.

—¿Qué ha sido todo eso?

Leo, que ya salía de su habitación con la maleta a cuestas, dijo.

—Nada, que tu hija es una imbécil —gritó en dirección al fondo del pasillo, para que su hermana lo escuchara.

—¡Tonto del culo! —le llegó la respuesta, amortiguada por la puerta aún cerrada .

—Toma, llévate esto para el camino. —Maribel le tendió una fiambrera.

—Mamá, que acabamos de comer y nos ponemos ahí en una hora.

—Es por si acaso.

Leo volvió a suspirar y metió la fiambrera en la maleta. Se giró hacia su tía.

—Vámonos ya, por favor.

Conchi sonrió.

—Vámonos. —Le dio un beso a su hermana y dijo—: Me hubiera gustado despedirme de Lidia, pero cuando se pone así…

—Ya, lo siento.

—Ten paciencia. A ver si cuando volvamos del campamento, Julián y yo la llevamos por ahí a almorzar e intentamos meterle algo de razón en la sesera.

—O la abandonáis en una cuneta, y así no tengo que aguantarla más —intervino Leo, con la voz tensa.

—No seas así, cariño —le amonestó Maribel en tono cariñoso, poniéndose de puntillas para besarlo en la mejilla—. Que tu hermana te quiere, y yo sé que tú también la quieres a ella.

—No, si quererla la quiero, pero lo de soportarla es otra historia —dijo, mientras avanzaban hasta el salón.

Tras asegurarse una última vez de que tenían todo lo que iban a necesitar y volver a despedirse de Maribel, bajaron en el ascensor y metieron las maletas en el portabultos del utilitario de Conchi.

Una vez en el asiento del copiloto, con el cinturón puesto y el motor en marcha, Leo se relajó por fin.

—No sabes lo mucho que necesito esto.

Conchi se carcajeó de él.

—¿Y cuánto llevas en el periódico? ¿Tres meses? Prueba a llevar en el mismo puesto de trabajo veinticinco años, y luego hablamos.

—No, si no es por el trabajo… Es que me da mucha rabia ver a Lidia comportándose otra vez como cuando tenía dieciséis años. Y mi madre no sabe cómo… —Resopló—. Es que siempre la trata como si pudiera hacer lo que le diera la gana.

Conchi suspiró, manteniendo la vista en la carretera. Su perfil, bajo la luz de la tarde, desprendía esa calma que a Leo tanto le faltaba.

—Ya sabes cómo es tu hermana —dijo Conchi mientras maniobraba para salir del barrio—: terca como ella sola. Pero es una chica lista, ya verás cómo al final todo saldrá bien. ¿Cuánto tiempo tienes de vacaciones?

—¿En el periódico? Sólo diez días. Pero la nueva temporada del podcast no empieza hasta septiembre, así que estaré bastante tranquilo el resto del verano.

—Pues céntrate ahora en tus vacaciones. Y en el campamento. El voluntariado es la mejor medicina. Palabra de médica.

—Pues igual tendrías que haber traído a Lidia en vez de a mí.

Conchi rio.

—No veo yo a tu hermana haciendo voluntariado. Aunque mal no le vendría —masculló.

Leo dejó caer la cabeza contra el respaldo, viendo pasar los bloques de hormigón que empezaban a dar paso a un paisaje más despejado.

—No sé si voy a poder desconectar.

—Pues vas a tener que hacerlo, porque vamos ahí a ayudar a los demás, no a pensar en nuestras cosas. No vas a tener mucho tiempo libre, en todo caso, sobre todo si conoces a alguien interesante… —dejó caer Conchi con un brillo travieso en los ojos.

—No voy con la intención de ligar con nadie.

—Nunca se sabe —canturreó.

Leo cerró los ojos, dejando que el sonido del motor lo arrullara. El resto del trayecto fue tranquilo y silencioso y Leo incluso dormitó un poco.

—Ya estamos llegando —lo avisó su tía, mientras enfilaba un aparcamiento de tierra frente a una valla hecha con enormes tocones de madera.

Leo se desperezó y se apeó del vehículo en cuanto se detuvo.

Sobre la puerta había un medio tronco tallado con el nombre del campamento «Centro de Naturaleza Siete Robles».

Un cartel a su lado anunciaba las convivencias organizadas por la ONG Proyecto Nexo.

El calor era asfixiante a aquella hora de la tarde mientras tía y sobrino entraban en el centro.

Constaba de un complejo de varios pabellones, un edificio principal de piedra, varias canchas deportivas y zonas de actividades.

Desde la entrada, Leo podía ver a un grupo de chavales jugando al fútbol.

—¡Conchi! ¡Qué alegría que hayáis venido! —gritó una mujer de unos sesenta años, con la piel curtida por el sol y una sonrisa que parecía ocupar toda su cara.

—¡Leyla! —Conchi se fundió en un abrazo con ella—. ¿Cómo estás?

—Agotada, los adolescentes, a estas edades, no paran.

—Te presento a mi sobrino, Leo. Ella es Leyla Mendoza, es la presidenta de la ONG.

—Hola, Leyla —dijo Leo, dándole los dos besos de rigor—. Mi tía me ha hablado mucho de ti.

—Y a mí de ti. Eres el periodista, ¿no?

—El mismo.

—Habrá que tener cuidado de lo que decimos delante de ti —bromeó—. Venid que os enseño esto.

Se dirigían hacia el edificio principal donde, según Leyla, estaban las salas de reuniones, un pequeño auditorio y el comedor, cuando Leo vio a una conocida figura saliendo por sus puertas mientras hablaba por teléfono.