Orgullo* Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

Leo sabía que su amiga buscaba apoyo en él. Durante los meses pasados desde su ruptura, él había sido el más crítico con Álvaro, el que más la había animado a olvidarse de él, a hacer como si nunca hubiera existido. Pero ahora…

Ahora no sabía qué pensar. Sabía que Álvaro había actuado mal, pero también que no había sido del todo su culpa.

El propio Dante se había arrojado a los leones al admitir en su carta que fue él quien convenció a su amigo de dejar las cosas como estaban, ansioso por ahorrarle un mayor sufrimiento.

Imaginar a Dante susurrándole al oído a Álvaro lo mala que era Lara, instándolo a no volver a hablar con ella, le habría parecido un acto de una maldad absoluta si no fuera porque él mismo llevaba meses haciendo lo propio con su amiga.

—Que quizás deberías hablar con él —dijo al final.

Lara abrió la boca de puro asombro.

—¿Cómo dices?

—Joder, yo qué sé… ¿Se portó como un mierda? Pues mira, sí, no lo voy a negar. Pero, ¿de verdad no quieres poder cerrar las cosas con él?

—No se lo merece —sentenció, cruzando los brazos sobre el pecho.

—Pero tú sí —intervino Lucas—. Te mereces poder hablar con él, decirle todo lo que no has podido decirle, escuchar sus explicaciones y saber el porqué.

—Y también te mereces poder mandarlo a la mierda en persona —remató Leo—. Escúpele en la cara si hace falta. Pero tienes que soltar toda esa rabia que llevas meses acumulando.

El rostro de Lara había cambiado por completo en los últimos diez segundos. Del enfado y el rencor, había pasado a la desolación más absoluta. Sus ojos parecían presas a punto de desbordarse .

—Piénsalo, Lara —susurró Lucas—. Si no hablas con él, te vas a quedar siempre con la duda.

Una lágrima se deslizó por su mejilla. Se la secó con impaciencia, como si estuviera enfadada consigo misma por mostrarse vulnerable. Luego asintió lentamente.

—Supongo que tenéis razón. ¿Pero y si no me llama para explicarse? ¿Y si…?

—Sea lo que sea, no lo sabrás hasta que no hables con él —aseveró Leo.

—Está bien. Si me vuelve a llamar, se lo cojo. Pero esta noche no. Vámonos ya a bailar, anda —rogó.

Se terminaron sus bebidas y bajaron del rooftop para sumergirse de nuevo en el bullicio de la ciudad.

Decidieron ir a The Vault, un club bastante pijito del centro, solo porque Leo había insistido en ir allí.

A sus amigos les sorprendió su elección y le preguntaron, en tono de burla, si no estaría evitando determinados ambientes, como el Sodoma.

Leo les siguió la broma para no tener que confesar que quería ir a The Vault, porque sabía que seguramente sería allí donde encontraría a su hermana.

Aún era bastante temprano y la cola no era demasiado larga.

Una vez atravesadas las puertas, les golpeó el volumen de la música y el calor que hacía en el local.

Sin embargo, todo allí parecía instagrameable, desde las paredes oscuras recorridas por líneas de neón dorado, hasta los reservados semicirculares donde grupos de personas reían y bailaban.

Las barras estaban iluminadas desde abajo y los camareros vestidos de negro.

Junto a la entrada, había un photocall con el logo del club en el que varias personas hacían cola para fotografiarse.

Un cartel informaba que, si etiquetabas al local en tu publicación, te hacían un descuento en la siguiente consumición.

—¿A dónde nos has traído exactamente? —preguntó Lucas mirando alrededor.

—Totó, creo que ya no estamos en Kansas —bromeó Lara.

—Joder. Ya sé que no es el tipo de sitios al que solemos venir —empezó a explicarse Leo—, pero es que…

No pudo seguir hablando.

Ahí mismo, en uno de los reservados, Lidia bailaba sobre una de las mesas junto a Sheila y otras dos chicas que él no conocía de nada.

Sheila llevaba un minivestido plateado y el pelo rubio cayéndole por la espalda.

Lidia, con una impoluta cola de caballo y sus cortísimos shorts, llamaba casi tanto la atención como su amiga.

A los pies de la mesa, unos hombres las animaban y las tocaban, y ellas se contoneaban y reían contentas y atolondradas.

Leo sintió, literalmente, cómo se le inflaban los cojones.

Se dirigió hacia el reservado, pero uno de los securatas le cortó el paso.

—Ahí no puedes entrar.

—¡Es mi hermana! —exclamó, señalándola.

El hombre ni siquiera se giró para mirar.

—Aquí no puedes entrar —repitió, incólume.

Fue a insistir, cuando notó a Lucas a su lado, cogiéndole por el brazo.

—Vamos —le susurró al oído—. No la armes.

—¿Pero es que no ves que…?

—Deja que Lara obre su magia —le dijo.

Leo le entendió a la primera. Hizo un gesto de derrota en dirección al securata y se alejó del reservado.

No tuvo que esperar mucho para ver aparecer a Lara, como venida directamente de la entrada.

Se había deshecho del cárdigan que llevaba, revelando un top tank de seda negra que dejaba a la vista su escote y sus hombros, y había recolocado su falda para que pareciera ser mucho más corta de lo que era en realidad.

Caminaba contoneándose y Leo la vio morderse el labio al acercarse al guarda de seguridad.